Tribuna

Ante el consistorio, sinodalidad reconciliadora

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Una Iglesia sinodal no se improvisa; se forma, se acompaña, se practica y se evalúa por sus frutos de comunión. Cuando la comunión está herida y el conflicto no se discierne para sanar resulta muy difícil avanzar hacia la participación y la corresponsabilidad de todas las vocaciones cristianas en la misión de Jesús.



Si todo cambia, sería ingenuo pensar que la sinodalidad pueda implementarse sin transformar nuestros modos de escuchar, relacionarnos, discernir, decidir y organizarnos para transformar los conflictos inherentes a cualquier grupo humano. El vino nuevo de una Iglesia sinodal no cabe en odres viejos marcados por el clericalismo y la exclusión, violencias normalizadas. La sinodalidad no es una técnica participativa ni un reparto de cuotas de poder.

La primera pregunta no es quién decide, sino cómo buscamos juntos la voluntad de Dios para servir mejor al Reino. Solo después tiene sentido preguntarnos cómo distribuir la autoridad y la toma de decisiones al servicio de esa misión compartida de todas las distintas vocaciones – como ha dicho León en el último consistorio. En muchos contextos eclesiales, este camino requiere procesos de reconciliación que hagan posible una paz desarmada dentro de la Iglesia para ser una paz desarmante hacia fuera.

La sinodalidad comienza con una profunda conversión espiritual. Sin ella corre el riesgo de reducirse a un procedimiento organizativo. Se podrá hablar mucho y consultar mucho de forma participativa, pero no necesariamente discernir para crecer en corresponsabilidad. Sin discernimiento espiritual no hay conversión ni libertad cristiana. Por eso, junto con examinar espiritualmente las estructuras, necesitamos formar personas, equipos, comunidades e instituciones capaces de escuchar espiritualmente como punto de partida de un discernimiento inclusivo – conclusión del primer consistorio con León.

Consistorio de cardenales

León XIV durante el consistorio. Foto: Vatican Media

Escuchar no consiste simplemente en dejar hablar. La escucha sinodal es disciplina espiritual: escuchar a Dios, escucharse a uno mismo, escuchar al otro –también al que incomoda– y escuchar la realidad y la creación entera. La escucha espiritual capacita al sujeto sinodal discerniente capaz de examinar espiritualmente. El examen espiritual personal y comunitario es la base del discernimiento cuyo fruto es la comunión.

Aquí aparece la convicción central de la Sinodalidad Reconciliadora: si no sanamos la comunión, será imposible implementar la Sinodalidad. Solo una comunión reconciliada hace posible una participación corresponsable en la misión. Podemos crear espacios participativos y continuar atrapados en dinámicas clericales, defensivas o polarizadas. Podemos convocar asambleas sin restaurar la confianza necesaria para una participación verdaderamente libre. Podemos repetir “todos, todos, todos” y seguir escuchando únicamente a quienes piensan como nosotros, evitando el conflicto necesario (tensiones generativas) en un discernimiento inclusivo que dé vida y vida en abundancia para todos.

Abrazar el conflicto

La comunión no significa uniformidad ni ausencia de conflicto. Abrazar el conflicto implica abrirnos a la diversidad incomoda porque nos descentra y cuestiona. Cuando no sabemos habitar esa tensión con humildad, la diferencia se convierte en amenaza; la polaridad legítima degenera en polarización, el desacuerdo en sospecha, el conflicto erosiona la comunión. Por eso, implementar la sinodalidad exige aprender a transformar los conflictos, no a ocultarlos bajo una comunión barata o falsa armonía.

La pregunta decisiva es qué hacemos con nuestras diferencias. La Iglesia está formada por diversas vocaciones, culturas, generaciones, sensibilidades y ministerios. La sinodalidad no elimina esa pluralidad, sino que la discierne para ponerla al servicio del Reino. El objetivo no es una participación superficial, sino una participación madura que se convierte en corresponsabilidad. Ese es el verdadero cambio.

Consistorio de cardenales

Consistorio de cardenales. Foto: Vatican Media

La corresponsabilidad nace de la confianza, y la confianza se construye mediante la transparencia, el cuidado de las personas, la rendición de cuentas y procesos de decisión discernidos inclusivamente: ¿quién debería estar sentado aquí porque la decisión que estamos tomando le afecta y antes hay que escucharlo, al menos? Cuando no se reconoce la dignidad de cada persona, la igualdad fundamental de todos los bautizados y la legitimidad de las diversas vocaciones y funciones, el conflicto escala. Entonces la comunión se debilita, la participación pierde fuerza y la misión deja de transparentar el rostro de Cristo.

Teoría del cambio

Por eso la implementación de la sinodalidad requiere una verdadera teoría del cambio que incorporen el reconocimiento, el perdón y la reconciliación. No basta con desear una Iglesia sinodal. Es necesario saber qué significa, querer asumir la conversión que exige y poder practicarla mediante procesos, métodos y herramientas concretas que transformen y prevengan la escalada de conflictos. Sin personas capacitadas para acompañar estos procesos, será difícil que los nuevos hábitos de discernimiento y corresponsabilidad arraiguen en la cultura y en las estructuras eclesiales.

Esta formación debe abarcar todos los niveles.

  • En el ámbito personal, necesitamos cristianos capaces de discernimiento interior.
  • En el interpersonal, aprender una escucha que transforme la diferencia en riqueza y no en amenaza.
  • En el comunitario, fortalecer la conversación espiritual y el discernimiento compartido.
  • En el institucional, desarrollar una planificación apostólica discernida que establezca prioridades, distribuya responsabilidades, ordene recursos y evalúe frutos.
  • Y en el nivel interinstitucional, construir redes de discernimiento que superen la autoreferencialidad institucional y seamos capaces de afrontar juntos los grandes desafíos de nuestro tiempo: la paz, las migraciones, la pobreza, la ecología, la inteligencia artificial o la bioética.

No se trata de tecnificar la gracia, sino de crear condiciones para cooperar mejor con ella. Dios actúa primero, pero nuestras relaciones e instituciones pueden facilitar o bloquear su acción. Las herramientas de discernimiento puestas en practica es la forma de oprativizar el “mansos como palomas y astutos como serpientes” para que no se nos cuele el mal espíritu que nos divide (diabolos).

El camino de implementación de la Sinodalidad Reconciliadora puede expresarse en tres movimientos.

  • Primero, co-crear espacios seguros donde las personas puedan hablar con libertad y confianza. Sin espiritualidad honda y compartida no hay confianza y transparencia; sin transparencia no hay discernimiento.
  • Segundo, reconocer el conflicto: identificar dinámicas de poder, exclusiones, abusos, miedos y resistencias, nombrar las heridas y acoger el dolor propio y ajeno para abrirse al perdón.
  • Tercero, discernir la reconciliación posible: no una reconciliación barata que ignore la justicia, sino aquella que permita sanar relaciones, transformar estructuras y prevenir nuevos daños. El discernimiento espiritual es muy realista: siempre muestra el siguiente paso posible, accionable – no el imposible que no nos mueve espiritualmente.
Consistorio de cardenales

León XIV charla con algunos cardenales durante el consistorio. Foto: Vatican Media

Este camino tiene una raíz profundamente pascual. El Resucitado entra donde los discípulos permanecen encerrados por el miedo al conflicto y comienza diciendo: “Paz a vosotros”. No oculta sus heridas; las muestra transfiguradas. Ya no son solo memoria del daño, sino fuente de vida nueva, reconciliación y esperanza. La violencia y división no tienen la última palabra. También la Iglesia necesita contemplar sus propias heridas sin miedo ni cinismo para aprender la paz desarmada en su interior y salir a ofrecer una paz desarmante para el mundo.

La implementación de la sinodalidad será distinta según los contextos: una parroquia, un seminario, una conferencia episcopal, una congregación religiosa o un movimiento laical. El discernimiento siempre es contextual. No necesitamos recetas universales, sino procesos serios, acompañados y evaluables.

Dejar atrás

Quizá la pregunta decisiva no sea si estamos a favor de la sinodalidad, sino qué estamos dispuestos a dejar atrás para acoger el vino nuevo del Espíritu: qué formas de clericalismo, qué estilos de autoridad, qué autorreferencialidades, qué lenguajes polarizantes y qué exclusiones necesitan convertirse al Evangelio.

En la cruz, Jesús asume en sus brazos, pies y costado las cinco heridas fundamentales de los conflictos humanos: el abandono, el rechazo, la humillación, la traición y la injusticia. Son precisamente esas heridas las que rompen la comunión del cuerpo de Cristo en la Iglesia, e impiden avanzar hacia una participación corresponsable en la misión. Por eso, la Sinodalidad Reconciliadora entiende que sanar la comunión no es una tarea secundaria, sino la condición de posibilidad para implementar el Sínodo sobre la Sinodalidad.

Solo una Iglesia reconciliada podrá caminar unida, discernir juntos la voluntad de Dios y participar corresponsablemente en la misión que el Espíritu le confía: ser embajadores de la reconciliación de Cristo en una Iglesia y un mundo heridos (2 Cor). Las resistencias al cambio sinodal implica cargar con la cruz y seguirle. La reconciliación es la que testimonia resurrección.

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