José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

Incluso uno solo de estos pequeños


Hay niños que llegan a Europa con una pequeña maleta y un país entero escondido dentro. A veces traen una fotografía doblada, un número de teléfono escrito en un papel, el nombre de una madre que queda lejos. Otras veces no traen nada. Ni siquiera una palabra que podamos entender. Solo un rostro cansado, unos ojos demasiado grandes para su edad y ese extraño silencio de quien ha aprendido demasiado pronto que hay viajes que comienzan cuando ya no queda otro lugar al que regresar.



Este año, la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado pone la mirada precisamente ahí: en los niños, niñas y adolescentes migrantes, los más pequeños entre quienes ya han tenido que aprender el difícil oficio de cruzar fronteras. El lema elegido, tomado del Evangelio, parece pequeño como una semilla: “Incluso uno solo de estos pequeños”. Pero quizá dentro de esas seis palabras quepan todas las demás.

Porque uno solo es demasiado.

Demasiado para la indiferencia. Demasiado para el olvido. Demasiado para convertirlo en una cifra.

Estamos acostumbrados a hablar de migración como quien contempla el mar desde lejos: llegadas, porcentajes, estadísticas, fronteras, recursos, expedientes, cifras que suben o bajan en los gráficos de los informativos. Los números son necesarios para conocer la realidad y para organizar respuestas políticas y sociales.

Pero tienen un peligro cuando olvidamos que detrás de cada uno de ellos hay una vida irrepetible. Los obispos españoles lo expresan con claridad: esta Jornada invita a mirar más allá de las estadísticas para reconocer el valor único de cada niño, niña o adolescente migrante, con su historia, sus miedos, sus esperanzas y sus heridas.

Quizá por eso Jesús no dijo: “quien acoge a muchos, me acoge”. Dijo: “quien acoge a un niño como este, me acoge a mí”.

Uno.

El niño que está delante de nosotros. El que tiene nombre. El que pregunta dónde va a dormir esta noche. El que quizá sueña con jugar al fútbol, terminar los estudios, aprender un oficio, encontrar un trabajo, llamar a su familia o simplemente dormir sin miedo.

Una puerta abierta

Hay una cierta magia en los sueños de los niños. Incluso cuando han atravesado el infierno, todavía son capaces de imaginar una casa, un colegio, una bicicleta, una ventana desde la que mirar las estrellas. El futuro tiene para ellos la forma de una puerta que todavía no saben si alguien abrirá. Y nosotros tenemos la responsabilidad de que esa puerta no se cierre.

Proteger a uno no significa abandonar a los demás. Al contrario. Quizá sea precisamente la manera más profunda de comprender que necesitamos protegerlos a todos. Porque un niño concreto no compite con los miles. Un rostro no le roba importancia a una estadística.

Una historia no invalida la necesidad de políticas públicas, recursos, leyes y estructuras capaces de responder a una realidad que es mucho mayor que nuestras posibilidades individuales.

La Iglesia lo sabe y lo dice también en los materiales de esta Jornada: la compasión no puede quedarse en sentimiento; tiene que convertirse en acciones concretas, políticas justas y estructuras capaces de garantizar la protección, el acompañamiento y el desarrollo integral de cada menor.

Crisis migratoria. Ceuta

Unos migrantes que viven en las chozas de la playa Benítez, a la espera del nuevo campamento temporal del muelle de Poniente del puerto de Ceuta. Foto: EFE

Es una distinción importante. Porque hay quien teme que atender a uno sea una ingenuidad frente a la magnitud del problema. Como si abrazar a un niño significara dejar de pensar en los miles que esperan. Como si abrir una casa significara renunciar a construir un sistema mejor. Como si la ternura fuera enemiga de la política.

No.

Hay que hacer las dos cosas

Hay que mirar al que está delante y trabajar para que nadie vuelva a quedar atrás. Hay que curar la herida y preguntarse por qué existen tantas heridas. Hay que ofrecer una cama esta noche y construir, al mismo tiempo, un mundo en el que ningún niño tenga que atravesar un desierto para encontrarla.

Las pequeñas cosas

La parábola cristiana siempre ha tenido predilección por lo pequeño: una semilla, una moneda, una oveja, un niño, un poco de pan. El Evangelio parece empeñado en recordarnos que las cosas grandes de Dios suelen comenzar con algo que nuestros ojos apresurados consideran insignificante.

Tal vez también una sociedad pueda cambiar así: comenzando por Uno al que ponemos nombre. Uno al que escuchamos. Uno al que protegemos. Uno al que damos una oportunidad.

Y después otro.

Y otro.

Hasta que los nombres comiencen a llenar los espacios que antes ocupaban las cifras.

Quizá eso sea, en el fondo, mirar con los ojos del Evangelio.

No preguntar primero cuántos son, sino quién es este.

No preguntarnos únicamente cuánto cuesta, sino preguntarnos qué vale.

No mirar solamente de dónde viene, sino preguntar hacia dónde puede llegar si alguien cree en él.

Migración. Ceuta

Un joven marroquí trata de llegar nadando a Ceuta (España). Foto: EFE

Porque un niño no debería ser una frontera. No debería ser un expediente. No debería ser un problema. Es, antes que nada, una promesa. Una vida que todavía está escribiendo sus primeras páginas.

Y quizá nuestra tarea consista simplemente en impedir que alguien arranque esas páginas antes de tiempo.

Quizá convenga imaginar por un instante que somos nosotros quienes llegamos a una tierra desconocida. Que somos nosotros quienes miramos alrededor sin comprender la lengua. Que somos nosotros quienes preguntamos, con una pequeña maleta entre las manos, dónde está nuestra casa.

Y entonces escuchar quizá una voz.

Una voz que venga de muy lejos y atraviese los siglos:

“Incluso uno solo de estos pequeños”.

Uno solo.

Dar el primer paso

Porque uno es suficiente para empezar. Uno es suficiente para que la Iglesia abra sus puertas. Uno es suficiente para que una comunidad se ponga en camino. Uno es suficiente para que una política tenga rostro. Uno es suficiente para que el corazón recuerde que no existen vidas pequeñas.

Y cuando hayamos protegido a uno, no habremos terminado. Habremos comenzado.

Porque detrás de ese niño vendrán otros. Y detrás de ellos, quizá, una sociedad distinta. Una sociedad que no tenga miedo de contar, pero que, antes de contar, sepa mirar. Y que cuando mire a un niño migrante pueda descubrir, como quien encuentra una pequeña luz al final del camino, algo que nunca debería haberse perdido.

Un futuro todavía posible. “Incluso uno solo” aparece no solo como lema de la Jornada, sino como una especie de estribillo espiritual que puede ir cambiando de significado: primero es un niño, después una responsabilidad, después una política, y finalmente una esperanza. Así el uno, pequeño, se convierte en la puerta de entrada a todos.