Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Lefebvrianos: un cisma para redescubrir qué significa ser católicos hoy


Las recientes consagraciones episcopales realizadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, contrariando expresamente al Papa, confirman una herida desde hace décadas. Algunos creen que el conflicto es una simple discusión por reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II. Pero la cuestión es mucho más profunda.



Estamos ante dos maneras esencialmente distintas de comprender la Iglesia, la Tradición, la autoridad y la acción del Espíritu Santo en la historia.

Una oportunidad providencial para redescubrir el catolicismo

Por eso, esta dolorosa ruptura puede convertirse en una oportunidad providencial para redescubrir el catolicismo. Jean Guitton, el filósofo amigo de Pablo VI, escribió ‘Las crisis de la Iglesia’, donde demostraba cómo cada conflicto histórico le sirvió a la Iglesia para fortalecer la comprensión de su identidad y misión.

El cisma no es un bien, pero puede ser una oportunidad de aclarar muchas cosas en el camino del Evangelio en estos tiempos de polarizaciones y regresiones autoritarias. No se trata de “haberles ganado la partida”, ni tampoco “seducir” ahora a los curas cismáticos con tentadoras propuestas de vuelta. Se trata de interpretar mejor qué significa ser católicos hoy.

I. La Tradición es un camino vivo, no un momento congelado de la historia

El lefebrismo argumenta que la Iglesia abandonó la Tradición con el Concilio Vaticano II y que ellos la restaurarán incluso desobedeciendo al sucesor de Pedro.

La “Tradición” con la que se llenan la boca no coincide con la Gran Tradición de la Iglesia desde los Apóstoles hasta hoy, sino que alude a la construcción clerical de una época: la Contrarreforma, surgida como lucha contra la Reforma protestante en el siglo XVI y, más tarde, a la Ilustración y a la Modernidad.

El Concilio de Trento marcó ese momento de la Iglesia, pero no puede convertirse en la medida exclusiva para juzgar los siglos posteriores.

Su identidad religiosa es un fundamentalismo en guerra: contra el protestantismo, contra la libertad religiosa, contra el pluralismo, contra la modernidad e incluso, durante siglos, contra otras religiones. Su “fe” es defensiva y apologética.

El Concilio Vaticano II cambió ese chip. No rompe con la Tradición, sino con esa forma reductiva de entenderla. Recupera la Iglesia como Pueblo de Dios (‘Lumen gentium’), llamada a leer los signos de los tiempos (‘Gaudium et spes’, 4), a dialogar con el mundo y a descubrir la acción del Espíritu también fuera de sus fronteras visibles.

Como enseña ‘Dei verbum’, la Tradición progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo (DV 8): el depósito de la fe permanece, pero su comprensión crece a lo largo de la historia.

Por eso el conflicto no va de inciensos, sino de si seguimos creyendo que el Espíritu Santo guía hoy a la Iglesia (Jn 16,13), o que la fe quedó definitivamente congelada en esa época “dorada” del clericalismo. La Tradición no es un museo, sino la memoria viva de un pueblo que continúa aprendiendo y tendiendo puentes.

II. La identidad católica nace del anuncio de Cristo, no de la confrontación

Si la identidad cristiana se construye oponiéndose al mundo, es imposible el espíritu dialogal del Vaticano II. Mientras documentos como ‘Nostra aetate’ y ‘Unitatis redintegratio’ reconocen la presencia de “semillas de verdad y santidad” en otras Iglesias, religiones y culturas, los lefebristas reducen la interpretación del antiguo axioma “fuera de la Iglesia no hay salvación”, y se niegan a ampliarlo según la comprensión posterior del magisterio. La “Iglesia” son ellos.

Otra diferencia importantísima es la libertad religiosa y de conciencia, negadas en épocas de cristiandad, imposición de la fe e inquisición que tanto admiran. La declaración ‘Dignitatis humanae’ no afirma que todas las religiones sean igualmente verdaderas, sino que la fe solo puede nacer de un acto libre, porque la dignidad humana excluye toda coacción religiosa.

Jesús nunca obligó a nadie a seguirlo; invitó, dialogó y respetó incluso a quienes se alejaban (Mc 10,22; Jn 6,66): la verdad se impone únicamente por la fuerza de la verdad misma (Benedicto XVI)… Y no somos “dueños” de la verdad, sino que la habitamos (León XIV).

El tradicionalismo lefebvriano hipersacraliza el sacerdocio; por eso, reduce el laicado a un papel pasivo. Su participación, promovida por el Concilio Vaticano II, es interpretada como una “protestantización” de la Iglesia.

La autoridad se entiende de forma vertical y exclusivamente jerárquica, exigiendo una obediencia absoluta al sacerdote, en contraste con la eclesiología conciliar de Pueblo de Dios, donde todos los bautizados comparten una misma dignidad y los ministerios no son un fin, sino medio para servir a la comunión.

Consagración episcopal de los lefebvrianos. Foto: Efe.

Consagración episcopal de los lefebvrianos. Foto: Efe.

Tampoco es casual el perfil sociológico del lefebrismo, que se apoya en sectores sociales acomodados, atraídos por su “seguridad doctrinal”, autoridad jerárquica y un orden social homogéneo incuestionable.

En cambio, el magisterio actual insiste en una Iglesia que sale de sí misma, dialoga con el mundo y coloca en el centro a los pobres, las periferias y las víctimas. El imaginario lefebrista rechaza la Doctrina Social de la Iglesia y ve absurda la “opción por los pobres” asentada en el magisterio.

La división no es “peccata minuta”, como algunos simpatizantes los disculpan. La identidad católica no implica solo conservar formalmente algunos enunciados del Credo, los sacramentos o la liturgia, sino la comunión con el sucesor de Pedro, el discernimiento del Pueblo de Dios y la acogida del magisterio mediante el cual el Espíritu Santo continúa guiando a la Iglesia en la historia. Negar esto es un fraude con medias verdades, por más pomposas que sean sus ceremonias.

Francisco afirmó que la sinodalidad es el camino que Dios espera para la Iglesia del tercer milenio, y León XIV impulsa la profundización de la recepción del Vaticano II. No andemos con eufemismos; el cisma práctico hace décadas que existe y tanta prolongación teatral no sería posible sin un cierto clericalismo cómplice dentro de la iglesia.

Todo ello no implica despreciar a los lefebristas. Muchos viven sinceramente su fe y desean servir a Cristo. Las personas merecen respeto y diálogo. Pero la caridad no puede confundirse con la ambigüedad doctrinal, que confunde a todo el mundo. No todo “verdadero catolicismo” es la fe de la Iglesia.

Conclusión. Convertir una herida en una oportunidad

Toda crisis obliga a discernir. También esta. La respuesta de la Iglesia no puede ser el enfrentamiento estéril ni la resignación, sino verdad y misericordia, claridad doctrinal y disposición al reencuentro.

Esta ruptura cuestiona a la propia Iglesia sobre su correcta enseñanza de la riqueza del Concilio Vaticano II, la sinodalidad, la corresponsabilidad bautismal y el diálogo con el mundo. La persistencia de nostalgias de cristiandad revela una insuficiente catequesis y señales claras.

Que esta dolorosa fractura ayude a comprender mejor que la identidad católica no se define por aquello contra lo que combate, sino por Aquel a quien anuncia. Así, la Iglesia habrá transformado una herida en purificación, discernimiento y esperanza.

El futuro del catolicismo no es refugiarse en una fortaleza del pasado y repetir fórmulas perimidas. Es proceso y caminar con todo el Pueblo de Dios, como hospital de campaña entre los pobres, anunciando a Jesucristo y confiando en la acción siempre nueva del Espíritu Santo.