Después de imaginar una conversación del alma con el presidente Donald Trump, no pude evitar pensar en las preguntas que le haría al papa León XIV. Su voz se ha convertido en una de las que intentan volver a poner en el centro la dignidad humana, la esperanza y el bien común en un mundo demasiado pendiente del poder económico, político y militar.
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Comenzaría preguntándole cómo ha vivido este tiempo en que su vida cambió de manera tan radical. ¿Qué extraña de Chiclayo y de sus años en Perú? ¿Qué ha sido lo más hermoso de su nueva vida en el Vaticano y qué es lo que más le ha costado?
Cómo experimenta su propia identidad
Me intriga saber cómo experimenta su propia identidad: si se siente estadounidense, peruano de adopción, latinoamericano o ciudadano de muchos mundos.
También quisiera saber cómo sostiene el ánimo frente al sufrimiento que conoce diariamente. Me cuesta imaginar que alguien pueda asomarse a tantas guerras, injusticias, abusos y miserias sin experimentar rabia, impotencia o tristeza.
¿Se enoja alguna vez ante la avaricia y la indiferencia? ¿Qué piensa de quienes invierten toda su vida en acumular, competir y vencer?
Cuando acechan las noches oscuras
Sobre todo, me interesaría conocer cómo alimenta su fe cuando la realidad parece desmentirla. ¿Cuenta con alguien ante quien pueda mostrarse vulnerable y desahogarse? ¿Llora? ¿Hay momentos en que todo se le oscurece y le cuesta sentir la presencia de Dios? Y, cuando eso sucede, ¿cómo vuelve a encontrarlo?
Detrás de su serenidad y mansedumbre debe existir una conciencia lúcida de sus propias fortalezas y limitaciones. ¿Cuáles son los dones que cree haber recibido para conducir al pueblo de Dios en tiempos tan convulsionados? ¿Qué fragilidades o rasgos de su personalidad siente que podrían jugarle en contra? ¿Le acomoda el protocolo o desearía relacionarse con las personas con mayor libertad?
Hay una pregunta que siempre quisiera hacerle a un papa: si pudiera eliminar una costumbre de la Iglesia, ¿cuál escogería? ¿Cómo sueña nuestra Iglesia dentro de diez años? ¿Más sencilla, más acogedora, más valiente, más abierta a escuchar? ¿Qué deberíamos aprender y qué tendríamos que atrevernos a abandonar?
Qué le quita verdaderamente el sueño
Entre sus preocupaciones, quisiera saber cuáles le quitan verdaderamente el sueño: la inteligencia artificial, la desigualdad, las migraciones, la pobreza, las guerras, la crisis ambiental o las heridas de la propia Iglesia. ¿Dónde siente que se juega hoy el futuro de la humanidad?
Personalmente, creo que atravesamos una crisis global de desamor, indiferencia y repliegue sobre nosotros mismos. Nos cuesta mirar al otro, reconocer su dignidad y sentirnos responsables de su suerte.
Le preguntaría si comparte este diagnóstico y qué caminos espirituales, culturales y comunitarios podrían ayudarnos a revertirlo. ¿Qué mensaje daría a quienes intentamos vivir el Evangelio con mayor coherencia y pasión, pero a veces nos sentimos cansados o desorientados?
Participación de las mujeres en las decisiones importantes de la Iglesia
Un anhelo personal profundo tiene que ver con la participación de las mujeres en las decisiones importantes de la Iglesia, tanto laicas como consagradas. Me interesaría conocer su experiencia concreta con nosotras. ¿Tiene amigas con quienes pueda hablar con confianza? ¿A qué mujeres admira? ¿Qué ha aprendido de ellas?
Durante siglos, y en muchas culturas, las mujeres han tenido menos autonomía, libertad y participación en las decisiones que los hombres. ¿Cómo interpreta esta desigualdad? ¿Está dispuesto a incorporar de manera real y vinculante la experiencia, la inteligencia y el discernimiento de las mujeres en la conducción de la Iglesia?
También le preguntaría cómo imagina a la Virgen María. Más allá de las imágenes dulces y silenciosas con que solemos representarla, ¿la piensa fuerte, libre, lúcida y valiente? ¿Qué cree que le diría ella si pudiera sentarse a conversar con él sobre la Iglesia y sobre el mundo?
Libros, comidas disfruta, aficiones…
Aunque sé que una entrevista así tendría poco tiempo, mi curiosidad seguiría intacta. Quisiera saber qué libros lo han acompañado, qué comidas disfruta y qué aficiones le permiten descansar. ¿Se cansa? ¿Encuentra momentos para estar a solas? ¿Tiene tiempo para escuchar, sin intermediarios ni filtros, lo que verdaderamente piensa y siente el pueblo de Dios?
Me gustaría preguntarle también si le duelen las críticas dirigidas a la Iglesia y si alguna vez su vocación de servicio se ha debilitado. ¿Ha sentido deseos de bajarse del mundo por un rato, como Mafalda, y esconderse de tanta exigencia? Y si pudiera cambiar solamente tres cosas de la realidad actual, ¿cuáles elegiría? ¿Qué legado quisiera dejar?
Al imaginar esta conversación, comprendo que muchas de estas preguntas podrían dirigirse también a las incontables personas que dedican su vida a amar, cuidar y servir sin buscar reconocimiento.
El poder revelar y amplifica lo que una persona lleva dentro
El poder suele revelar y amplificar lo que una persona lleva dentro. El amor puede hacer algo todavía más profundo: transformar las heridas en compasión, el miedo en entrega, el vacío en propósito y la fe en una esperanza capaz de sostener a otros.
Quizás, al final, la pregunta más cristiana para cualquier persona llamada a amar y servir no sea cuántas obras consiguió realizar, sino cuántas vidas pudieron sentirse más reconocidas, más dignas y esperanzadas después de encontrarse con ella.

