Las ordenaciones
El anuncio de nuevas ordenaciones episcopales dentro de Fraternidad San Pío X (FSSPX) para el mes de julio abre la puerta a un periodo de endurecimiento de las relaciones entre el Vaticano y el mundo tradicionalista, según un difundido análisis publicado en estos días por el medio francés ‘Tribune chrétienne’. Todo ello después de unas declaraciones de León XIV en Castel Gandolfo sobre un último llamamiento al diálogo y a la comunión pero remarcado que los lefebvristas siguen rechazando elementos fundamentales de la Iglesia, en particular el Concilio Vaticano II, y que, de consumarse las ordenaciones, el Vaticano deberá “avanzar” pese al dolor de la división.
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Según el medio francés, Roma estaría elaborando un documento para clarificar las consecuencias canónicas de esta nueva ruptura. Y es que, señalan, a diferencia con lo que ocurrió el 30 de junio de 1988 cuando en el mismo lugar que en esta ocasión, en el seminario de este grupo en Écône (Suiza) cuando el propio arzobispo Marcel Lefebvre procedió a unas consagraciones episcopales realizadas sin el permiso papal –y con un príncipe carlista en sus primeras filas–; ahora la declaración de cisma no se limitaría a los obispos o superiores de la Fraternidad, sino que podría abarcar a toda la estructura con sus cerca de 700 sacerdotes, sus seminarios y, de manera crucial, a todos los fieles que frecuentan sus capillas.
Si bien esta información es cuestionada por muchos canonistas, el medio desvela en que la firmeza de Roma está generando alarma en institutos tradicionalistas que sí son fieles al Papa y al Vaticano II (como la Fraternidad San Pedro o los Misioneros de la Misericordia Divina).
El nudo del conflicto
Ante el camino por una Iglesia abierta, sinodal y fundamentada en el Vaticano II, ¿qué significan realmente estas consagraciones para la concepción de la Iglesia? Y es que en el fondo, se puede entender de forma superficial que el conflicto se reduce a una cuestión estética o puramente litúrgica: el uso del latín, la misa de espaldas al pueblo o el incienso.
Sin embargo, la brecha es profundamente eclesiológica. Como señalaba León XIV en Castel Gandolfo: “rehúsan aceptar ciertos elementos fundamentales de la Iglesia, empezando por varios puntos del concilio Vaticano II”. Y es que esto no es una simple sugerencia pastoral; es la brújula de la Iglesia moderna. Es el Concilio que marcó el horizonte en cuanto al ecumenismo, a la libertad religiosa y a una relación renovada con el mundo. Las ordenaciones llevadas a cabo por un grupo que rechaza estructuralmente este Magisterio no son solo actos de desobediencia disciplinar, sino la perpetuación de una teología paralela que se niega a caminar con el resto del Pueblo de Dios.
Entonces surge la pregunta: ¿Cómo reconciliar la severidad hacia los tradicionalistas con el famoso “todos, todos, todos” del papa Francisco y la cultura del encuentro? Desde los sectores más conservadores se señala una aparente doble vara de medir. Se cuestiona cómo es posible que Roma dialogue pacientemente con la vía sinodal alemana o reciba con honores a Sarah Mullally, la primera mujer obispo de Canterbury en la Iglesia Anglicana, mientras muestra “rigor y dureza” hacia quienes desean mantener la liturgia antigua.
Es cierto que la Iglesia debe ser hogar para todos, pero la comunión exige un mínimo común denominador: el reconocimiento del Magisterio y del Papa. El diálogo ecuménico con los anglicanos busca tender puentes hacia afuera; pero el cisma de los lefebvristas dinamita los cimientos hacia adentro. No se puede reclamar pertenencia plena a una familia mientras se reniega de sus fundamentos actuales.
El futuro
Si el Vaticano sigue adelante y declara que los 700 sacerdotes, los seminarios y los miles de fieles que asisten a las capillas de la fraternidad incurren en cisma, el choque será inmenso. Cincuenta años de concesiones y diálogos parecen haber llegado a su límite. Y todo ello porque las ordenaciones no son una señal del Espíritu, sino de mera supervivencia.
La figura del obispos en la fraternidad no son para ejercer funciones de gobierno –que para eso están los superiores– sino que simplemente interesan para ordenar los nuevos sacerdotes tradicionalistas, parecen interesar solo por enguantadas manos que deberán imponerse sobre los nuevos candidatos. Algo que también choca con la concepción teológica de un obispo que vive para su rebaño.
León XIV lo ha empleado con un tono paternal al señalar: “lo lamento, pero debemos avanzar”. Un cisma nunca es motivo de celebración; es una herida abierta en el Cuerpo de Cristo y más para el Papa que lleva la unidad en su lema. Sin embargo, la claridad también es caridad. Una Iglesia abierta al mundo necesita saber dónde están sus propios límites teológicos para poder seguir caminando, unida, hacia el futuro. Oremos para que ese “último llamamiento a la comunión” logre tocar los corazones antes de que la ruptura sea definitiva. Aunque todo apunta que volveremos a ver la carpa en el patio de Écône para que la Fraternidad haga muestra de su músculo y expectación como hizo en su día Lefebvre sorprendiéndose falsamente al ver las cámaras pendientes de las fraudulentas consagraciones.


