Su autora describe ‘Las alas invisibles’ (Ediciones Mensajero) como “un viaje íntimo y colectivo” en el que, guiada por la experiencia de diversos personajes (ficticios) y sus vivencias (reales), traza “un mapa emocional para atravesar el dolor y darle un nuevo sentido”. Cada una de estas “historias de transformación” es el reflejo de todo lo que Itziar de Barrenengoa ha aprendido escuchando a sus pacientes durante más de tres décadas de ejercicio profesional. Gracias a ellos, sus “grandes maestros”, la psicóloga y terapeuta vasca ha descubierto que hasta la herida más profunda puede ser “un puente hacia el cambio”. Por eso, entre “caídas y despertares”, defiende que “siempre es posible volver a empezar”.
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PREGUNTA.- Desea que su libro sea un “espejo” donde el lector pueda verse reflejado, pero ¿y si le incomoda la imagen que le devuelve?
RESPUESTA.- Mirarnos al espejo no siempre resulta cómodo. A veces, descubrimos heridas, miedos o aspectos de nosotros mismos que preferiríamos ignorar. El espejo no pretende juzgarnos, sino invitarnos a comprender quiénes somos, cuánto de lo que llevamos hemos elegido y qué necesitamos transformar. Solo cuando nos atrevemos a mirarnos con honestidad, podemos empezar a desplegar nuestras alas.
P.- Aunque los nombres que aparecen son ficticios, encierran historias reales que ha escuchado en consulta. ¿Qué ha aprendido de sus pacientes?
R.- Mis pacientes han sido mis grandes maestros. Me han enseñado que la teoría no siempre alcanza para comprender el sufrimiento humano; que detrás de cada historia hay una necesidad de ser escuchado, comprendido y aceptado sin juicios. También he aprendido a reconocer mis límites y a acompañar con humildad. Después de más de treinta años, cada paciente sigue enseñándome.
Potenciar nuestros recursos
P.- Esas “alas invisibles” del título invitan a “renacer”, una empresa que para muchos resulta casi heroica. ¿Cómo alzar de nuevo el vuelo cuando pesa el lastre acumulado en forma de heridas, miedos…?
R.- Renacer no significa volver a ser quienes éramos, sino descubrir quiénes podemos llegar a ser. No se trata, por tanto, de negar las heridas ni de exigirnos fortaleza, sino de potenciar nuestros recursos, aceptar nuestras limitaciones y permitirnos pedir ayuda. A veces, desplegar las alas comienza con un pequeño gesto: dejar de aferrarnos a aquello que nos impide avanzar.
R.- Creo que lo más difícil es reconocer que necesitamos ayuda. Nos han enseñado a asociar la vulnerabilidad con la debilidad y a creer que debemos poder con todo. Sin embargo, aceptar nuestros límites no nos hace menos capaces, sino más humanos. Pedir ayuda no es rendirse; es compartir el peso de aquello que no podemos sostener solos. (…)
