No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que el mes más largo de todos es septiembre. Sí, admito que no hay mucha objetividad en esta afirmación, pero estoy convencida de que muchos de quienes leen estas líneas estarán de acuerdo conmigo en lo complejo que resulta retomar el ritmo cotidiano cuando se ha disfrutado de un tiempo de vacaciones.
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La inercia, cuya fuerza solemos infravalorar, nos obliga, al menos a mí, a tener que invertir unos días en acostumbrarme a los horarios y actividades que forman parte de ese día a día que quedó un poco entre paréntesis durante el mes de agosto. Supongo que, como cada año, esta dificultad para volver a arrancar el curso irá desapareciendo en unos días, al mismo ritmo que se desvanece mi escaso moreno veraniego.
En este regreso a lo cotidiano creo que me ayuda ser una mujer bastante organizada. Me gusta priorizar las actividades que tengo pendientes, teniendo en cuenta, además de la urgencia, la pereza o el placer que me generan. De hecho, yo soy de las que prefieren comenzar por aquello que menos me gusta y dejar para el final lo que me puede producir una mayor satisfacción.
La policía nacional inicia el traslado de menores a una nueva nave del polígono del Tarajal en Ceuta. Foto: EFE
En este sentido, tengo clara cierta jerarquía de mi día a día en lo que respecta a las tareas. Con todo, lo más importante de nuestra existencia no se juega en cómo lidiamos con las faenas diarias, sino en el modo en que nos relacionamos con los demás, y es ahí donde conviene revisar nuestra escala de valores y la jerarquía que empleamos.
En los últimos días hemos escuchado a gente de Iglesia hablar de cierta jerarquía de la caridad, que da prioridad no a quien más lo necesita, sino a quien está más cerca o lo reconozco como “de los míos”. Sin pretender simplificar problemáticas ni infravalorar dificultades, la situación me recuerda demasiado a esa pregunta por la identidad del prójimo al que hay que amar que le lanzaron a Jesús en el evangelio (cf. Lc 10,29).
Los más frágiles
Nos hace bien recordar que ese interrogante le sirvió al Maestro para narrar una incómoda parábola en la que se le conmovieron las entrañas a un samaritano y se hizo prójimo de quien estaba malherido al borde del camino.
Si bien organizarnos puede ayudar a recuperar el ritmo tras las vacaciones, en las relaciones humanas la única jerarquía que admite la caridad es la misma que atraviesa la historia de salvación y que mostró el Señor: poner en primer lugar a los más frágiles, a quienes menos contaban y a aquellos que las circunstancias van dejando al reverso de la historia… sean o no “de los nuestros”.

