Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Los tres ecosistemas del papa León XIV


El mensaje de León XIV para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación retoma y prolonga la intuición central de Laudato si’: la creación no es un telón de fondo neutro, sino una realidad sagrada que está ligada al destino de los pobres.



En un mundo donde la degradación ambiental se acelera y la guerra cabalga como “la prolongación habitual de la política por otros medios”, el Papa nos convoca con la imagen de Isaías: transformemos las espadas en arados. Esa metáfora es una exigencia moral y espiritual urgente ante el agravamiento de las crisis climática, social y bélica.

Exige escuchar también el clamor de las víctimas

León XIV nos recuerda que cuidar la Creación exige escuchar también el clamor de las víctimas, de los desplazados y de quienes ven su tierra convertida en campo de batalla o en desierto por la codicia y la indiferencia. Él no es profeta de catástrofes inevitables, sino de una Esperanza que lo cambia todo, porque elige al Señor de la Misericordia.

1. La ecología integral como diagnóstico y clamor por la justicia

En Laudato si’, el papa Francisco sorprendió con una síntesis: no existen dos crisis separadas, sino una sola crisis socioambiental. León XIV recoge esa herencia y considera un factor destructivo que ha crecido: la guerra.

Hablar de ecología integral es hablar de justicia. La degradación del suelo, la contaminación del agua y la pérdida de biodiversidad no son fenómenos abstractos; tienen rostro humano. Los pobres pagan la factura de las decisiones y experimentos económicos y militares. Mientras se invierten cifras siderales en perfeccionar tecnología bélica, millones carecen de alimento, vivienda y salud. Esa desproporción revela un perverso desorden moral.

La espada y el arado no son solo metáforas técnicas; son símbolos de prioridades. La carrera armamentística desplazó la inversión en energías limpias, en infraestructuras sociales y en resiliencia climática. La guerra no solo mata; contamina, arrasa ecosistemas, provoca desplazamientos y empobrece por generaciones.

El pecado es mayor porque vivimos en un mundo que ha avanzado en tecnología de la comunicación, medios diplomáticos y resolución pacífica de conflictos como jamás en la historia. Por eso, la paz y la ecología son dos caras de la misma responsabilidad.

Defender la Creación sin mirar a los pobres es una piedad sacrílega; atender a los pobres sin transformar las estructuras que destruyen la tierra es una compasión de beneficencia burguesa. La ecología integral exige transformar políticas, modelos económicos y mentalidades que normalizan la violencia y la explotación.

2. Conversión personal y transformación estructural

León XIV nos lleva del diagnóstico a la conversión: los desiertos exteriores del mundo reflejan los desiertos interiores. Aquí la llamada es doble y complementaria. Por un lado, necesitamos reformas institucionales: leyes que limiten la contaminación, impuestos que desincentiven las emisiones, inversiones públicas en transición energética, desarme y cooperación internacional que priorice la seguridad humana.

Por otro lado, la conversión exige un cambio en el corazón: renunciar a la lógica de la acumulación, cultivar la sobriedad, rechazar el consumismo, aprender a compartir y a escuchar al otro.

A la profecía cristiana no le basta con señalar culpables externos. La tentación de echar toda la culpa al otro significa escapar de nuestra propia responsabilidad. ¿Qué clase de ser humano sostiene una economía que produce desiertos? ¿Qué deseos organizan nuestras decisiones de consumo y poder?

La conversión ecológica es, por tanto, espiritual y política, personal y colectiva. Si la Iglesia y las comunidades no practican esta coherencia —si predicamos la dignidad humana mientras toleramos polarizaciones, si denunciamos la explotación de la naturaleza mientras reproducimos relaciones de poder abusivas—, nuestras palabras son hipocresía.

La transformación requiere corazones y estructuras en permanente conversión. Requiere también desenmascarar esta ola mesiánica populista que, usando como señuelo algunos valores que podemos compartir, amenazan con arrasar toda dignidad humana.

León XIV propone cuidar tres ecosistemas: el de la creación, el de las relaciones humanas y el del corazón. Esa tríada es una brújula práctica: políticas que protejan la tierra, culturas que fomenten la solidaridad y prácticas espirituales que nos hagan menos indiferentes.

Forjar arados a partir de espadas implica redirigir recursos, creatividad y tecnología hacia la vida. Implica también reconocer que la paz es una política ecológica y que la ecología es una forma de paz.

Conclusión: llamado al compromiso, la esperanza y la Providencia

La imagen final de Isaías no es ingenua; es profética y exigente. Las espadas no se convertirán solas en arados. Habrá que forjarlas con manos humanas, con decisiones políticas valientes, con economías orientadas al bien común y con corazones dispuestos a la conversión.

León XIV nos invita a caminar desde el desierto hacia el jardín, desde la división hacia la comunión, desde la violencia hacia la paz. Esa invitación es un llamado al compromiso concreto: apoyar políticas de desarme y de transición ecológica, proteger a las comunidades más vulnerables, invertir en educación y en tecnologías que regeneren la tierra.

Frente al desánimo generalizado, esta es una llamada a la esperanza activa. Porque la esperanza cristiana no es pasiva; es confianza en la Providencia que nos impulsa a actuar. Creer en el Reino significa negarnos a aceptar la fatalidad de un presente injusto. Significa trabajar con paciencia y audacia para que la inteligencia humana y los recursos materiales sirvan para alimentar, curar y sostener la vida.

La Providencia no sustituye la responsabilidad humana; la inspira y la sostiene; no nos hace “evadir místicamente” de la realidad, nos sumerge en ella como levadura, para transformarla desde la fe.

Que nuestra indignación ante la injusticia se convierta en compasión operativa, que nuestro asombro ante la belleza de la creación nos lleve a custodiarla, y que la certeza de que todo está conectado nos haga responsables unos de otros. Si queremos que la espada se convierta en arado, tendremos que poner las manos, la mente y el corazón.

Solo así, con compromiso, esperanza y confianza en la Providencia, podremos forjar arados que alimenten la vida y reparen samaritanamente la dignidad de la creación y de los pobres.