Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.476
Nº 3.476

La inteligencia artificial en una magnífica humanidad

No desarrollaré en este breve espacio todo lo que ya sabemos sobre la inteligencia artificial, la IA, y sus desafíos (la justicia digital, la protección de datos, las normativas sobre la privacidad, el debilitamiento de las relaciones interpersonales, las consecuencias para el mercado del trabajo, etc.), temas que se encuentran también en la encíclica ‘Magnifica humanitas’ (MH), pero que esta no considera posible clarificar plenamente.



En efecto, sobre los sistemas de inteligencia artificial, dice: “Todos nosotros, incluidos quienes los diseñan, sabemos muy poco sobre su funcionamiento efectivo. Las inteligencias artificiales modernas están más ‘cultivadas’ que ‘construidas’: los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA ‘crece’. En consecuencia, los aspectos científicos fundamentales –como las representaciones internas y los procesos computacionales de estos sistemas– siguen siendo desconocidos” (MH 98).

El cardenal prefecto para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel Fernández, en Comillas. Foto: UPC

El cardenal prefecto para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel Fernández, durante su ponencia en la Universidad Pontificia Comillas. Foto: UPCO

Sobre algunas cuestiones que acabo de enumerar, aquí hay algunos expertos que luego nos ayudarán. Pero me pregunto cuál es el llamado fundamental que hace la encíclica acerca de este tema, y podemos sintetizarlo diciendo que es este (cito): “Para que la IA respete la dignidad humana y sirva realmente al bien común, es esencial que las responsabilidades estén claras en todas las etapas: desde quienes diseñan y programan los sistemas hasta quienes los utilizan y quienes resuelven confiarles las decisiones concretas. En muchos casos, sin embargo, los procesos internos que conducen a un resultado pueden ser poco transparentes, y eso hace más difícil atribuir responsabilidades y corregir los errores […]. Pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana” (105-106).

La cuestión de fondo

Aquí llegamos al punto: el cuidado de la humanidad, esta es la cuestión de fondo. Por eso me detendré en esta estructura conceptual más honda y transversal de ‘Magnifica humanitas’. De hecho, el subtítulo, que es clave para orientar la interpretación, no dice: “Sobre la inteligencia artificial”, sino: “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.

Desde el comienzo la encíclica, invita a contemplar a la humanidad como “magnífica”. Y lo hace, aunque el texto reconozca la terrible capacidad de maldad que hay en nosotros, destacando cuan herida está esta humanidad nuestra que sigue cayendo en aberraciones que no pueden justificarse de ninguna manera, que puede alcanzar niveles de indiferencia, cinismo y crueldad que nunca dejan de asombrarnos. A pesar de todo esto, se le llama “magnífica”.

Por el contrario, los avances en la IA han dado nueva fuerza a formas de posthumanismo que incluso proponen la sustitución de la humanidad. Al mismo tiempo, algunas formas de transhumanismo nos invitan a pensar en una humanidad superior que, gracias a dispositivos futuros y sofisticados que resolverán problemas y aumentarán nuestras capacidades, vivirá un paraíso en la tierra.

Posthumanismo

Pero los dispositivos y recursos tecnológicos dan al individuo una alegría inicial, y poco después el vacío regresa, con la sensación de que falta algo. Diferentes formas de posthumanismo consideran que esto ocurre precisamente porque la humanidad ha llegado a su fin, por sí misma no da para más, simplemente necesita ser reemplazada, y esto sucederá gracias a un salto evolutivo, paso que depende necesariamente de la tecnología.

El cardenal prefecto para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel Fernández, en Comillas. Foto: UPC

El cardenal prefecto para la Doctrina de la Fe, Víctor Manuel Fernández, durante su diálogo con el secretario general iberoamericano, Andrés Allamand, en la Universidad Pontificia Comillas. Foto: UPCO

Frente a estas propuestas transhumanistas o posthumanistas, la encíclica presenta algunos ejemplos históricos. Son hechos que nos hacen sentir orgullosos de ser humanos, porque muestran que esta miserable humanidad de todos modos es capaz de reaccionar y, en algunas ocasiones, se manifiesta verdaderamente “magnífica”, porque cuida la dignidad de las personas, busca el bien común, protege y promueve a los débiles.

Menciona el laborioso y problemático nacimiento de instituciones que nos protegen, como la Cruz Roja y la ONU, o la estipulación de la Convención sobre los Refugiados (123). Después recuerda eventos preciosos, como el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, con el hermoso testimonio de Martin Luther King, o el fin del ‘apartheid’ con la opción de Nelson Mandela por el perdón y la fraternidad.

Grandes mujeres

También se detiene en los nombres de grandes mujeres como Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Marie Curie, Elisabeth Elliot, Benazir Bhutto y otras que “han contribuido a hacer la historia más humana” (124). Por otra parte, muestra que la cultura y el arte pueden “guardar esta chispa” de bondad y belleza, y hace referencia a la ‘Novena’ de Beethoven, al ‘Guernica’ de Picasso y a la película ‘La lista de Schindler’ de Spielberg (122).

En estos ejemplos se ve cuánto vale cada ser humano, desde su gestación hasta el último segundo de su vida. No importa si nació aquí o allá, si es negro, si está preso, si es gay o discapacitado. Cada uno posee la dignidad de ser humano. Es esa dignidad que el papa Francisco amaba llamar “infinita”, porque no hay absolutamente nada en este mundo que la pueda quitar al más despreciado de la tierra.

Ni reemplazada ni superada

La encíclica concluye que esta fascinante red de bondad, lucha y belleza nos hace entender que “la humanidad –magnífica y herida– no debe ser reemplazada ni superada”, no debe negar “lo que la hace ella misma” (126) en su verdadera grandeza. Esta es la cuestión fundamental que, si no está clara, volverá ineficientes todas las normativas y regulaciones.

En este abanico, la encíclica considera solamente los últimos dos siglos, de los cuales podríamos recoger todavía más momentos bellos, eventos que parecerían imposibles en esa misma humanidad de las guerras mundiales, las bombas atómicas, la Shoah, el terror animalesco del 7 de octubre y la insoportable e injustificable masacre de Gaza. (…)

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