Se cumplen 25 años del 11-S, que sumió a Estados Unidos y al mundo en “horas oscuras de miedo e incertidumbre”

  • Declaración del arzobispo Paul S. Coakley, presidente de la USCCB, en memoria de los 3.000 muertos y 25.000 heridos que causó Al-Qaeda
  • En medio de tanta devastación, que se traduce en “un mundo cada vez más fracturado y dividido”, ese día “nuestra fe nos elevó y nos sostuvo”
  • La Capilla de San Pablo, la más antigua de Manhattan, sobrevivió al ataque y se convirtió en un espacio para sanar el cuerpo y el alma

11-S en Nueva York
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Este viernes se cumplen 25 años del 11 de septiembre de 2001, la fecha en la que cambió el mundo que hasta entonces habíamos conocido. Nada volvió a ser igual desde que la Al-Qaeda de Osama Bin Laden echara abajo el World Trade Center de Nueva York con dos aviones secuestrados, hiciera lo mismo contra un ala del Pentágono y buscara llegar hasta la Casa Blanca con una cuarta aeronave que acabó cayendo en una zona rural de Pensilvania.



Desde ese día, que se cerró con cerca de 3.000 muertos y unos 25.000 heridos, el yihadismo pasó a copar toda la atención mediática. Y, por supuesto, hubo unas consecuencias políticas que perduran hasta hoy, encendiéndose la mecha bélica en países como Irak, Siria o Afganistán. Veinticinco años después, Oriente Medio es una de las regiones del planeta más convulsas.

Actos de violencia injustificable

En este día a flor de piel para el pueblo estadounidense, el presidente de su Episcopado (USCCB), el arzobispo Paul S. Coakley, ha publicado una declaración en la que ora “por las víctimas que nos fueron arrebatadas en actos de violencia injustificable”.

Aunque ha pasado el tiempo, “sus familias y amigos aún lloran la irreparable pérdida de sus seres queridos aquel día”. Un recuerdo que hace extensible “también a los socorristas y trabajadores de emergencia, tantos que dieron su vida en actos de valentía y altruismo”.

Eso sí, “en medio de aquel día terrible y las horas oscuras de miedo e incertidumbre que le siguieron”, el prelado siente que “nuestra fe nos elevó y nos sostuvo”. Así, “como nación, nos encontramos recurriendo a Dios en oración y buscando en nuestra fe una nueva intensidad y un sentido de unidad”.

Compromiso de ser instrumentos de paz de Cristo

Ante el más que crítico panorama actual a nivel global, Coakley pide que, “a medida que los conflictos se intensifican en todo el mundo, renovemos nuestro compromiso de ser instrumentos de paz de Cristo”. Algo que necesita con urgencia “un mundo cada vez más fracturado y dividido”.

En ese sentido, “la construcción de la paz en nuestro país y en todo el mundo es el gran desafío de nuestro tiempo”. Y así lo manifiesta su compatriota más universal, el papa León XIV, que insiste en que “la paz es más que una meta, es una presencia y un camino”.

11-S en Nueva York

11-S en Nueva York. Foto: EFE

Hasta el extremo de que, como enfatiza Robert Prevost, “incluso en lugares donde solo quedan escombros y la desesperación parece inevitable, todavía encontramos personas que no han olvidado la paz”.

Una civilización de amor y fraternidad universal

“Mientras oramos por la continua sanación de nuestra nación, por las almas de todos los que perecieron ese día y por el consuelo de sus familias, imploremos al Espíritu Santo que nos transforme, cada vez más, a la imagen de Jesús, el Príncipe de la Paz, y que juntos construyamos una civilización de amor y fraternidad universal”, concluye Coakley.

Aterrizando en una historia humana lo que supuso aquel 11 de septiembre de 2001, Katolisch da voz a Lyndon Harris, entonces pastor asistente de la Capilla de San Pablo, perteneciente a la Iglesia episcopal y la más antigua de Manhattan. El templo, en plena Zona Cero, se salvó gracias a que los cascotes de las Torres Gemelas fueron frenados por las grandes ramas del platanero que hay en su cementerio parroquial.

Como rememora el presbítero, se salvó por poco: “Cuando el segundo avión secuestrado impactó contra la Torre Sur, yo estaba justo en su base. El avión se estrelló contra el edificio y se convirtió en una bola de fuego apocalíptica. Mientras caían escombros y ceniza, corrí para salvar mi vida”.

Mucho más que un puesto de reparto de comida

Sin embargo, no tuvo tiempo para pensar en nada, sino en actuar… De ese modo, creó sobre la marcha un grupo de voluntarios para repartir alimentos y agua a los afectados. En los meses siguientes, ese puesto improvisado se consolidó y fue todo un sostén humano, pues más de 15.000 voluntarios sirvieron más de medio millón de comidas.

Además de alimentar los cuerpos, hicieron lo mismo con las almas, tan golpeadas, ofreciendo otros voluntarios acompañamiento psicológico, médico y hasta artístico, acudiendo músicos para contribuir a crear un ambiente muy especial. “Fue una extraordinaria comunidad de compasión la que surgió tras el desastre”, aplaude Harris.

Transcurridos 25 años, la Capilla de San Pablo sigue siendo uno de los grandes símbolos del 11-S, pues cuenta con una exposición en la que tienen su espacio propio todos y cada uno de los casi 3.000 asesinados en una jornada oscura, pero en la que también se colaron fogonazos de luz y humanidad.

11-S en Nueva York. Foto

11-S en Nueva York. Foto: EFE

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