Los escándalos de abusos sexuales dentro de la Iglesia destruyen la vida de las víctimas, pero también pueden dejar una huella profunda en quienes, desde dentro de la institución, sienten que tienen que asumir la responsabilidad de reparar algo que les sobrepasa.
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Eso es lo que le ocurrió al obispo de Lincoln, en Nebraska, James Conley, quien ha relatado cómo la crisis de abusos que sacudió a la Iglesia estadounidense terminó llevándole a una depresión mayor y a un trastorno de ansiedad generalizada hasta el punto de necesitar apartarse temporalmente de su diócesis.
Su historia comenzó a quebrarse en 2018, coincidiendo con el escándalo del cardenal Theodore McCarrick, la publicación del informe del Gran Jurado de Pensilvania y la apertura de una investigación sobre las tres diócesis de Nebraska. Al mismo tiempo, Conley tuvo que apartar a varios sacerdotes por conductas sexuales inapropiadas.
“Yo también pensé que tenía que arreglarlo todo”, reconoce ahora en una entrevista en Avvenire. “Pensaba en ello constantemente”. “Mi padre pertenecía a la generación del ‘arremangarse’: ante una dificultad, hay que trabajar más duro, se puede arreglar todo”, recuerda.
Pero en lugar de aceptar sus límites, siguió acumulando sobre sí mismo cada problema. “En lugar de decir, como dicen de san Juan XXIII: ‘Señor, es tu Iglesia, me voy a dormir’, hice lo que pude, pero luego volví a cargar con todos los problemas sobre mis hombros. Pensaba en ello constantemente”.
El primer síntoma evidente fue el insomnio. Y es que cada noche repasaba mentalmente los casos, imaginaba escenarios posibles y apenas conseguía dormir una hora seguida. Después llegaron el tinnitus, la ansiedad y una cadena permanente de pensamientos sobre todo lo que podía salir mal.
Mientras tanto, su hermana menor fue diagnosticada de cáncer de mama y uno de sus sacerdotes, que sufría alcoholismo, murió. Conley se sintió culpable también por no haber podido ayudarlo. “No tienes alegría, ni energía, ni esperanza”
“Tienes un aspecto terrible. Estás peor que yo. ¿Qué te pasa?”, le preguntó su hermana en marzo de 2019. Poco después llegó el diagnóstico: trastorno de ansiedad generalizada y depresión mayor. “No puedes soportarlo, es demasiado”, recuerda. “No tienes alegría, ni energía, ni esperanza; solo quieres que todo termine”.
En el caso de un sacerdote, añade, esa sensación puede adquirir además una dimensión vocacional: “Si no puedo vivir mi sacerdocio, ¿para qué estoy aquí?”. Además, reconoce que si bien nunca pensó en suicidarse, pero sí llegó a rezar: “Señor, llévame de aquí”.
“Por eso entiendo cómo algunos sacerdotes pueden tener pensamientos suicidas”, reconoce. Conley buscó entonces ayuda profesional y comenzó terapia con un psicoterapeuta católico, junto a quien entendió que no todo dependía de él. “Tienes que soltar estas cosas. No todo depende de ti. Deja que Dios se encargue y cuida de ti mismo”, recuerda.
Aunque empezó a mejorar, seguía sometido a la misma presión. Finalmente, su hermana volvió a ser quien le animase a parar. Y, en 2019, el Papa le concedió una licencia para atender su salud mental, por la cual permaneció apartado del gobierno de la diócesis hasta noviembre de 2020.
“Solo di la verdad”
Cuando Conley preguntó al nuncio cómo debía explicar públicamente su ausencia, éste le aconsejó que simplemente “dijera la verdad”. Y así lo hizo: reconoció que “estaba agotado, que no podía dormir, que sufría ansiedad y depresión y que necesitaba parar”.
La reacción que encontró fue, según explica, completamente distinta de la que temía. “La gente lo entendió y me escribió: ‘Rezo por ti. Tómate todo el tiempo que necesites’”. Por eso insiste ahora en que sacerdotes y obispos no deben guardar el sufrimiento en silencio: “No tienes que contárselo a todo el mundo, pero busca a alguien de confianza, un hermano o un familiar”.
Y es que Conley rechaza también cualquier oposición entre atención psicológica y vida espiritual. Durante su enfermedad hubo tres prácticas que nunca abandonó: la Misa, el Rosario y la Liturgia de las Horas. “No podía meditar durante largas horas y sentía muy poco consuelo en la oración, pero sabía que no podía dejarla”, explica.
“La línea entre la vida psicológica y la espiritual es muy delgada: no son lo mismo, pero se complementan”, insiste. A partir de ahí comenzó también a reconstruir una vida menos dominada por el trabajo. Salir al aire libre, caminar, montar en bicicleta, leer, escuchar música, contemplar una puesta de sol y reducir el tiempo frente a las pantallas se convirtieron en parte de su recuperación. Incluso adoptó un perro. “Si vives solo, es maravilloso tener un ser vivo a tu lado al que cuidar y que te ama sin importar lo que hagas”.
