Mateo González Alonso, SDB
Redactor de Vida Nueva Digital y de la revista Vida Nueva

¿Se necesita más un defensor de las religiones o un defensor de la fe?


El cambio

La reciente decisión del rey Carlos III de Inglaterra ha provocado un intenso debate al alterar uno de los títulos más antiguos e icónicos de la corona británica, tal y como recogía hace unos días el portal alemán katholisch.de.



Y es que en el informe anual de la Casa Real, el monarca ha dejado de utilizar el histórico título de “Defensor de la fe” para adoptar una formulación más amplia: “Protector del espacio para la fe en una nación multirreligiosa”.

Este giro busca reflejar la realidad demográfica contemporánea del Reino Unido –algo a lo que el monarca, cabeza de la Iglesia de Inglaterra, ha sido muy sensible en sus discursos desde que tomó posesión del cargo–. Mientras que en siglos pasados la nación era casi exclusivamente anglicana y blanca, la extensa era de Isabel II trajo consigo una profunda diversidad impulsada por la inmigración, transformando al país en un mosaico de culturas y creencias.

No hay que olvidar que el título original (‘Defensor fidei’) le fue otorgado en 1521 al rey Enrique VIII por el papa León X por defender el catolicismo frente a Martín Lutero, aunque posteriormente el parlamento inglés se lo asignó al monarca como defensor de la fe anglicana. De hecho el título ha tenido una unidad con la Iglesia de Inglaterra, aunque luego se unió al primer juramente del monarca la preservación de la autonomía de la Iglesia de Escocia, donde existe una división de poderes entre la Iglesia y el Estado, y desde 1714, con Jorge I, la Iglesia se gobierna a sí misma en todo lo que concierne a sus propias actividades siendo su autoridad suprema la Asamblea General, presidida por un moderador elegido cada año por la propia Asamblea.

Como señal de la nueva sensibilidad en el funeral (plenamente anglicano) de la reina Isabel II, no faltó una amplia representación de las diferentes confesiones cristianas, delegaciones de los judíos británicos, así como de las comunidades musulmana, sij, hindú, zoroastriana, budista, jainista y bahá’í. Ya que Carlos III se quiso presentar claramente: “Soy un cristiano anglicano comprometido, y en mi coronación prestaré un juramento relacionado con el asentamiento de la Iglesia de Inglaterra. En mi Adhesión, ya he prestado solemnemente –como lo han hecho todos los soberanos en los últimos 300 años– un juramento que se compromete a mantener y preservar la fe protestante en Escocia”. Pero añadió: “Siempre he pensado en Gran Bretaña como una ‘comunidad de comunidades’. Eso me ha llevado a entender que el soberano tiene un deber adicional, menos reconocido formalmente, pero que debe cumplirse con no menos diligencia”. Este deber, para Carlos III es el de “proteger la diversidad de nuestro país, incluso protegiendo el espacio para la propia fe y su práctica a través de las religiones, culturas, tradiciones y creencias a las que nos dirigen nuestros corazones y mentes como individuos”.

“Esta diversidad no sólo está consagrada en las leyes de nuestro país, sino que está impuesta por mi propia fe. Como miembro de la Iglesia de Inglaterra, mis creencias cristianas tienen el amor en su corazón. Por lo tanto, por mis convicciones más profundas –así como por mi posición como soberano– me considero obligado a respetar a quienes siguen otros caminos espirituales, así como a quienes buscan vivir sus vidas de acuerdo con los ideales seculares”, añadió. “Esta convicción fue la base de todo lo que mi querida madre hizo por nuestro país, durante sus años como nuestra Reina. Ha sido la base de mi propio trabajo como Príncipe de Gales. Seguirá siendo la base de todo mi trabajo como Rey”, concluyó en su primer encuentro con los líderes religiosos en el Palacio de Buckingham.

Carlos III en Westminster

Carlos III en Westminster. Foto: EFE

La reacción

El paso de ser el defensor de una fe cristiana específica a convertirse en un paraguas institucional para todas las religiones ha generado un profundo descontento entre los grupos cristianos conservadores.

“Actúa como una adaptación de su juramento de coronación, pero es de hecho una traición a su cargo, a su fe cristiana y a la de sus súbditos”. Denunció el prelado Gavin Ashenden, ex capellán de la reina Isabel II y destacado disidente anglicano, según recoge el portal alemán.

Para voces como la de Ashenden, la idea de equiparar diversas creencias es un ataque directo a la autoridad y enseñanzas de Jesucristo. En una línea similar, Ciarán Kelly, director de la organización benéfica evangélica conservadora ‘Christian Institute’, argumenta que el cristianismo constituye “la base de las leyes y la cultura” de la nación. Estos sectores rechazan de plano la medida, llegando a calificarla despectivamente como un “amasijo multirreligioso” que parece rozan el relativismo religioso.

Los tiempos actuales

La controversia generada por este cambio de título real invita a una reflexión mucho más profunda y universal. Detrás de la semántica monárquica subyace una dicotomía esencial: el contraste entre la fe y las religiones.

La Fe es el vínculo espiritual directo del individuo con lo divino. Se trata de una convicción interna, profunda y transformadora que, por su propia naturaleza íntima, no necesita de la validación ni de la protección del Estado para subsistir.

Por otro lado, las religiones representan la dimensión organizativa, dogmática y social. Son las estructuras, templos y jerarquías humanas que albergan y regulan esas creencias en el ámbito público.

En un mundo contemporáneo, fuertemente marcado por el pluralismo y la globalización, la decisión de un jefe de Estado de proteger “el espacio para las religiones” (en plural) parece ser la postura política y socialmente más pragmática para garantizar la convivencia. Asegurar que las instituciones religiosas tengan libertad para operar fomenta la tolerancia y la paz comunitaria.

Sin embargo, el lamento de los grupos tradicionales apunta a un temor válido: el riesgo de vaciar el contenido de la creencia para convertir lo sagrado en un mero trámite administrativo. Defender las religiones es proteger instituciones humanas; pero defender la fe requiere un compromiso personal que ningún rey o gobierno puede legislar. Quizás la lección de nuestro tiempo es aceptar que el Estado (y sus monarcas) solo pueden aspirar a organizar la convivencia de las religiones, mientras que la verdadera defensa de la fe queda, hoy más que nunca, relegada a su bastión más inexpugnable: la intimidad del corazón humano.

Carlos III con León XIV en la Capilla Sixtina

Carlos III con León XIV en la Capilla Sixtina. Foto: EFE