Sliman Mansour: la última pincelada al Jesús con kufiya

Sliman Mansour. Pintor
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Un hombre descalzo carga a sus espaldas con un enorme ojo, que en realidad es una ventana desde la que se contempla la majestuosa Jerusalén de la Cúpula de la Roca. Pero en la que también se deja entrever Palestina. Al porteador se le percibe exhausto. Quizá por el peso de la historia. De un conflicto que parece eternizarse. Porque estas pinceladas datan de 1973. Pero siguen tan frescas y dolientes más de medio siglo después.



‘El camello de las penurias’ es la obra cumbre de Sliman Mansour, considerado el padre del arte palestino actual. Ese que es reflejo del compromiso con la identidad de un pueblo sufriente. De ese ‘sumud’, término árabe que podría traducirse como firmeza pacífica, perseverancia y resiliencia. Una expresión que se forjó después de la guerra de los Seis Días en 1967 tras la ocupación israelí y que empapó y empapa cada obra de Mansour.

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‘El camello de las penurias’ de Sliman Mansour

Empapó, en pasado, porque el creador falleció el lunes 24 de agosto de 2026, a los 79 años, en un hospital de la Ciudad Santa. Empapa, en presente, porque es ahora cuando el trabajo de este cristiano ortodoxo se reivindica todavía más: “Mi fe añade riqueza a mi identidad, al igual que la cultura judía”, reconocía.

El grito a través de sus lienzos le costó ser encarcelado en varias ocasiones y tuvo que ver cómo sus obras eran confiscadas. Emprendedor nato, fue el cofundador de la primera galería de arte en Cisjordania y el artífice de la primera academia internacional de arte en los territorios palestinos que después se integraría en la Universidad de Birzeit, la más importante de Palestina. “Creo en el arte como herramienta social, no como decoración para las casas de los ricos”, llegó a decir en algo más que una mera declaración de intenciones.

Dolor y esperanza

Mansour situó a sus vecinos, a aquellos anónimos que forjan la identidad palestina, como protagonistas de su gramática visual. En todos ellos, esa mezcla entre dolor y esperanza, entre confianza y pesadumbre en mujeres que abrazan un árbol que da frutos, ya sean naranjas u olivas, en medio de una tierra reseca. O madres que amamantan a su hijo en un desierto interminable que habla del vacío, de la soledad, de la indefensión…

O un picapedrero que da forma a una paloma de la paz repleta de fisuras. O Jesús. Al que ve como un vecino más. Con kufiya. “Cristo es una parte importante de la cultura palestina. Él mismo es palestino y, para mí, es extraño que tenga colores diferentes a los nuestros. ¡En Occidente se le representa con cabellos rubios y ojos azules! Quiero llevar a Cristo a su tierra de origen y quiero vestirlo con ropas palestinas y darle rasgos palestinos”.

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