Cuando Benedicto XVI presidió la misa de dedicación de la Sagrada Familia, el 7 de noviembre de 2010 en Barcelona, se refirió al magno proyecto de Antoni Gaudí como “una larga historia de ilusión, de trabajo y de generosidad, que dura más de un siglo”.
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En efecto, desde que arrancara su construcción en 1882, han transcurrido 144 años. Un período de profundas transformaciones sociales, de un desarrollo urbanístico sin precedentes de la capital catalana, que la icónica creación del arquitecto de Reus ha ido acompañando entre andamios, mientras vecinos, fieles, turistas y curiosos de varias generaciones se preguntaban cuándo finalizarían los trabajos de la eterna obra inacabada.
Culminación de un sueño
Pues bien, aunque todavía quedan partes por concluir (algunas torres o la fachada de la Gloria), la inauguración de la Torre de Jesucristo –coronada por esa cruz de 17 metros y unas 100 toneladas–, que León XIV ha venido a bendecir, representa la ansiada culminación del sueño del genial artista y de todo un pueblo que ha crecido con él.
No solo porque sus 172,5 metros convierten a la Sagrada Familia en el templo más alto del mundo (dato que podría resultar anecdótico si no fuera porque el propio Gaudí tenía claro que una creación humana en ningún caso debía superar los 173 metros sobre el nivel del mar de la montaña de Montjuïc, obra del Creador), sino porque su poderosa imagen proyecta al mundo la intención primera del “arquitecto de Dios”: concebir una edificación que invite a “alzar la mirada” –tal como reza el lema de la visita papal– hacia el cielo gracias a la mediación de ese “signo visible del Dios invisible”.
Vocación “ascendente”
Así, con su torre central, la basílica eleva definitivamente los ojos al Supremo Hacedor, redoblando la vocación “ascendente” del conjunto (columnas, pináculos, vidrieras…), al tiempo que lo ordena visualmente, de tal modo que su imponente presencia vertical traza sobre la ciudad una silueta tan reconocible para el visitante como enseña de la población local, creyente o no.
Porque la Sagrada Familia es un templo para el culto, aunque a menudo cueste encontrar un espacio interior para el recogimiento y la oración en medio de las riadas humanas que lo frecuentan, pero es también uno de los grandes activos patrimoniales de Barcelona, con todo lo que ello implica a nivel turístico, urbanístico y, por supuesto, religioso.
Arte, fe y belleza
El perfil de la Ciudad Condal y de sus gentes seguirá cambiando con el paso de los años, pero se antoja difícil volver a ser testigos de un acontecimiento semejante. Durante décadas, hemos asistido al lento crecimiento de la semilla de arte, fe y belleza sembrada un día por Gaudí; hemos visto cómo se materializaban las ideas de aquel artesano de los pesos y los cálculos, hasta que cobraban vida en la piedra, y cómo sus sucesores iban incorporando nuevos métodos y herramientas para responder al monumental desafío que les dejó por herencia: cumplir un plan de largo recorrido, llamado a marcar un antes y un después en la historia. Ahora, hemos tenido la oportunidad irrepetible de celebrar la culminación de esa espera colectiva.
Espectáculo de luz en homenaje a Antoni Gaudí durante la inauguración de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia. Foto: EFE/Marta Pérez
Este final (o punto y aparte) feliz en 2026 coincide con el centenario de la muerte del alma y artífice de la Sagrada Familia, con lo que supone de homenaje a su autor, arquitecto sin par y cristiano ejemplar. Declarado venerable por el papa Francisco en abril de 2025, apenas unos días antes del fallecimiento del pontífice argentino, todo apunta a que su subida a los altares llegará más pronto que tarde. Mientras tanto, la basílica que glorifica a Dios con esas estilizadas torres, “saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma” –Benedicto ‘dixit’–, ya está más cerca del cielo.
