A poco flexible o abierta que una persona se sitúe en la vida, experimentará en algún momento que la realidad es cuanto menos ambigua, contradictoria, poco clara. Me dices que quieres estar conmigo, pero tu actitud me habla de desinterés y distancia emocional. Creo que el ser humano es bueno por naturaleza, pero conozco casos de crueldad en menores que difícilmente puedo explicar por su educación o contexto únicamente.
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Quiero vivir con serenidad una situación estresante en el trabajo tomando distancia, pero me reprochan que no estoy respondiendo adecuadamente y que parte del malestar es por el modo en que yo percibo lo que ocurre. La justicia y la igualdad forman parte de mis valores primordiales, pero no sé si ante un desahucio la persona es víctima del sistema o aprovechada del mismo.
Vista del cartel de una de las calles inventadas por los acampados en protesta por la situación de la vivienda en la Puerta del Sol en Madrid. Foto: EFE
Miro las noticias y me conmueve ver las condiciones de vida de los migrantes llegados a un barrio obrero ceutí, pero me indigna ver cómo la vida de muchas familias está siendo sacudida por una marea humana descontrolada y violenta. Tal gobernante o partido político explica cómo está gestionando un asunto de interés, pero seguidamente uno de sus opositores aporta igualmente, casi con los mismos datos, evidencias de su incompetencia, desidia y abandono.
No es nuevo. Nos pasa en la vida personal y es un clásico en todas las tradiciones espirituales: hay que discernir, la realidad nunca es unívoca. Sin embargo, tengo la sensación de que a nivel social vivimos una escalada de extremos, de blanco o negro, de buenos o malos, sin matices ni dudas críticas. Y creo que esto influye en nuestro modo de pensar, sentir y tomar decisiones cotidianas más de lo que creemos. Al menos a mí me pasa.
Cerebro “gripado”
Estamos hechos para la vida y eso implica; cuanto más confusa sea la realidad, más probable es no sobrevivir a ella, no responder adecuadamente, equivocarnos, en una palabra. Nuestro cerebro, al recibir estímulos contradictorios, especialmente si se acompañan de mucha carga emocional, se sobrecarga, se bloquea, porque se siente incapaz de procesar tanta ambigüedad.
La falta de claridad –o de verdad, llegaría a decir– nos enferma. Estamos hechos para la transparencia, la claridad. Y para salir de ese malestar amenazante, elegimos automáticamente uno de los mensajes contradictorios –una de las versiones– y descartamos todas las pequeñas o grandes pruebas que avalen otra posibilidad. Es comprensible, pero es terrible.
Otro proceso natural que nuestro cerebro “gripado” por la contradicción genera es el llamado “secuestro de la amígdala”, esa región prefrontal del cerebro encargada de detectar la amenaza y superarla. Cuando ya no sabes qué datos son verdaderos y cuáles no, quién te dice la verdad y quién te quiere manipular, puede ocurrir que el pensamiento analítico se anule, se “secuestre”. Dejamos de razonar y elegimos reaccionar desde el miedo, la rabia o la defensa. Da igual si lo haces desde un bando o desde otro, desde un color o desde otro.
Dar por bueno
Acostumbrarnos a vivir así es dar por bueno que haya medios de comunicación que sólo presentan una parte de los datos y no otros, una explicación de la realidad y no otra.
- Es dar por bueno que ya no tiene sentido buscar la verdad y en su lugar se trata de atrincherarte en tu propia visión y valores, infranqueable, violentamente en contra de quien está “al otro lado”.
- Es dar por bueno vivir sin contradicción alguna, en un mundo monolítico y monocromático donde se nos olvidará escuchar y ponernos en lugar del otro a fuerza de no hacerlo nunca.
- Es dar por bueno que cada uno, por separado, tenemos la capacidad de percibir la realidad e interpretarla sin error alguno y que, por tanto, las cosas son como yo las veo.
- Es dar por buena la ideologización por encima de las personas concretas. Es dar por bueno que solo hay buenos y malos y yo, por supuesto, estoy entre los primeros.
Una distopía terrible, que cada vez parece colarse más en la intimidad de cada uno: en cómo amas, en cómo rezas, en cómo disfrutas, en cómo vives. Espero de corazón que despertemos y nos ayudemos unos a otros a no colaborar con este simplismo tan poco humano: ¿eres de los buenos o de los malos?
