Nos habíamos reunido para la inauguración y dedicación de una nueva parroquia. En un principio, entre los siglos I y IV, las comunidades cristianas se organizaban sobre todo en las ciudades, presididas por un obispo y sus diáconos. No existía todavía la parroquia tal como la conocemos hoy. Las parroquias nacieron cuando la evangelización salió de las murallas de nuestras ciudades.
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Cuando los bautizados dieron testimonio de su fe adentrándose en las zonas rurales, los pagos (de ahí la palabra ‘paganos’). Muchos eran soldados, otros comerciantes, otros monjes, o familias que buscaban un terreno para vivir o un nuevo lugar para desempeñar su oficio. Todos fueron misioneros de una Buena Nueva.
Cuando surgieron las comunidades en el campo, hacia el siglo VI, fue necesario crear parroquias, y el obispo, en su nombre, envió presbíteros que las presidieran. Primero, era la comunidad y, luego, el edificio de la iglesia. Cuando las comunidades crecían y no podían reunirse en las casas, fueron construyendo las iglesias como lugar de encuentro. Y tomaron este nombre evitando llamarlas templos, para que no hubiera ninguna relación con las religiones politeístas de entonces.
De puertas abiertas
Las parroquias son una casa donde cada persona pueda entrar y sentir que Dios la está esperando. Uno de los significados etimológicos de la palabra parroquia es: “la casa de todos”. Allí hay un espacio para el niño y para el anciano, para quien tiene una fe fuerte y para quien apenas comienza a buscar a Dios, para quien está lleno de alegría y para quien llega cargado de sufrimiento. Una verdadera iglesia no puede ser un lugar cerrado sobre sí mismo.
Tiene que tener las puertas abiertas, no solamente las de la calle, sino también y sobre todo las del corazón de la comunidad. Al final, la belleza más grande de una iglesia no está en sus paredes, sino en la vida de la comunidad que la habita, en la acogida y en la entrega: recordad al hijo pródigo, al buen samaritano, a la pobre viuda del céntimo, a la mujer de los flujos de sangre… Necesitamos tocar a Cristo.
En todas las iglesias, en el centro de la asamblea, está el altar del sacrificio y mesa de la comunión. El altar nos recuerda que la vida cristiana consiste en aprender de Jesús a entregarnos, a partirnos y repartirnos como alimento, a cumplir la voluntad del Padre, para convertirnos en cuerpo entregado, en comunidad que sirve, perdona y ama. Cada Eucaristía será una invitación a salir transformados superando la indiferencia, la división, el resentimiento o la falta de amor. ¡Ánimo y adelante!
