La Universidad Pontificia Comillas acoge este martes y miércoles sus XXIII Jornadas de Teología, bajo el lema ‘La experiencia de Dios hoy: desafíos y caminos de la espiritualidad’. Este espacio formativo invita a reflexionar sobre el lugar del hecho religioso en el contexto actual. Para ello, combinará las conferencias de especialistas como Pedro Rodríguez Panizo o Fernando Vidal con coloquios como el que protagonizarán José Luis Rodríguez Olaizola y Pablo d’Ors. Al frente de este ‘think tank’ se encuentra el jesuita Eduard López, director del Instituto Universitario de Espiritualidad de la Facultad de Teología de Comillas. El investigador analiza con ‘Vida Nueva’ algunas de las claves del encuentro.
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PREGUNTA.- ¿Cree que la Iglesia sigue contemplando este contexto secularizado y plural más como una amenaza que como una oportunidad?
R.- Desde el punto de vista antropológico, podemos ver los desafíos como amenazas, pero también como oportunidades. Creo que la Iglesia actual, la comunidad cristiana en su conjunto, está llamada a salir de su zona de confort: a no ver estos nuevos lenguajes o inquietudes como amenazas, sino como oportunidades. Y todo ello con discernimiento, claro está; es decir, verificando que no toda inquietud espiritual constituye por sí misma una experiencia de Dios.
El tema de fondo es afinar el lenguaje y la mirada sobre las cosas y las situaciones. Hay personas que no se identifican con las formas religiosas que llamaríamos tradicionales y que, sin embargo, se preguntan por el sentido de la vida. Buscan silencio, desean vivir con mayor profundidad, y las jornadas quieren abrir un diálogo sobre estas búsquedas, sin dar por supuesto, por ejemplo, que toda inquietud espiritual sea ya de por sí una experiencia de Dios.
Discernimiento vital
P.- Habla de discernimiento. En algún momento he escuchado a alguien decir que discernir ya no es un ejercicio devoto, sino una condición para no perderse en el mundo de hoy…
R.- El discernimiento espiritual, desde la tradición de los antiguos Padres de la Iglesia hasta el referente que mejor conocemos, san Ignacio, se ha considerado y enmarcado en no pocas ocasiones únicamente como un ejercicio devoto que todo creyente practicaba en un contexto culturalmente favorable.
Pero hoy la llamada sería a entenderlo como una condición de posibilidad para distinguir entre las muchas voces. Creo que, cuando la Iglesia en su conjunto avanza en este sentido, es decir, cuando discernimos, pensamos y vivimos juntos, surgen pensamientos, sentimientos e interacciones que nos acercan más a Dios. Este discernimiento sinodal va más allá de un ejercicio tradicionalmente devoto.
El ‘scroll’ constante, reducir la vida a un titular y caer en eslóganes de brocha gorda, ¿están arrinconando cualquier discernimiento serio?
R.- Todos estamos encasillados y encasillamos a los demás mediante etiquetas, ya sean políticas, sociales o eclesiales. Todos estos elementos que señalas nos conducen hacia ese etiquetado sin matices. Es como si no abrazáramos la diversidad de pensamiento, de la que nacen el diálogo y la posibilidad de distinguir qué es de Dios y qué no lo es. El discernimiento se vuelve difícil en la medida en que nos polarizamos, nos aislamos o nos instalamos en un pensamiento único. Como diría santa Teresa, eso también nos deja huecos por dentro y, de alguna manera, en un sentido más propiamente espiritual, deja seco al ser humano.
Mundanidad espiritual
P.- Algo transversal en el programa de estas jornadas es la propuesta de diálogo con el mundo de hoy. Sin embargo, hay quien considera que acercarse al diferente no deja de ser un paso para contagiarse del relativismo.
R.- Si no dialogamos con quien es distinto, vivimos en un extramundo, en una realidad que no existe. Si no dialogamos con el mundo, olvidamos que eso es lo que hizo Jesús a lo largo de toda su vida. No me refiero solamente a la mirada de los Evangelios, sino también, por ejemplo, a san Pablo, que atendía a las realidades de todas las comunidades. El diálogo con el mundo es el diálogo con la historia. Si prescindimos de este mundo, corremos el riesgo de edulcorar el mensaje o de dejar de seguir a aquel a quien seguimos y su propuesta de estar en la realidad. Eso no implica abrazar cualquier cosa que proceda del mundo. Me gusta mucho la expresión “mundanidad espiritual”, que utilizaba a menudo el papa Francisco y que, lamentablemente, se ha desarrollado poco. No dialogar con el mundo no evita que caigamos en la mundanidad espiritual, y dialogar con él no significa asumir cualquier propuesta.
P.- ¿Cómo puede ayudar la teología espiritual a buscar esa presencia de Dios en medio del mundo?
R.- En primer lugar, evitando caer, a mi modo de ver, en los tópicos. Es decir, sin reducir la vida espiritual únicamente a las tres vías clásicas de las que habla la tradición: purgación, iluminación y unión con Dios. Se trata de comprender que la reflexión teológica parte propiamente de una experiencia de Dios. Toda teología, ya sea desde la aproximación a la Sagrada Escritura, desde una perspectiva más sistemática, fundamental o dogmática, desde la vivencia de los sacramentos y del misterio de la Trinidad o desde la historia de la Iglesia, tiene algo propio que la diferencia de otras disciplinas: dar razón de nuestra fe, esperanza y caridad.
Pero eso tiene una base: mi mirada de creyente. De alguna manera, el punto de partida del teólogo es su experiencia de Dios, del Dios revelado en Jesús. No podemos prescindir de ella si queremos evitar que la teología quede enclaustrada entre muros y lograr, como también quiere la Iglesia, que esté presente en la vida pública y dialogue con la realidad de hoy.
De Ceuta a Mari Carmen
P.- ¿Este diálogo con la vida implica que la teología tiene que aterrizar y ofrecer una perspectiva de Dios ante la crisis de Ceuta o el desahucio de Mari Carmen?
R.- A mi modo de ver, sí. Los antiguos dirían que la vida espiritual es la perfección en la caridad. Y ahí está el prójimo, tenga el nombre o el rostro que tenga. Desde la teología espiritual partimos de que somos hijos de Dios, pero olvidamos la segunda parte: que somos hermanos. El prójimo desempeña un papel importantísimo en la verificación de lo que llamamos experiencia de Dios. No podemos desentendernos del otro, como hizo Caín con Abel. “¿Dónde está mi hermano?”. Esa es la pregunta que debemos responder. Ya desde la revelación, de alguna manera, el prójimo y la perfección en la caridad constituyen el lugar donde se verifica todo aquello que siento y pienso de Dios.
