Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Magnífica vulnerabilidad (II)


La encarnación no es un dato teológico entre otros: es el criterio que orienta toda espiritualidad cristiana. Frente a la tentación de convertir la fe en una expresión de superioridad, la tradición cristiana recuerda que Dios se hizo carne y eligió permanecer en la fragilidad humana.



Nada puede reemplazar la encarnación: allí donde la Iglesia olvida este centro, corre el riesgo de transformarse en una institución de poder y no en una comunidad samaritana. “El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”.

I. La encarnación como criterio de verdad: la vulnerabilidad es un lugar teológico

La encarnación nos enseña que la vulnerabilidad no es un accidente que haya que ocultar ni una falla que una técnica religiosa pueda deban corregir. Cristo nace en un pesebre, camina con los pobres y conserva las heridas de la pasión: “La resurrección no borró las heridas de la cruz”.

Desde Belén hasta el Calvario, la lógica divina es la de la cercanía a los últimos; por eso, el Evangelio mide la autenticidad religiosa por la capacidad de reconocer a Dios en el hambriento, el migrante y el herido (cf. Mt 25).

Aceptar la fragilidad significa recuperar una antropología que no reduce la dignidad al rendimiento ni al estatus. La dignidad ontológica precede a cualquier logro y exige políticas, liturgias y prácticas eclesiales que pongan a la persona en el centro.

Cuando la Iglesia o sus ministros se creen superiores moral o espiritualmente, se reproducen las actitudes farisaicas que Jesús denunció: la piedad sin compasión, la norma sin misericordia.

La encarnación, en cambio, nos llama a una espiritualidad que aprende a amar desde la fragilidad, a escuchar las heridas, a transformar la liturgia en servicio y vive un compromiso por cambiar el mundo.

II. Una Iglesia samaritana: prácticas que verifican la fidelidad a la encarnación

La magnífica vulnerabilidad recuerda que la fragilidad humana no es defecto a corregir, sino umbral de encuentro. Frente a la tecnocracia que propone transhumanismos y frente a una religiosidad que busca una sacra-humanidad angelizada, el Evangelio proclama otra vía.

Cristo se hizo pobre y plenamente humano para mostrar que la realización pasa por la entrega, la compasión y la solidaridad, no por rituales, moralismos fariseos o misticismos desencarnados que nos hagan superiores a otros.

Habría que revisar tanta piedad mojigata, tanta “santidad” de meapilas, tanta espiritualidad burguesa que tranquiliza. La Iglesia está llamada a acompañar la vulnerabilidad, a vivirla como espacio de gracia y de comunión, no a suprimirla con soluciones que niegan la carne y el amor samaritano y arriesgado. Tal vez entonces entenderíamos porqué tanta gente se aleja de la magnífica propuesta de Cristo.

Manos Amor

Ser fieles a la encarnación exige una conversión institucional y pastoral. Primero, la prioridad por los pobres no es una opción programática, sino el lugar sacramental donde Cristo sigue haciéndose presente.

La Eucaristía nos envía a reconocer al Señor en los descartados; la caridad litúrgica se verifica en la política social y en la atención a las víctimas.

Segundo, la crítica al clericalismo no es una moda: es una exigencia evangélica de fondo. Cuando el ministerio se vive como superioridad, la Iglesia pierde su rostro samaritano. La autoridad cristiana es diaconía, no dominio.

Tercero, la transparencia y la escucha son condiciones para que la comunidad no reproduzca estructuras de poder que silencian a las víctimas. Escuchar a quienes han sufrido abusos, acoger las voces de las mujeres y reconocer las heridas internas de la institución, son pasos indispensables para que la Iglesia sea creíble.

Cuarto, la formación pastoral debe priorizar la empatía práctica: no basta enseñar doctrina; hay que aprender a acompañar, a curar, a compartir el pan.

Finalmente, la tecnología, la liturgia y la teología deben ponerse al servicio de la humanidad reconciliada con su fragilidad. La técnica puede ayudar, pero no sustituye la presencia compasiva. La Iglesia está llamada a orientar la innovación para que sirva al bien común y no a la acumulación de poder.

Cuando la comunidad cristiana actúa así, las “piedras desechadas (los pobres, los enfermos, los migrantes, los pequeños) se convertirán en piedras angulares”.

La fractura lefebriana de estos días no es solo un conflicto litúrgico: representa una visión de superioridad religiosa que desfigura el Evangelio y la Tradición, y su cisma expone la urgencia de una Iglesia que viva la kénosis y la sinodalidad: “Tenemos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor 4,7).

Lo contrario (la ficticia sensación de superioridad) convierte la autoridad en inmunidad y la tradición en arma identitaria. Solo quien reconoce su miseria puede acompañar al hermano sin humillarlo; solo quien vive la propia fragilidad puede ver la del otro con compasión.

La autoridad eclesial auténtica nace de la humildad, no de la prepotencia sacramental ni de la manipulación legalista de sucesiones apostólicas. Jesús mismo enseñó que la grandeza se mide en el servicio (Fil 2,7; Lc 23,34). Cuando la institución olvida esto, pierde su razón de ser.

Conclusión esperanzada y comprometedora

La magnífica vulnerabilidad es la propuesta cristiana para nuestro tiempo: no una exaltación de la debilidad, sino la afirmación de que en la fragilidad Dios se hace cercano y nos llama a construir una civilización del amor.

La Iglesia que abraza esta verdad deja de ser un club de perfeccionistas y se convierte en hospital de campaña, en comunidad que cura antes de condenar y acompaña antes de juzgar.

La vulnerabilidad puede ser la gran reforma que la Iglesia necesita: no como debilidad a ocultar, sino como camino que nos hace prójimos. Convertir la fragilidad en camino de plenitud exige coraje: admitir errores, transformar estructuras, compartir poder y practicar la sinodalidad.

Solo una Iglesia que se deje sanar por su propia fragilidad podrá anunciar con credibilidad la misericordia de Dios. El desafío es pastoral y político: reconstruir murallas no desde la autosuficiencia de Babel, sino desde la corresponsabilidad de Nehemías, donde cada persona asume su tramo de la obra común.

Que la magnífica vulnerabilidad sea, entonces, programa de conversión: memoria que sana, praxis que protege y teología que humaniza.