Al terminar uno de los partidos de cuartos de final del Mundial, ocurrió una escena que quizá pasó inadvertida. Durante noventa minutos los jugadores habían corrido hasta el límite, se habían disputado cada balón, habían reclamado decisiones y habían luchado con todas sus fuerzas por dejar al rival fuera. Sin embargo, apenas sonó el silbatazo final, comenzaron los abrazos, algunos intercambiaron camisetas; otros siguieron conversando mientras abandonaban juntos la cancha.
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Me pregunté entonces cómo era posible tanta intensidad durante el partido y tanta cercanía apenas había terminado. ¿Cómo se pasa, en unos cuantos segundos, de intentar eliminar al adversario a despedirse de él como de un amigo?
La respuesta estaba en una realidad que el Mundial hace especialmente visible: detrás de cada selección nacional existe una inmensa red de relaciones humanas que comenzó a tejerse mucho antes de que rodara el primer balón.
Muchos de quienes hoy se enfrentan con la camiseta de sus países comparten vestidor durante la mayor parte del año. Entrenan juntos, celebran campeonatos, atraviesan derrotas y conocen las fortalezas y fragilidades del otro. Algunos crecieron en las mismas canteras; otros coincidieron en selecciones juveniles o fueron compañeros en clubes anteriores. Apenas termine el Mundial, muchos volverán a encontrarse para defender los mismos colores.
Nosotros vemos un España contra Francia o un Inglaterra contra Argentina. Ellos, además de reconocer adversarios, contemplan compañeros, amigos e historias compartidas.
El Mundial se juega con selecciones nacionales, pero buena parte de los vínculos que sostienen a esas selecciones nació en los clubes. El Barcelona, el Arsenal, el Atlético de Madrid, el Manchester City, el Paris Saint-Germain y tantos otros no sólo aportan jugadores: aportan relaciones construidas durante años. Un entendimiento en la cancha no aparece de pronto durante una concentración sino que se forma lentamente en los entrenamientos, en los vestidores, en las conversaciones después de una derrota y en la confianza que se construye cuando dos personas aprenden a jugar juntas.
Los grandes equipos no comienzan a formarse cuando empieza un torneo. Llegan al torneo después de un proceso largo, muchas veces silencioso, que ha ido haciendo posible la comunión.
Esa palabra resulta especialmente sugerente. La comunión no consiste en borrar las diferencias ni en pretender que todos tengan la misma historia, el mismo talento o la misma manera de entender el fútbol. Las cuatro selecciones que alcanzaron las semifinales siguieron caminos muy distintos. Una conserva una base importante de jugadores procedentes de un mismo club; otra se apoya en la fuerza de su liga nacional; algunas reúnen futbolistas dispersos por distintos países y otras mezclan influencias de prácticamente todas las grandes ligas del mundo. No existe una sola manera de construir un buen equipo. La unidad nunca significa uniformidad.
No pude evitar pensar en Pentecostés: muchos pueblos, muchas lenguas, muchas culturas y un mismo Espíritu. La diversidad no destruye la comunión; puede hacerla más rica. La identidad no depende solamente del lugar en el que nacimos, sino también de la historia que aprendemos a compartir, de la comunidad a la que decidimos pertenecer y de la misión que aceptamos construir junto con otros. Eso, en el fondo, es también la sinodalidad.
La Iglesia nació como una red de relaciones. Una red frágil, diversa y muchas veces imperfecta, pero sostenida por la convicción de que nadie se salva solo.
Lo que vi esta semana
Vi jugadores que, después de luchar durante noventa minutos por eliminarse del torneo, terminaron abrazándose e intercambiando camisetas. Me pareció una imagen sencilla, pero profundamente necesaria: competir no debería convertirnos en enemigos. Se puede defender una camiseta, una idea o una causa sin dejar de reconocer la dignidad y la historia del otro.
La palabra que me sostiene
“Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti”. (Jn 17,21).
En voz baja
Señor, enséñanos a levantar la cabeza para reconocer a quien camina a nuestro lado. Líbranos de querer jugar siempre solos, de retener nuestros dones y de buscar únicamente nuestro propio triunfo.
