Tribuna

El Idiota ante la fragilidad de nuestro tiempo

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Pocas obras literarias me han resultado más estimulantes y dolorosa a la vez como El Idiota de Fedor Dostoievski. Sus páginas me abrieron los ojos a una dimensión de la condición humana que no lograba ver, quizás no quería ver o aceptar. El protagonista, el príncipe Myshkin, es un hombre de 26 años, cordial, franco, compasivo e ingenuo, que ha vivido algunos años en Suiza para atenderse una epilepsia. Cuando el médico muere, Myshkin intuye que tiene fuerzas suficientes para viajar a San Petersburgo, visitar a una pariente lejana e intentar iniciar una vida normal.



Sus cualidades, sin embargo, lo llevan a tener encuentros extravagantes con todo tipo de personas: la más relevante, que lo atraerá por toda la novela como un faro al barco extraviado, será su relación de amor/compasión por una mujer bellísima, pero que arrastra dentro de sí el dolor de una historia de abusos. Su nombre es Nastasya Filippovna. La historia se enmaraña cuando Myshkin se enamora, con un amor noble y puro, de una joven de buena familia, que a su vez le corresponde. Se llama Agláya Ivánovna y cuando preguntan por ella, él responde: “Es tan hermosa que da miedo mirarla”. El príncipe, por cierto, no está solo en el campo. Existen otros pretendientes que harán más compleja la historia.

La bondad como anomalía

En nuestra sociedad, marcada por la inmediatez y la búsqueda obsesiva de éxito, la bondad pura del príncipe Myshkin resulta una anomalía, casi un “idiotismo”. Recordemos qué significa la palabra idiota en sus orígenes. En la democracia ateniense, el idiōtēs era el ciudadano que se abstenía de participar en la vida pública y política. Sin embargo, Dostoievski parece hacer un ajuste. Decide jugar con la paradoja. El personaje es un idiota, pero según los estándares de una sociedad corrupta porque carece de la astucia necesaria para triunfar en ella. Vivimos en una era donde la empatía suele ser calculada y la transparencia es vista como una debilidad. A diferencia de las figuras de los clásicos, que buscaban la verdad como un compromiso moral, el hombre contemporáneo a menudo confunde la verdad con la conveniencia.

La bondad de Myshkin no es ingenua; es, más bien, una forma de visión. Él es capaz de ver más allá de la máscara social, detectando el sufrimiento allí donde otros solo ven estatus o dinero. Al contrastar esto con nuestro presente, nos enfrentamos a una verdad incómoda definitivamente. Hemos reemplazado la profundidad de la conexión humana por la gestión de nuestra imagen. La pregunta que me surge es si perdimos la capacidad de reconocer lo bello en la fragilidad ajena.

El Idiota Fiodor Dovtoieski

La esperanza en la oscuridad

A pesar de que el príncipe Myshkin termina su camino en la desolación y el silencio, el impacto de su presencia persiste. Aquí veo que radica la clave de la esperanza. La bondad, aunque parezca derrotada por el cinismo del mundo, no es inútil, puesto que no defrauda. Al igual que los personajes de los grandes maestros literarios, que se enfrentaron a sus propias noches oscuras, nosotros también podemos reconocer que el hecho de que un ser humano pueda ser contradictorio y noble al mismo tiempo es nuestra mayor riqueza.

La esperanza no reside en la victoria final de la bondad sobre la maldad, sino en nuestra capacidad de reconocer el valor de esa lucha. Leer a los clásicos, y específicamente a autores como Dostoievski, es un acto de autoconocimiento que nos permite recordar quiénes somos verdaderamente. Si en medio de nuestro ruido contemporáneo somos capaces de detenernos, de mirar con atención y de reconocer en el otro a un igual, estaremos, en cierta forma, permitiendo que la belleza siga trabajando por la salvación de nuestro mundo.

El Idiota de Fedor Dostoievski realmente no gira en torno a la derrota de la bondad, sino, más bien, nos ofrece un mapa de ruta hacia nuestra propia humanidad. Mientras sigamos siendo capaces de hacernos las preguntas eternas ˗qué es lo verdadero, qué es lo bello, qué significa ser libre˗, la posibilidad de la esperanza permanecerá intacta, aguardando en el fondo de nuestra noche, recordándonos que, aunque el camino sea arduo, estamos llamados a pensar con más profundidad y a vivir con más conciencia.  Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris