Todo Occidente sufre un desplome de su comprensión lectora. Lo más grave no es que se haya hundido la comprensión de textos complejos o que superen las 400 palabras, sino que se está abandonando todo el patrimonio literario, artístico, intelectual y celebrativo que constituye los cimientos de nuestra civilización. No es, pues, un asunto de competencias, sino un socavón civilizatorio que hace que los pilares de la ciudad tiemblen.
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‘Moby Dick’, ‘Las Meninas’, ‘Antígona’, ‘El Mesías’ o el ‘Génesis’ comienzan a ser vistos como unas ruinas recónditas que cada vez menos gente sabe interpretar. Desde hace décadas, el porcentaje que lee cosas que de verdad merecen la pena no cesa de disminuir al ritmo de un 13% cada año.
Al mismo tiempo, los centros han emprendido una carrera por implantar la inteligencia artificial (IA) en todos los rincones de nuestra actividad y cuerpo, con mayor fuerza todavía que nos instalaron los ‘Chromebooks’, las redes sociales y la digitalización. La IA será el futuro, pero los libros son el siempre. Mientras elevamos a la gente a las nubes digitales, se socavan los fundamentos de los grandes libros, pinturas, esculturas, sinfonías o películas que acumulan el patrimonio sapiencial de la humanidad.
Artilugios para entretener
La innovación más transformadora sería que los jóvenes y sus profesores se pusieran a leer juntos en el parque, que dedicásemos tiempo a escuchar las grandes historias de la humanidad. Es nuevo porque ya no se hace. Se ha querido convertir a los profesores en inspectores Gadget con decenas de artilugios con los que entretener, tratando a los niños y jóvenes como tontos distraídos.
Las modas pedagógicas nos han metido dentro centenares de técnicas, juegos, trucos, pero se han dejado fuera el medio más decisivo para que cualquier maestro pueda educar: su pasión y su vitalidad. Y eso no se aprende, se es.
