Andrés Marcio reconoce que el viaje a Tenerife le ha pasado factura. “Ha sido bastante paliza, pero ha merecido muchísimo la pena. Desde que volví a Madrid, me duele todo el cuerpo. Ahora toca descansar y recuperarme”, explica a ‘Vida Nueva’.
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El viernes 12, León XIV se dirigía en papamóvil a la Plaza del Cristo, en San Cristóbal de la Laguna, cuando le vio. El Pontífice prácticamente se lanzó en marcha del vehículo para saludar a este joven madrileño aquejado de laminopatía, una enfermedad extremadamente rara (diagnosticada solo a unas 100 personas en el mundo) y que provoca problemas como distrofia muscular severa, insuficiencia respiratoria y cardiopatías. A sus 22 años, Andrés es el principal divulgador español de esta dolencia. La fundación que lleva su nombre la investiga para prolongar la vida de estos pacientes y hallar una cura.
Más allá de su silla de ruedas, él, en realidad, no pasa desapercibido ni por su gran sonrisa ni por su desparpajo. Dice que el pasado viernes le echó “mucho morro” y consiguió ponerse en primera fila, inmediatamente detrás de las vallas. Estando ahí, habló con un monseñor al que contó que deseaba saludar al Papa. Este volvió al poco rato y pidió a los de seguridad que abrieran las vallas para situar a Andrés por delante.
Breve conversación
Poco después, se produjo el encuentro: “Al principio no me salían las palabras de la emoción, estaba casi llorando. Le dije: ‘Santo Padre, muchas gracias por estar aquí, por hablar conmigo’. Él me preguntó mi nombre. Le pedí que me firmara las imágenes de la Virgen del santuario de Schoenstatt, que me dio mi amigo Gonzalo, y la Biblia para mi amiga Sara. Luego me regaló un rosario precioso. Fue corto, pero, antes de despedirnos, le dije: ‘Santo Padre, ¡viva la vida siempre!’, que es una de mis frases favoritas. Y él me contestó: ‘¡Eso, eso, siempre!’”.
