“No se puede prever. Sucede siempre
cuando menos lo esperas. Puede pasar que vayas
por la calle, deprisa, porque se te hace tarde
para echar una carta en correos, o que
te encuentres en tu casa por la noche, leyendo
un libro que no acaba de convencerte; puede
acontecer también que sea verano
y que te hayas sentado en la terraza
de una cafetería, o que sea invierno y llueva
y te duelan los huesos; que estés triste o cansado,
que tengas treinta años o que tengas sesenta.
(…)
“Un día más”, te dices. Y de pronto,
se desata una luz poderosísima
en tu interior, y dejas de ser el hombre que eras
hace sólo un momento. El mundo, ahora,
es para ti distinto” (Eloy Sánchez Rosillo)
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La poesía siempre lo suele decir mejor. Me permito esta vez transcribir al poeta. Porque es verdad. Porque muchas veces nos agarra el cansancio, la desesperanza o simplemente la desidia vital de no ver nada. Y alguna que otra vez, cuando menos lo esperas, pasa algo que te reconforta, te reordena, te pone en pie el corazón y aclara la mirada. Esa luz poderosísima, siempre recibida y a la vez tan propia, tiene muchos nombres: recobrar una esperanza, sentir que se cierra un tramo oscuro, descubrir una grieta nueva por la que avanzar, un mensaje de cariño desinteresado…
Porque a veces miramos y ya nos vemos. Hay gente cerca que nos quiere pero nos sentimos solos. Sabemos que contamos con distintas posibilidades y en todas vemos carencias. Todos los caminos parecen cerrarse y todo nos sabe a “otro día más”… Dejamos de ver, de oler, de sentir. No es un drama. Puede que le esté pasando a quien está a tu lado y ni siquiera te des cuenta de ello. Cada uno libramos nuestras propias batallas, casi siempre silenciosamente. Y podemos entrar en la desgastante búsqueda de respuestas fuera de uno. Pero no suele funcionar.
Luz interior
Toda la luz posible siempre está en el interior. Fuera de uno, solo hay fuegos artificiales. Preciosos, amables, deslumbrantes, pero ajenos. La luz, cuando llega, poderosísima, siempre se da en el interior. Y desde ahí, nos vemos distintos, vemos el mundo distinto. ¡Y que fácil se nos olvida que es ahí en el adentro donde jugamos la vida!
Y, por si acaso, que no se nos olvide:
“Tal vez dura
un instante el milagro; después las cosas vuelven
a ser como eran antes de que esa luz te diera
tanta verdad, tanta misericordia”
Ese instante luminoso que llega sin esperarlo no dura para siempre. Nunca lo hace. Lo que permanece es lo que nos da: verdad, misericordia. Eso no desaparece. Ya nos ha sido dado. Acogerlo y cuidarlo con delicadeza y respeto es lo único que se nos pide. Verdad para que nadie nos diga que no hay nada que esperar, que no merece la pena, que tú no vales. Misericordia para no juzgarnos cuando nos rodea la oscuridad, para no castigar los intentos fallidos, para acoger cada fragilidad propia y ajena. Llegará cuando menos lo esperas.
