El dolor llama, la Iglesia responde


Hay imágenes que no desaparecen cuando el humo se disipa: el silencio de calles evacuadas, el sonido incesante de los helicópteros, un coche en mitad de un camino, un vecino abrazando a otro sin necesidad de decir una sola palabra… Y esa pregunta: “¿Cómo podemos ayudar?”.



En medio de la tragedia del incendio que ha golpeado Bédar, Los Gallardos y buena parte del Levante almeriense, hemos vuelto a descubrir algo profundamente humano: cuando todo parece arder, aflora lo mejor de las personas. Bomberos, miembros del INFOCA, Guardia Civil, UME, sanitarios, voluntarios, alcaldes, vecinos…Todos formaban parte de una misma respuesta. Cada uno desde su lugar. También la Iglesia.

Quizá no siempre se vea. Ni probablemente haga falta. Pero mientras las llamas avanzaban, las parroquias seguían abiertas, los sacerdotes recorrían los lugares de acogida, escuchaban a quienes habían perdido su casa, rezaban junto a los que esperaban noticias de un familiar, buscaban medicinas, compraban alimentos, coordinaban ayudas, compartían silencios. Hay momentos en que sobran las palabras y la única respuesta es permanecer al lado del que sufre.

Fuego. Almería

Incendio forestal de Los Gallardos (Almería). Foto: EFE

La mañana de la tragedia escribí a la diócesis: “No hay palabras que puedan aliviar un dolor tan inmenso. Solo queda el silencio, la oración y la cercanía”. Y recordaba algo que incluso quienes no comparten la fe pueden comprender: el sufrimiento necesita compañía. Porque, aunque la esperanza no elimina las lágrimas, ayuda a no quedar atrapados para siempre en ellas.

En estos días hemos comprobado que la solidaridad no entiende de ideologías, creencias ni procedencias. Cuando todo parecía romperse, apareció una palabra casi olvidada: comunidad.

La reconstrucción

Quizás esa sea la gran lección que nos deja este incendio. Frente al fuego que destruye, existe otro fuego capaz de reconstruir: el del corazón ardiente, el de la compasión, el de la entrega callada, el de quienes siguen creyendo que nadie debería afrontar el dolor en soledad.

La reconstrucción será larga. Habrá que levantar viviendas, recuperar campos y restaurar paisajes. Pero habrá otra tarea más lenta y delicada: reconstruir la confianza, sanar el miedo y acompañar el duelo. Tenemos que amarnos y amar la naturaleza que nos cobija.

Y en ese camino la Iglesia quiere seguir haciendo lo que ha intentado hacer desde el primer día: caminar al lado de quienes sufren. Sin ocupar el centro. Sin buscar reconocimiento. Estando. Porque, cuando llega el fuego, lo primero que necesita una persona no siempre es una explicación, sino una mano y un corazón que permanezcan junto a ella. ¡Ánimo y adelante!