En tiempos de descanso es habitual que la Dirección General de Tráfico intensifique sus campañas para prevenir accidentes y mejorar la calidad de la conducción. Es entendible: no solo porque hay más desplazamientos, sino también porque hacemos trayectos más largos y menos habituales y solemos estar más relajados y confiados. Lo que no solemos decir es que conducimos, en gran manera, como somos. Podría contar mis propios vicios y virtudes, en la carretera y en la vida, pero no hace falta. Basta con que cada lector pueda nombrar los suyos propios. Sólo diré que tiendo a estar demasiado cerca del coche de delante, algo que, desde luego, es un gran riesgo que reduce nuestro tiempo de reacción y de frenada. Tengo que corregirlo…
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Intentar parar
Estos últimos meses, además de tener espacios para parar y descansar, también he conducido bastante por carreteras poco concurridas. Eso tiene otro riesgo, confiarme en exceso y aumentar la velocidad… dificultando mucho frenar a tiempo. Lo sabemos todos pero se nos olvida: cuanta más velocidad lleves, más tiempo tardarás en lograr parar. Duplicar tu velocidad no duplica la distancia y el tiempo que necesitas para frenar, sino que la cuatriplican. Y, sin embargo, corremos.
¿No te ha pasado que cuanto más cansado o acelerado llegas a unos días de descanso, más te cuesta parar de verdad? La velocidad del día a día, el cúmulo de tareas y asuntos, encontronazos o meteduras de pata no hablados, dolores a los que no prestamos atención, cicatrices no curadas, facturas que cuadrar, mucho ruido y pocas nueces, … En el mejor de los casos, creemos que seguimos ese ritmo por compromiso, por una mayor entrega, porque es un bien para todos. Pero nada de eso hará que al frenar necesitemos más espacio y tiempo del razonable.
Echar el freno
Entonces, tomamos unos días de descanso pero seguimos durmiendo regular; relajamos el horario y las obligaciones pero el estómago o el cuello sigue dándonos problemas; nuestra cabeza dice que estamos más relajados pero por dentro el cuerpo nos dice que no. Podríamos pensar que no sabemos descansar, que elegimos mal el lugar o la compañía, pero en realidad nos está hablando de cómo íbamos conduciéndonos hasta este momento.
Recomenzar el curso escolar o afrontar la vuelta al trabajo puede ser también una gran oportunidad para calibrar mejor nuestras velocidades y nuestras distancias de frenado. ¿Has descansado? Si es así, es que tu velocidad de crucero (ese ritmo constante con que sueles desplazarte por la vida), no es tan mala. Si ni descansando has podido parar por dentro del todo, igual no se trata de cambiar de coche ni echar la culpa a la carretera. Quizá es momento de parar. Parar. Parar. Para seguir de otra forma.
