Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Los cinco sacerdotes que no huyeron de Shreveport


De tierras americanas, con protagonistas europeos, nos llega una historia impresionante de entrega sacerdotal. Todo ocurrió en el año 1873, en que la joven ciudad de Shreveport, estratégicamente apostada a orillas del río Red en el noroeste de Luisiana, se convirtió en el escenario de una de las calamidades sanitarias más terribles de la historia de los Estados Unidos. Habían pasado apenas unos años desde el final de la Guerra Civil norteamericana y la región todavía arrastraba las heridas económicas y sociales del conflicto.



Shreveport era una ciudad de frontera en plena expansión, alimentada por el tráfico de los barcos de vapor y por el comercio que descendía y remontaba el río, pero aquella misma prosperidad la exponía a un constante movimiento de personas procedentes de otros estados y regiones. A su alrededor se extendía un paisaje de aguas estancadas, terrenos pantanosos y una vegetación exuberante que, bajo el calor del verano de Luisiana, constituía un terreno extraordinariamente favorable para la propagación de enfermedades.

Nadie sabía entonces que un pequeño insecto era el responsable de aquella amenaza. La medicina del siglo XIX todavía ignoraba que el mosquito ‘Aedes aegypti’ transmitía el virus de la fiebre amarilla y buscaba la explicación de las epidemias en los llamados miasmas, en los vapores de las aguas corrompidas, en el aire impuro o en otras formas de contaminación ambiental. Aquella ignorancia científica tendría terribles consecuencias.

Síntomas

A finales de agosto comenzaron a multiplicarse los casos de una enfermedad que inicialmente podía confundirse con otras fiebres de la región, pero que pronto reveló una ferocidad incomparable. Los primeros síntomas eran fiebre repentina, escalofríos, dolor de cabeza, dolores musculares y una debilidad que consumía las fuerzas del enfermo en cuestión de horas.

Después llegaba la ictericia y, en los casos más graves, las hemorragias internas, el fallo de los órganos y el vómito oscuro y sanguinolento conocido como “vómito negro”. Algunos enfermos morían en pocos días; otros parecían mejorar antes de entrar en una segunda fase más peligrosa. Los médicos carecían de antivirales, antibióticos y del conocimiento del verdadero mecanismo de transmisión, por lo que las posibilidades terapéuticas eran muy limitadas.

Miedo y huidas

Durante las primeras semanas se intentó mantener cierta normalidad, pero, al aumentar los enfermos, se multiplicaron el miedo y las huidas. Muchos habitantes abandonaron la ciudad y las calles comenzaron a vaciarse. Comercios, oficinas y tribunales fueron cerrando, mientras numerosas familias quedaban encerradas con uno o varios enfermos.

En algunas viviendas nadie tenía fuerzas para cuidar de los demás, llevar agua o siquiera abrir la puerta. Las carretas que recogían a los fallecidos se convirtieron en una visión cotidiana y, en determinados momentos, resultó imposible proporcionar a cada víctima un entierro individual. Unas 1.200 personas terminarían muriendo durante aquella epidemia, una proporción extraordinaria de la población de Shreveport, que en aquella época era más o menos de 3.500 habitantes.

Sacerdocio de frontera

Fue entonces cuando adquirió un significado especial la presencia de cinco sacerdotes que acabarían compartiendo un mismo destino. Todos eran originarios de Bretaña, región francesa que durante el siglo XIX proporcionó numerosos sacerdotes a las misiones católicas de Luisiana. El origen de aquella corriente misionera se encontraba en buena medida en monseñor Auguste Marie Martin, primer obispo de la diócesis de Natchitoches, creada en 1853 para atender las extensiones rurales del norte de Luisiana.

Martin sabía que su diócesis era demasiado extensa para los pocos sacerdotes disponibles y que muchas comunidades católicas estaban separadas por grandes distancias, caminos difíciles y ríos. Por eso viajó repetidamente a Francia para buscar sacerdotes dispuestos a abandonar sus parroquias y su patria para comenzar una vida misionera al otro lado del Atlántico.

En Luisiana les aguardaban comunidades pobres y dispersas, largas jornadas a caballo o en carruaje, iglesias por construir, escuelas que organiza, era un sacerdocio de frontera en el que el párroco debía ser predicador, catequista, constructor, maestro, administrador y acompañante de los enfermos.

Cinco Sacerdotes Siervos De Dios

Montaje de los cinco sacerdotes de Shreveport. Foto: Archivo Vida Nueva

Entre aquellos misioneros se encontraba el padre Isidore Quémerais, nacido en Pleine-Fougères el 9 de septiembre de 1847. Era uno de los más jóvenes del grupo y había llegado a Luisiana al comienzo de su ministerio. Fue ordenado en Natchitoches en 1871 y durante los dos años siguientes conoció la dureza de la vida pastoral en aquella diócesis. Cuando fue destinado a Shreveport tenía veintiséis años y ejercía como sacerdote asistente del padre Jean Pierre en la iglesia de la Santísima Trinidad.

El padre Jean Pierre, su párroco, era casi dieciséis años mayor que él. Había nacido en Lanloup el 29 de septiembre de 1831 y había llegado a Luisiana con considerable experiencia pastoral. Ordenado sacerdote en 1855, había servido en distintas comunidades de la región y conocía la realidad de aquella diócesis rural, donde una parroquia podía abarcar un territorio inmenso. En Shreveport tenía la responsabilidad de consolidar la comunidad católica y levantar una iglesia que se convirtiera en el centro espiritual de aquella población en crecimiento.

Acogida de la parroquia

Cuando la fiebre amarilla comenzó a extenderse, la rutina de ambos sacerdotes desapareció. La parroquia se convirtió en uno de los pocos lugares donde los enfermos podían encontrar compañía. Los sacerdotes visitaban viviendas, escuchaban confesiones, administraban la unción de los enfermos y permanecían junto a personas que muchas veces habían sido abandonadas incluso por sus familiares. Para ellos, si un feligrés estaba enfermo había que acudir; si alguien estaba muriendo, había que estar allí.

El joven padre Quémerais fue uno de los primeros en sucumbir. Después de pasar días entrando en viviendas infectadas, visitando enfermos y administrando los últimos sacramentos, enfermó a comienzos de septiembre. Su situación se deterioró rápidamente y el 15 de septiembre de 1873 murió a los veintiséis años. La noticia fue especialmente dolorosa para el padre Jean Pierre, pero apenas tuvo tiempo para llorarlo.

Jean Pierre había estado expuesto a la misma enfermedad. El párroco enfermó poco después de su joven vicario y, consciente de la gravedad de la situación, no abandonó la ciudad. Permaneció junto a sus feligreses mientras pudo y, cuando la enfermedad alcanzó su fase final, recibió los últimos sacramentos. Murió el 16 de septiembre, apenas un día después que Quémerais.

Ponerse al frente

En menos de cuarenta y ocho horas, Holy Trinity había perdido a sus dos sacerdotes. El hombre que tuvo que afrontar entonces aquella responsabilidad fue el padre Jean-Marie Biler, nacido en Plourivo el 12 de noviembre de 1839. Había llegado a Luisiana después de recibir su formación sacerdotal en Bretaña y había sido ordenado en 1864. Capellán de un convento de religiosas y de un colegio de niñas, cuando las noticias de Shreveport se hicieron alarmantes y llegaron las solicitudes de auxilio, Biler dejó aquel entorno para dirigirse a la ciudad devastada.

Fue él quien administró los últimos sacramentos a Quémerais y acompañó también a Jean Pierre durante sus últimas horas. Cuando ambos murieron, Biler comprendió que la ciudad necesitaba desesperadamente un sacerdote. Permaneció allí, manteniendo la presencia pastoral de la Iglesia en medio de una comunidad donde la muerte se había convertido en una experiencia cotidiana. Visitaba las casas, escuchaba a personas aterrorizadas, consolaba a quienes habían perdido familiares y acompañaba a quienes probablemente no sobrevivirían.

También comprendió que necesitaba ayuda, porque el número de enfermos superaba la capacidad de un solo hombre. Por eso escribió a otros sacerdotes de la diócesis. Desde Shreveport partieron llamadas hacia las comunidades vecinas y dos sacerdotes respondieron. Uno se encontraba en Monroe y el otro en Natchitoches.

El último viaje

En Monroe ejercía su ministerio el padre Louis-Marie Gergaud, nacido en Héric el 22 de marzo de 1832. Era uno de los sacerdotes más experimentados de la diócesis. Había llegado a Luisiana siendo joven y desarrollado durante años un amplio trabajo pastoral en distintas parroquias del norte del estado, hasta establecerse en Monroe, donde había contribuido a consolidar la comunidad católica y la iglesia de San Mateo. Tenía allí una parroquia y una comunidad que dependía de él.

Cuando recibió la petición de auxilio, Gergaud decidió marcharse. Vivía fuera de la epidemia y elegió conscientemente entrar en su centro. Sabía que tres sacerdotes habían muerto o estaban muriendo y que quien viajara a Shreveport ocuparía el lugar de un hombre que acababa de fallecer. Según la tradición conservada en la causa, comprendía que aquel viaje podía ser el último de su vida. Aun así, emprendió el camino, dejando atrás su parroquia y a las personas que dependían de su ministerio.

Llegó a la ciudad cuando el padre Biler se encontraba ya gravemente enfermo. Gergaud asumió la responsabilidad pastoral y comenzó a recorrer las casas de los enfermos. Encontró familias enteras postradas, niños que habían perdido a sus padres, personas demasiado débiles para preparar comida y cadáveres que esperaban para ser retirados.

Situación desesperada

Pero el padre Biler no sobrevivió. Murió el 26 de septiembre de 1873, dejando a Gergaud y al recién llegado François Le Vézouët ante una situación cada vez más desesperada. Gergaud tampoco tardaría en enfermar: apenas unos días después de llegar desde Monroe, se encontraba postrado por la fiebre.

François Le Vézouët pertenecía a la misma generación que Gergaud y era uno de los sacerdotes de mayor confianza de la diócesis. Había nacido en Brélidy, Bretaña, el 10 de agosto de 1833, y había sido ordenado sacerdote en Natchitoches en 1856. Su trayectoria había sido amplia: había ejercido el ministerio parroquial, participado en la formación de futuros sacerdotes y desempeñado responsabilidades administrativas en la diócesis. Cuando supo que Shreveport había perdido a sus sacerdotes y que Gergaud estaba enfermo, pidió acudir personalmente.

Acompañamiento final

El viaje significaba entrar deliberadamente en el mismo peligro que había acabado con sus compañeros. Cuando llegó a finales de septiembre encontró al padre Biler agonizando y al padre Gergaud gravemente enfermo. Su primera tarea consistió en acompañar a los moribundos. El 26 de septiembre, Biler murió. Gergaud lo siguió pocos días después, el 1 de octubre. Le Vézouët quedó prácticamente solo.

Durante los primeros días de octubre, Le Vézouët continuó visitando enfermos y ofreciendo asistencia espiritual en una ciudad exhausta. No podía curar la fiebre ni detener la epidemia, pero podía impedir que quienes estaban muriendo lo hicieran completamente solos.

La enfermedad terminó alcanzándolo. Después de haber administrado los últimos sacramentos a sus compañeros, Le Vézouët enfermó también. El 8 de octubre de 1873, apenas unas semanas después de la muerte de Quémerais, François Le Vézouët murió en Shreveport a los cuarenta años.

En el mismo lugar

La historia de los cinco sacerdotes es impresionante. No habían llegado juntos ni habían hecho un pacto. Cada uno había tenido una vida y unas responsabilidades diferentes, pero las circunstancias los fueron colocando uno detrás de otro en el mismo lugar. Quémerais murió primero; Jean Pierre permaneció junto a su comunidad hasta caer enfermo; Biler acudió cuando ambos habían muerto; Gergaud dejó Monroe para sustituirlo; y Le Vézouët abandonó Natchitoches cuando ya sabía que Gergaud estaba en peligro.

Cada vez que un sacerdote caía, otro ocupaba su lugar. Todos permanecieron junto a una población enferma cuando hacerlo suponía exponerse a una enfermedad cuyo tratamiento desconocían y cuya mortalidad habían contemplado con sus propios aojos.

La fiebre terminó retrocediendo con la llegada del otoño y las temperaturas más bajas, que interrumpieron las condiciones necesarias para la proliferación del mosquito transmisor. Para entonces, la ciudad había quedado profundamente marcada: familias enteras habían desaparecido, negocios habían cerrado y numerosas personas que habían huido tuvieron que regresar a una ciudad transformada.

Los cinco sacerdotes franceses no habían sido los únicos que habían arriesgado su vida: médicos, religiosas, voluntarios y ciudadanos comunes también permanecieron en la ciudad y atendieron a los enfermos. Pero la secuencia de los cinco sacerdotes destacaba porque cada uno encontró la muerte en el ejercicio de su ministerio.

Vidrieras Shreveport

Vidriera dedicada a los cinco sacerdotes que fallecieron durante la pandemia de fiebre amarilla de 1873 en la Catedral de San Juan Berchmans, Shreveport, Luisiana. Foto: Facebook de los Mártires de Shreveport vía Crux

Con el paso de las generaciones, aquellos cinco hombres fueron recordados como los “mártires” (en sentido genérico) de Shreveport, pero fue recientemente cuando la diócesis comenzó a plantearse formalmente la posibilidad de abrir una causa de beatificación y canonización, a la luz de la nueva vía para la canonización que abrió el Papa Francisco, el ofrecimiento de la propia vida en un acto de caridad que lleva a la muerte.

Esta vía fue incorporada formalmente por el Papa en 2017, mediante el motu proprio ‘Maiorem hac dilectionem’, y contempla los casos en los que una persona ofrece libremente su vida por amor al prójimo, afrontando conscientemente un peligro mortal y sufriendo como consecuencia una muerte prematura. Hoy la causa avanza hacia su conclusión en el dicasterio de las Causas de los Santos.

Una ciudad de muerte

En aquel verano de 1873, Shreveport se convirtió durante unas semanas en una ciudad de muerte. Para los cinco sacerdotes, sin embargo, se convirtió también en el lugar donde llevaron hasta sus últimas consecuencias la forma de sacerdocio que habían abrazado en Bretaña y continuado en las tierras de Luisiana: estar junto a su pueblo cuando más los necesitaba.

Allí, entre las casas cerradas, las calles desiertas, los enfermos y los funerales, terminaron escribiendo la última página de unas vidas que habían comenzado a miles de kilómetros de distancia, en las pequeñas parroquias de Francia, y que la historia de la epidemia acabaría uniendo para siempre.