¿Quién puede o debe ser sabio?


La semana pasada supimos por fin cuál iba a ser el destino de Begoña Gómez: un juez ‒sustituto del sustituto del juez Peinado, que instruye una causa contra ella‒ determinó que podía ir a Reino Unido, a la graduación de una de sus hijas, pero no a Turquía, a la cumbre de la OTAN. Como era previsible, la resolución ha levantado polémica, y en algunos casos se ha escuchado el adjetivo “salomónica” para su descripción.



Naturalmente, la referencia a Salomón se debe al conocido texto de 1 Re 3,16-28, donde se ve al rey juzgando el caso de dos prostitutas que reclaman la maternidad de un niño. Tras la reacción de las mujeres ante el dictamen de Salomón de partir en dos al niño, y su sentencia final, el texto acaba diciendo: “Llegó a oídos de todo Israel el juicio pronunciado y cobraron respeto al rey, viendo que dentro de él había una sabiduría divina con la que hacer justicia” (v. 28).

Begoña Gómez

Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Foto: EFE

El relato tiene como finalidad ilustrar la sabiduría de Salomón, una virtud que le viene del cielo, aunque a petición del propio rey: “Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal” (1 Re 3,9); ante esto, el Señor afirma: “Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti” (vv. 11-12).

La sabiduría

A partir de aquí, la fama de Salomón emprenderá una carrera imparable, haciendo de él el sabio por excelencia, como se lee en el libro de la Sabiduría, un texto atribuido al propio Salomón: “Él [Dios] me concedió la verdadera ciencia de los seres, para conocer la estructura del cosmos y las propiedades de los elementos, el principio, el fin y el medio de los tiempos, la alternancia de los solsticios y la sucesión de las estaciones, los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y el instinto de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces. He llegado a conocerlo todo, lo oculto y lo manifiesto, porque la Sabiduría, artífice de todo, me lo enseñó” (Sab 7,17-21).

La sabiduría que pidió Salomón ‒y que el Señor le concedió‒, el discernimiento entre lo bueno y lo malo, debería ser una cuestión que afectara a cualquier ser humano, sin que este tenga que ser necesariamente rey, aunque tampoco juez, o político, o periodista.