Tribuna

¿Por qué León XIV ha dado en España una lección espiritual y práctica de noviolencia?

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El pasado 8 de junio, el papa León XIV fue gesto y símbolo encarnado, una lección de política noviolenta de un líder espiritual en el templo de la democracia en España: el Congreso de los Diputados.



Y no fue un discurso sino acción misma para poner en valor la convivencia social y la acción política como herramienta al servicio de esa misma convivencia. Fue una lección de comunicación noviolenta frente a la polarización, el insulto y la anti-política que pretende convertir a todo adversario político legítimo en enemigo a eliminar.

Y lo hizo como quien camina los pasos de un peregrinaje concreto y sencillo:

  1. Se presentó como pastor, como líder espiritual ante la sede de la institución política, no como jefe del Estado Vaticano: “Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica”. Y con ello fue configurando desde el principio, con humildad y perseverancia, una nueva hermenéutica del poder. León XIV transformó con su presencia y sus palabras ese poder-sobre de la fuerza y la violencia al que parecíamos estar tan acostumbrados, y al que parecía no haber alternativa, y nos ofreció una lección de poder-con, de cooperación, cercanía y servicio: “La Iglesia camina con la humanidad, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar”.
  2. Fue firme, incómodo, valiente y perseverante. Habló contra el rearme de Europa, a favor de las políticas de acogimiento de la inmigración, de apoyo y acompañamiento a las políticas sociales y laborales al servicio de los más vulnerables, de la protección de la vida humana desde la concepción y hasta su final, a favor del derecho internacional y de la regulación de una tecnología que en estos momentos solo sirve a los intereses de unos pocos. Y ofreció un faro moral claro: “Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”.
  3. Su firmeza fueo acogedora, desarmada y desarmante, hecha con respeto pero estableciendo unas reglas fundamentales para el diálogo y la comunicación, clamando contra la polarización y el insulto: qquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida.
  4. Reconoció a España, apelando a su propia tradición e historia, haciendo referencias, al Quijote, a Unamuno, a la Escuela de Salamanca, a la simbología del espacio del Congreso y sus pinturas. Las referencias no han sido azarosas y conectan con el nacimiento del sujeto moderno, la importancia de la intra-historia y del pensamiento crítico en épocas convulsas, la aparición del derecho internacional y el valor inalienable de la persona humana, el establecimiento de límites, la búsqueda de la paz o la relación entre razón y fe.
  5. Reconoció los errores propios: “Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura”, principio fundamental de toda comunicación noviolenta que comienza por reconocer nuestras propias violencias.
  6. Nos interrogó a todos como sociedad. No estableció un monólogo sino un diálogo precedido de una escucha que trasciende las paredes del encuentro en el Congreso “si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”.
  7. Apeló a nuestra humanidad y, con sus palabras y sus gestos, nos humanizó y humanizó la política en este país: “Los más vulnerables son las primeras víctimas (…) la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”. “Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso”.
  8. Nos recordó cómo nos configuramos como personas, cómo precisamente se construye una humanidad compartida de convivencia: “La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer. También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea”. Preservar los espacios de convivencia y encuentro, garantizarlos y protegerlos es clave para un futuro noviolento.
  9. Reconoció el desafío: “El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca”. Y nos señaló el camino: “Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota”
  10. Definió la política y su misión en el lugar mismo donde la política del país se configura: “La paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral”. Una paz que además configura los aspectos cotidianos de la persona -la familia, el trabajo, la escuela- y los aspectos de una humanidad universal compartida: la comunidad internacional.
León XIV en el congreso

León XIV durante su discurso en el Congreso de los Diputados. Foto: EFE

Y terminó apelando a nuestra propia transformación cultural noviolenta en el mundo:

“España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa”, no sin antes recordarnos una manera de empezar esa transformación hoy, aquí y ahora: “Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje». La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.

El papa León XIV dio una lección espiritual y práctica de noviolencia.