A raíz de la película de Christopher Nolan ‘La Odisea’, de la que venimos hablando últimamente, muchos han descubierto, no sin cierta sorpresa, que Odiseo ‒el nombre del protagonista‒ no es otro que Ulises. En realidad, Odiseo es la forma griega, mientras que Ulises es la latina, del protagonista de ‘La Odisea’ y un personaje importante en ‘La Ilíada’.
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Frecuentes casos
En la Escritura también encontramos este fenómeno del cambio de nombre. Para empezar, tras la muerte del hijo que David había tenido con Betsabé, “David consoló a su mujer Betsabé. Fue y se acostó con ella. Dio a luz un hijo y lo llamó Salomón. El Señor lo amó y mandó al profeta Natán que le pusiera el nombre de Yedidías, en consideración al Señor” (2 Sam 12,24-25). ¿Cuál fue su nombre verdadero? ¿O acaso tuvo dos?
Muchos años más tarde, durante el asedio de la ciudad de Jerusalén por parte de Nabucodonosor, el segundo libro de los Reyes cuenta que el rey mesopotámico “llevó deportados a Babilonia a todos los hombres pudientes en número de siete mil; los herreros y cerrajeros, un millar; así como a todos los aptos para la guerra. Y, en lugar de Joaquín, puso por rey a su tío Matanías, cambiando su nombre por el de Sedecías” (2 Re 24,16-17). Es curioso que Nabucodonosor ponga un nombre genuinamente yahvista al rey impuesto: Sedecías, “Yahvé es justo”, frente al que tenía: Matanías, que también es yahvista: “Don de Yahvé”. ¿Se trataría de un nombre dinástico?
También Jesús
En el libro de Tobías, uno de los personajes importantes es el ángel que acompañará al joven Tobías en su viaje a Media. Este, “nada más salir, se encontró con el ángel Rafael. Pero no sabía que era un ángel de Dios” (Tob 5,4). Un poco después, Tobías presenta a Rafael a su padre Tobit, que se interesa por su nombre y tribu: “Entonces el ángel precisó: ‘Soy Azarías, hijo del célebre Ananías, uno de tus parientes’” (v. 13). Parece claro que el cambio de nombre está al servicio de la ocultación de la verdadera identidad del ángel, el “secreto del rey” (12,11).
Finalmente, en el Nuevo Testamento encontramos el caso de Pedro ‒término que designa una función: ser piedra, fundamento‒, cuyo nombre, en realidad, era Simón o Simeón, y el de Pablo, llamado Saulo (o Saúl) en la primera parte de los Hechos de los Apóstoles: “Entonces Saulo, que también se llama Pablo, lleno de Espíritu Santo…” (Hch 13,9). En este último caso, algunos autores han propuesto la hipótesis de que ‘saulos’ era, en aquella época, un término que significaba “afeminado, de andar afectado”, y de que, por eso, el Apóstol prefirió ser llamado por el nombre latino Pablo (Paulus, “pequeño, humilde”).

