El libro de Job en la sala de hospital


No puedo pretender –ni quienes me lean pueden esperar- una exégesis del libro de Job, carezco de la formación para ello. Sin embargo, 4 décadas de médico quizás me permiten acercarme de forma vivencial –ajena y propia- a la experiencia de sufrimiento, con algunas reflexiones que comparto.



Porque en contacto diario con la enfermedad –en cuanto lo que significa de pérdida de salud o de función- y la muerte se evocan en muchas ocasiones las palabras de Job, profundas y equilibradas, al menos al principio de sus padecimientos. “Dios dio, Dios quitó”; “desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a él”; “si aceptamos de Dios los bienes, ¿no aceptaremos también los males?”

Resulta obvio que Dios no es un mago benevolente o malévolo que envía bienes y males, sino que –al menos en el caso de la salud y enfermedad- provienen de agentes externos –infecciones-, internos –enfermedades autoinmunes, tumores malignos-, o de la interacción con elementos que la misma persona escoge (tabaco, mala alimentación, alcohol). Somos a veces co-responsables de nuestras enfermedades, sin que ello suponga un juicio de valor, es tan sólo la realidad.

Una vida de padecimientos

De un modo u otro, nos encontramos con la pérdida de una función, por ejemplo, tras un ictus, una lesión medular; o con procesos infecciosos que amenazan la vida, o con cánceres que conllevan mal pronóstico, o condicionan tratamientos penosos. O bien con dolores crónicos incapacitantes, que van desgastando y minando el ánimo y la paciencia, y que demandan tratamientos acompañados de molestos efectos secundarios. Por no mencionar las patologías mentales, casi siempre estigmatizadas, que provocan en el paciente y su familia sufrimientos incuantificables, en muchas ocasiones peores que los físicos.

Así pues, puede afirmarse que los padecimientos posibles o actuales que afrontamos a lo largo de nuestra vida son numerosos.

En cualquiera de estas situaciones echamos de menos la salud de la que disfrutamos antes, y nos preguntamos ¿por qué? Con sus palabras iniciales, que cito arriba, Job parece trabajar en clave de aceptación y realismo: he tenido/he perdido, nací sin nada/moriré de la misma manera, disfrutar de bienes/aceptar los males parece lo justo, sin echarle a Dios nada en cara. Cualquiera de las frases de Job –sin exégesis alguna, sólo con el sentido común cristiano de cada cual- puede servir como oración y como reflexión ante la adversidad, que antes o después siempre se presenta en la vida.

Cada vez que firmo un certificado de defunción, y veo que introducen el cadáver en un sudario para bajarlo a la morgue del hospital para que alló lo recoja la funeraria, pienso en qué poca importancia tiene ya lo que esa persona haya sido antes, o haya poseído. Cuando “pasemos al otro lado”, tal como enuncia Kübler-Ross, no nos preguntarán qué cargos o títulos hemos tenido, sino a cuánta gente hemos querido, a cuánta gente hemos ayudado.

No aparece en el discurso inicial de Job el resentimiento, ni apelar a la mala suerte, ni echar a Dios o a otros la culpa de las desgracias propias. Tan sólo la aceptación profunda del dolor sobrevenido. Cabe asimismo confiar –y pedir- que Dios (me) haga justicia, aunque no será en este mundo ni a la manera humana.

Más tarde llegan sus amigos a acompañarle, pero eso puede ser motivo de reflexión en una futura entrada.

Recen por los enfermos, por quienes les cuidamos, y por este país.

Médico general