Tribuna

El Camino de Santiago transforma

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Nuestro viaje a Santiago comienza entre el azul de los azulejos de mayólica de Oporto, con la vista deslumbrada por el azul celeste de las iglesias y casas revestidas de dichos azulejos, la tradicional cerámica portuguesa de origen árabe. Caminamos junto a los edificios que dominan el Duero, siguiendo un sendero de fachadas que parece un cuadro.



El camino propiamente dicho comienza al día siguiente en Vigo, pero mientras esperamos, paseando por la Ribeira –la orilla de los pescadores– se oye el viento meciendo las velas de los barcos anclados en el río, el alma líquida de Oporto. Con vistas a la calle que serpentea entre las antiguas callejuelas, una mujer da la bienvenida a los transeúntes desde detrás de una mesa improvisada: ofrece agua fresca por unos céntimos.

Pero es en lo alto de la colina, tras cientos de escalones, donde la catedral milenaria, la Sé do Porto, domina la ciudad, donde ocurre la magia. Junto al mosaico de estilos plasmados a lo largo de los siglos, entramos en el claustro. Allí, los azulejos te envuelven de repente, sumergiendo al viajero en el azul infinito e hipnótico de la ciudad.

Oporto es uno de los puntos de partida del Camino de Santiago, la antigua red de rutas que atraviesa Europa hasta la Catedral de Santiago de Compostela, en Galicia, donde la tradición cristiana sitúa los restos del apóstol Santiago el Mayor. Nacida en la Edad Media como peregrinación, representó junto con Roma y Jerusalén uno de los grandes destinos del cristianismo.

Camino de Santiago

Tres chicas recorren el camino de Santiago. Foto: Archivo Vida Nueva

Hoy en día, sigue atrayendo a peregrinos de todo el mundo, no solo por motivos religiosos, sino también culturales, personales y de búsqueda espiritual. En 2025, 530.987 personas llegaron a Santiago, la cifra más alta jamás registrada.

Oporto también se presenta como tierra de peregrinación y sus habitantes demuestran una exquisita disponibilidad. En esta ciudad, la incertidumbre del viajero casi siempre se transforma en una espontánea muestra de generosidad. Un anciano nos indica dónde podemos dejar nuestras mochilas y un sitio para comer. “Obrigadas”, respondemos todas a la vez, un tímido homenaje lingüístico a su amabilidad.

Credencial del Peregrino

Antes de partir, habíamos adquirido la Credencial del Peregrino, el documento que acompaña a quienes recorren el Camino. Repleta de sellos recogidos durante el camino, no solo es un recuerdo del viaje, sino también un testimonio de la distancia recorrida y un requisito para obtener, al llegar a Santiago, la Compostela, el certificado oficial de peregrinación.

En Vigo, esa noche, queríamos cenar en el puerto. Dos mujeres, Nuria y Clara, amantes de Italia y atraídas por nuestro idioma, se acercaron sonriendo: “¿Queréis comer bien? Aquí no”, nos dijeron, aconsejándonos que nos adentráramos en el corazón del centro histórico.

Al partir de Vigo a la mañana siguiente, la emoción era la de quienes se preparan para dejar algo atrás, con la esperanza de encontrarlo de otra manera en el camino. Partimos cuatro desde Roma. Antes de este viaje, nos conocíamos poco y, mientras nos preparábamos, ninguna sabía realmente por qué, en un verano tan caluroso, habíamos decidido caminar 100 kilómetros.

Camino Portugués

Elegimos la variante costera del Camino Portugués, la segunda ruta más popular a Santiago después del Camino Francés. Partiendo de la Catedral de Oporto, recorre aproximadamente 240 kilómetros a lo largo de costas, bosques y pueblos hasta llegar a Santiago. Solo recorrimos una parte, en ocho días, tiempo suficiente para descubrir que el valor de un viaje no se mide únicamente por la distancia geográfica.

Fuera de la ciudad, el sendero, aún fresco, se abre ante nosotras. Entre las copas de los árboles, el mar brilla no muy lejos y contemplarlo desde aquí produce una extraña sensación de vértigo. La vida parece comenzar ahora. Las primeras horas en el Camino te enseñan que no tiene sentido apresurarse, que hay que escuchar al cuerpo y encontrar el propio ritmo.

El verdadero desafío no es técnico, sino físico y mental, con etapas diarias de unos 15 kilómetros y una mochila reducida a lo esencial. Los símbolos de la peregrinación, como las flechas amarillas y la concha, se convierten rápidamente en puntos de referencia ya que, de simples indicaciones, se transforman en presencias reconfortantes que acompañan el camino.

Camino de Santiago

Raffaella, Mirella, Alessandra y Anna Maria, cuatro amigas que emprendieron el viaje. Foto: Archivo Vida Nueva

A lo largo del Camino, uno se encuentra con muchas mujeres. A menudo, viajan solas. Una de ellas nos ofreció agua cuando nuestras cantimploras estaban vacías. Iba acompañada de Bibo, su perro. Nos los cruzamos varias veces. Uno esperaba a la otra y viceversa, como fieles compañeros que compartían la sed, el calor, la búsqueda de sombra, el cansancio, también la alegría y el descanso.

Los hombres suelen ir a caballo o en bicicleta, las otras dos formas permitidas de obtener la Compostela. Y luego están las parejas, cada una con su propia geometría hecha de presencia y ausencia, proximidad y distancia. Giorgia tiene el pelo muy largo y unos ojos oscuros e intensos que miran con ternura a Mattia.

“Nos habíamos perdido, no sé dónde. Cada día nos distanciábamos más”, decían. Fue ella quien le pidió que emprendiera el camino, que intentaran encontrar la encrucijada donde sus senderos se habían bifurcado. Nosotras también nos los hemos cruzado varias veces: caminaban casi siempre en silencio. A veces, se tocaban las manos.

En el Camino, cada uno camina por una razón diferente: fe, búsqueda personal, la necesidad de un cambio o simplemente el deseo de escucharse mutuamente. El camino, sin embargo, une a todos, superando las diferencias de idioma e historia a través de pasos compartidos, esfuerzo y un simple, “buen camino”.

Cuerpo y alma juntos

Porque el Camino no pertenece solo al alma. También pertenece al cuerpo, al que confías cada paso. En este camino, juntos resisten y juntos superan las adversidades. Y quizás el sentido del viaje sea también este: dar las gracias por fin a ambos. Hay rutas y hay pueblos. En el camino aprendemos a caminar a la sombra, a recuperar fuerzas para cuando nuestras piernas tienen que soportar el sol, porque en Galicia la luz no se desvanece fácilmente y a las nueve de la noche todavía hay luz.

Alegría y esfuerzo buscan el equilibrio incluso cuando el camino engaña ya que no siempre hay un descenso tras una subida empinada que nos dé un respiro. No pocas veces hay que encontrar fuerzas para volver a subir. Llegamos a Padrón exhaustas.

De regreso al albergue, pasamos por la casa Común y, de repente, un hombre nos invita a entrar. Sonriendo, nos promete las mejores sardinas a la parrilla de la zona, gratis: “Venid a comer con nosotros, esta es la casa del pueblo, ¡hasta tenemos buen vino!”. Es un encuentro de vecinos. Varias generaciones se congregan en lo que antes fue una escuela, cedida por el municipio para su autogestión al no haber ya suficientes niños.

Padrón y Rosalía de Castro

A pesar del cansancio, la alegría es contagiosa y nos unimos a ellos. Padrón es una parada profundamente ligada a la historia de la peregrinación. Según la tradición cristiana, la barca que transportaba los restos de Santiago Apóstol desembarcó aquí tras su martirio en Jerusalén. Esta historia ha contribuido, a lo largo de los siglos, al nacimiento y la difusión del culto al apóstol y del Camino de Santiago.

Pablo, estudiante de filología en la Universidad de A Coruña, me habla de Rosalía de Castro, la célebre poetisa nacida en Santiago pero residente en Padrón, donde su casa es ahora un museo. Me cuenta la morriña que impregna sus versos. Rosalía cantaba a los pobres, a los vulnerables, a las viudas; daba voz a una feminidad sumergida, a esa fuerza silenciosa y subterránea de las mujeres gallegas que, a principios del siglo XIX, cargaban invisiblemente con gran parte del peso del mundo sobre sus hombros.

Pero Rosalía también cantaba a la magia de esta tierra y a su conexión visceral con el Atlántico hasta su último aliento. Antes de morir, pidió: “Abrid la ventana, quiero ver el océano”. Compramos una camiseta para apoyar a la comunidad y volvemos a casa cansadas pero felices.

Camino de Santiago

Camino de Santiago. Foto: Archivo Vida Nueva

Los últimos kilómetros ya están impregnados de nostalgia. Seguimos, intentando retener en la mirada la belleza de todo lo que hemos visto, sabiendo que, a partir de ahora, caminar nunca volverá a ser lo mismo. Tras un par de horas, el silencio del bosque se rompe con la llegada de las ambulancias. Nos hemos de apartar del camino.

Más adelante, vemos lo que ha sucedido. Un peregrino que caminaba solo, se ha sentido mal. Lo vemos tendido en el suelo con una sábana blanca que lo cubre. A su alrededor, un grupo de jóvenes reza con un sacerdote. Son las personas que lo rescataron y pidieron ayuda.

Nos topamos con uno de los mojones, los pilares de piedra que marcan el camino. Santiago está a poco más de tres kilómetros. Tras caminar hasta veinticinco kilómetros en un solo día, el destino está a la vuelta de la esquina. Allí, te das cuenta de que todo lo que necesitas ya está contigo: solo tienes que aprender a verlo.

Comprendes que lo superfluo te pesa y que caminar no es solo mover las piernas. Creíamos haber agotado ya todas nuestras emociones. Entonces, la esquina de la calle desaparece y emergemos frente a la Catedral: allí, la piedra no te mira, sino que te sobrecoge.

Obtener la Compostela

Cada uno redescubre las razones de su partida o, más sencillamente, acepta que esas razones han cambiado, renacido en el camino. La Catedral de Santiago es mucho más que un destino geográfico: es el corazón de una tradición milenaria ligada al culto de Santiago Apóstol. Cada año, acoge a peregrinos de todo el mundo, que llegan tras diferentes viajes. Para obtener la Compostela, es necesario completar al menos los últimos 100 kilómetros con sellos en la Credencial, pero el verdadero viaje va más allá de las distancias recorridas: cada peregrino lleva consigo un viaje personal.

Entonces se rompe el silencio. A pocos metros, la plaza se llena con el bullicio de dos grupos de jóvenes que gritan y saltan. Un grupo mantea a su sacerdote y lo lanza al aire tres veces. Nos encontramos con las chicas más tarde frente a la tumba de Santiago Apóstol: algunas están de rodillas y lloran, mientras que los chicos se inclinan, hacen la señal de la cruz y se alejan.

Cada uno vive Santiago a su manera, pero en la Catedral, redescubren el sentido de comunidad durante la Misa del Peregrino, donde se recuerdan los pueblos y puntos de partida de los peregrinos que han llegado a su destino. Durante las celebraciones solemnes, el ritual del Botafumeiro, el gran incensario que recorre la nave esparciendo incienso, evoca antiguas tradiciones de bienvenida y purificación.

Camino de Santiago

Jóvenes celebrando su llegada a Santiago de Compostela. Foto: Archivo Vida Nueva

En la Plaza de la Catedral, recuerdo cuando decidí no llevar mi bastón de trekking. Ellas, mis compañeras, –Anna Maria, Raffaella, Alessandra– fueron mi apoyo. Con ellas, intercambié botellas de agua, camisetas, palabras y silencio.

Anna Maria me pregunta si he hecho el camino por fe. No tengo respuesta. Quería aligerarme, dejar atrás alguna carga. Algunas cosas se van, pero mucho se encuentra y se redescubre, especialmente a las personas que dejaste atrás y a quienes aprendes a llevar contigo a otra dimensión, a amarlas de otra manera.

Pienso en uno de los caminos más hermosos, hacia Pontevedra, la ciudad española de arte e historia, apodada “la buena ciudad”. Allí, vi a los discípulos representados en el cuadro de Paolo Veronese, ‘La cena de Emaús’, ahora en el Louvre.

Pensé en aquel Cristo del que habla el Evangelio de Lucas, encontrado en el camino por los dos discípulos con quienes había caminado hasta el anochecer, antes de ser reconocido al partir el pan. Si volviéramos hoy a recorrer esos senderos, nuestras mochilas serían mucho más ligeras.


*Artículo original publicado en el número de septiembre de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

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