Así es la vida: preciosa y precaria


Finlay Tarling tenía 19 años cuando murió, mientras ejercía su profesión de ciclista, en Portugal. Chocó contra una furgoneta que nunca debió estar ahí, pero la organización no había cerrado por completo la carretera al tráfico. Rodaba descolgado del pelotón, quizás acusaba el calor, o tenía un mal día, o tal vez no podía seguir el ritmo del gran grupo. Al fin y al cabo, todavía era un muchacho.



Una vida truncada

Llevaba dos años como ciclista profesional, el sueño de muchos niños que montan en bicicleta de forma competitiva. Había comenzado muy pronto, con 12 años, y destacó en diversas disciplinas: pista, contra-reloj, ciclo-cross. Se había criado en Gales, y la afición al ciclismo le venía de familia, su hermano mayor, Josh Tarling, era profesional desde 2023, y su padre Michael, llevaba décadas en el mundo del ciclismo.

Ahora, sólo hay llantos y recuerdos dolorosos, una vida truncada en su inicio, de forma inesperada y abrupta. La mañana del 14 de agosto nada hacía presagiar que sería el último día de su vida: desayuno copioso antes de la etapa, masaje, dorsales, nervios, quién sabe si expectativas de desempeñar un buen papel para su equipo, o quizás preocupado por notar que iba justo de fuerzas.

Las cosas sencillas de la vida

La muerte de este joven ciclista nos coloca de sopetón ante la realidad de la vida humana: llena de posibilidades, de futuro, de ilusiones, y truncada de repente. Preciosa y precaria.

Por eso, cuando se pierde la salud, se da uno cuenta de que no la valoró en su justa medida cuando la poseía. Las cosas sencillas de la vida como el té del desayuno, el afeitado y la ducha, el camino al trabajo, se añoran cuando resultan imposibles porque se ha perdido la capacidad de tragar, o de caminar, de funcionar por uno mismo.

Conviene vivir el presente y no dar excesiva importancia a lo que no es importante: rencillas familiares, pequeños problemas, sinsabores o reveses de la vida. Recordar que el sentido de nuestra existencia en esta tierra es aprender a amar y ser amados incondicionalmente, y que la vida es un regalo que no podemos amarrar, ni un solo día podemos añadir a nuestra existencia. Porque hoy puede ser nuestra última oportunidad de vivir y dotar de sentido a nuestro caminar por este mundo. Un sentido de disponibilidad y servicio, de apertura y agradecimiento.

Recen por los enfermos y por quienes les cuidamos, y por este país.

Médico general