Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.470
Nº 3.470

Dialogar y construir puentes a los 60 años de ‘Nostra aetate’

El teólogo suizo H. Küng se preguntó en una ocasión cuál habría sido la postura de la Iglesia ante el mundo de las religiones si el Concilio Vaticano II no hubiera tenido lugar. Su respuesta nos permite comprender la trascendencia de uno de sus documentos, la declaración ‘Nostra aetate’ sobre las religiones no cristianas, que revolucionó el enfoque y la forma en que nos referimos a aquellos que profesan otras fes:



“Si este Concilio no hubiera tenido lugar, las demás religiones del mundo habrían seguido siendo para la Iglesia objeto sobre todo de discusión negativa, de polémica y de estrategias misioneras de conquista. Seguiríamos viviendo en un clima de hostilidad sobre todo respecto a los musulmanes y especialmente los judíos. El antisemitismo nacional-socialista condicionado por la raza hubiera sido imposible sin el secular antijudaísmo religioso de las Iglesias cristianas. Pero para el Vaticano II todos los pueblos forman una comunidad con sus distintas religiones: intentan responder de manera diferente a los mismos interrogantes fundamentales acerca del sentido de la vida y el curso vital”.

07 Encuentro Interreligioso En Sri Lanka

El papa Francisco, durante un encuentro interreligioso celebrado en Sri Lanka. Foto: EFE

Tan solo unos días después de su aprobación, su máximo responsable, el cardenal alemán Augustin Bea, intuía la trascendencia de este breve documento para el futuro de la vida de la Iglesia y de la humanidad: “¿Qué significa para la humanidad la aplicación de esta declaración? Significa que la humanidad se verá progresivamente enriquecida con cientos de millones de hombres que se esforzarán por comprender, estimar y amar a cientos de millones de hombres cuya fe es distinta de la suya, y precisamente en su intimidad más sagrada, su fe religiosa”.

Un prometedor camino

Bea se mostraba convencido de que ‘Nostra aetate’ significaba el inicio de un nuevo y prometedor camino para la Iglesia en su relación con los creyentes de otras religiones. Lo que inicialmente se pensó como una pequeña declaración sobre la actitud de los cristianos con respecto al pueblo judío, pasó a convertirse en un documento referido a todas las religiones no cristianas.

Sorteando numerosas dificultades, el texto vio finalmente la luz en la última etapa conciliar, posibilitando la apertura de la Iglesia al diálogo interreligioso. Por primera vez, un concilio ecuménico hablaba en términos positivos de otras religiones. ‘Nostra aetate’ afirmaba claramente la posibilidad de salvación de los no cristianos, reconocía el valor positivo de las otras religiones y se refería a los elementos de verdad y de gracia salvífica presentes en ellas.

Amplias repercusiones

El cardenal Bea no se equivocaba. La declaración ha tenido amplias e importantes repercusiones, convirtiéndose en un valioso instrumento de partida para cuantos se dedican al estudio de las religiones, contribuyendo a mejorar las relaciones, especialmente con el judaísmo y el islam, transformando las hostilidades y animadversiones en comprensión, respeto mutuo y diálogo. En el período posconciliar se ha desplegado un amplio y fecundo campo de colaboración con creyentes de diferentes religiones.

León XIV, en un encuentro interreligioso en Beirut

León XIV, durante un encuentro interreligioso en Beirut (Líbano). Foto: EFE

Más allá de los serios conflictos interreligiosos que todavía persisten, se ha ido fraguando un movimiento de acercamiento y colaboración que ha encontrado en el campo de la ética una de sus vetas más fructíferas. Los líderes religiosos tratan hoy de asumir una responsabilidad común ante las grandes cuestiones que preocupan a la humanidad, comprometiéndose en la defensa de la paz, la justicia y la integridad de la creación.

Diálogo doctrinal

Junto a ese tipo de diálogo, centrado en el desarrollo de iniciativas y acciones comunes, se ha desplegado un amplio diálogo de carácter doctrinal. Desde la nueva perspectiva abierta por ‘Nostra aetate’, se ha venido elaborando lo que se ha dado en llamar una teología cristiana de las religiones.

La aprobación de la declaración ‘Nostra aetate’ implicó la apertura de la Iglesia católica a un diálogo interreligioso que ha encontrado en los papas del posconcilio a algunos de sus mejores aliados. El compromiso de Roma queda reflejado en esta secuencia: si el Vaticano II constituyó el punto de partida, Pablo VI imbuyó al movimiento del impulso necesario que condujo a su madurez de la mano de Juan Pablo II, afianzándose con Benedicto XVI y adquiriendo con el papa Francisco nuevos contornos y una nueva orientación.

León XIV, bajo cuyo pontificado hemos conmemorado el sexagésimo aniversario de este importante texto, ha expresado su firme compromiso de proseguir con el diálogo. El encuentro de oración por la paz, convocado por Juan Pablo II en Asís en 1986, constituye todavía hoy una de las expresiones más elocuentes de esa trayectoria de implicación del papado, impulsada bajo la convicción de que el diálogo interreligioso forma parte del compromiso de la Iglesia al servicio de la humanidad. Hay un ámbito del diálogo interreligioso que ha sido especialmente privilegiado y alentado a nivel magisterial y pastoral: el desarrollado en el seno del monoteísmo, con las religiones “abrahámicas”, el judaísmo y el islam.

Documentos más relevantes

La creación, en 1964, del Secretariado para los No Cristianos, convertido en 1988 en el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso (hoy Dicasterio para el Diálogo Interreligioso) constituye una plataforma privilegiada para impulsar el diálogo y ha sido el marco para publicar algunos de los documentos más relevantes, como ‘Diálogo y misión’ (1984) y ‘Diálogo y anuncio’ (1991).

León XIV con uno de los participantes en el encuentro promovido por el Dicasterio para el Diálogo

León XIV con los participantes en el encuentro promovido por el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso. Foto: Vatican Media

La reflexión sobre la relación entre el cristianismo y las religiones se ha convertido en una de las cuestiones fundamentales para la Iglesia a comienzos del tercer milenio: ¿qué dice la Iglesia de las otras religiones?; ¿cómo interpretar hoy el viejo axioma ‘extra ecclesiam nulla salus’ (“fuera de la Iglesia no hay salvación”)?; ¿puede un creyente de otra religión acceder a la salvación?; ¿son las otras religiones caminos válidos de salvación? Son preguntas acuciantes para los creyentes del siglo XXI. La descripción de la Iglesia como “sacramento universal de salvación” condujo a la superación de una interpretación en clave exclusivista del citado clásico axioma ‘extra ecclesiam nulla salus’.

El Concilio resolvía el problema de la salvación de los no cristianos. Pero, al haber dirigido la mirada más allá de la cuestión de la salvación de los individuos no cristianos, hacia una relación positiva de la Iglesia con las religiones como tales, planteaba una seria cuestión: la pregunta por el valor salvífico de las otras religiones, algo que no trató explícitamente ‘Nostra aetate’ y que quedó como tarea para la teología posconciliar. Las consecuencias para nuestra comprensión de Dios y de la función mediadora de Cristo, así como la cuestión de la eclesialidad de la salvación, son preguntas que deben ser abordadas en el marco de la apertura a las religiones iniciada por la Iglesia. (…)

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Índice del Pliego

La apertura al mundo de las religiones como legado conciliar

Los avances tras ‘Nostra aetate’: de Pablo VI a León XIV

“Yo soy José, vuestro hermano”: el privilegiado diálogo con el judaísmo

El necesario diálogo con el islam

Construir fraternidad en un mundo dividido: el legado de Francisco

Tiempo de dialogar y construir puentes

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