En el primer discurso en su reciente visita a España, el papa León XIV habló en el Palacio Real de “ciudades como Córdoba y Toledo [que] se convirtieron en lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes”. Señaló que “la presencia del islam en la península Ibérica constituyó una realidad política, cultural y religiosa de larga duración” en la que “no solo hubo confrontación, sino que se intentó crear un espacio de contacto, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos”. En Toledo, “en la escuela de traductores de Alfonso X el Sabio, expertos pertenecientes a las tres religiones colaboraron en la traducción del rico patrimonio árabe, griego y hebreo”.
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Sin embargo, igual que hay que denunciar la llamada “leyenda negra”, que no duda en resaltar las facetas negativas de la historia, también hay que ser riguroso con la “leyenda rosa”, que valora excesivamente los aspectos positivos, dibujando, en ambos casos, una verdadera caricatura.
El hecho de poner como modelo de convivencia el califato de Córdoba no puede dejar de admitir cómo, por ejemplo, Almanzor, tras una razia, se lleva las campanas de Santiago de Compostela ‒a hombros de cristianos esclavizados‒ a Córdoba para fundirlas y hacer lámparas para la gran mezquita de la ciudad. O cómo a judíos y cristianos se les otorgó el estatuto de ‘dhimmies’, por el cual estaban “protegidos”, a cambio, eso sí, de pagar tributo, vestir de una forma especial, no levantar sinagogas o iglesias, etc.
Diferente traducción
En cuanto a la llamada “escuela de traductores” de Toledo, en realidad nunca existió como tal institución, además de que el funcionamiento de la labor de traducción en los reinos cristianos durante los siglos XII y XIII difirió bastante de lo que solemos imaginar: nunca hubo colaboración entre traductores, sino que lo que traducía un judío o un musulmán era recogido por un cristiano, que vertía el texto hebreo o árabe al latín.
Hay que reconocer que es probable que un discurso papal se vea casi obligado a subrayar lo luminoso o deseable frente a lo oscuro y olvidable. La cuestión que queda en el aire es hasta qué punto se pueden destacar determinados aspectos sin que ello implique una verdadera desfiguración de la historia.


