Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Ejercer de cortafuegos


No sé si es sensación mía o se trata de un dato objetivo, pero cada verano que pasa tengo la sensación creciente de que los incendios son cada vez más y más graves. Ha llovido mucho desde ese “todos contra el fuego” que cantaban los famosos a finales de los ochenta y que, como tantas canciones de la infancia, basta un pequeño tarareo para delatar a toda la generación que crecimos con ella.



Es evidente que la prevención de estas situaciones comienza en invierno, pero una no puede evitar tener un pellizco en el estómago cada vez que las noticias nos devuelven la impotencia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas afectadas por los incendios.

Con esas imágenes de fondo, resulta muy fácil comprender la densidad que tiene la promesa de protección divina que expresa Isaías con esa misma imagen: “Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán. Si andas por el fuego, no te quemarás, ni la llama prenderá en ti” (Is 43,2).

Fuego

Incendio en Sotillo de La Adrada (Ávila). Foto: EFE

El caso es que esta situación ha hecho que recuerde una película española que he visto hace poco y que tiene como telón de fondo el incendio de un bosque. Se llama “Cortafuego”. No quisiera hacer ‘spoiler’ de una película que te mantiene en tensión a lo largo de todo el metraje, pero, en realidad, su trama pone en evidencia cómo todos nosotros somos capaces de actuar de una manera absolutamente irracional e incluso violenta cuando se trata de defender aquello que más queremos.

De hecho, el título no solo hace referencia al cortafuego que hay cerca de las viviendas en las que se encuentran los protagonistas y que podría protegerlos, sino a algo mucho más profundo: a cualquier realidad capaz de frenar un incendio.

Ser capaz de frenar

Como sabrá quien haya visto la película, hay incendios de violencia que solo son capaces de frenarse cuando alguien actúa de manera diversa a la que cabría esperar. Es lo que sugiere el evangelio cuando nos dice que “al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra” (Lc 6,29).

En un mundo cada vez más crispado, no nos viene nada mal ejercer de “cortafuegos” de vez en cuando y decidirnos a actuar como esas zonas en los montes que no ofrecen más madera para dejar de nutrir unas llamas que no hacen sino crecer. Desgraciadamente no podemos hacer mucho cuando los incendios devoran nuestros campos, pero sí que podemos poner nuestro granito de arena para que otros muchos fuegos dejen de avivarse.