Da comienzo el Mundial de Fútbol 2026 y durante las próximas semanas millones de personas estarán pendientes de un mismo acontecimiento. En distintos idiomas, países y culturas se hablará de alineaciones, resultados, figuras, sorpresas y goles. Habrá quienes madruguen para ver un partido, quienes organicen reuniones con amigos o familiares y quienes, aunque no sean aficionados habituales, terminarán asomándose a la pantalla para ver qué está pasando. Podría parecer algo superficial, pero creo que el Mundial nos dice algo más profundo sobre nosotros mismos.
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Vivimos en una época marcada por la velocidad, la polarización y el aislamiento. Estamos conectados como nunca antes y, sin embargo, muchas personas experimentan una profunda sensación de soledad. Las noticias nos hablan de guerras, divisiones, violencia y desconfianza. Con frecuencia parece que el mundo se fragmenta en grupos enfrentados que apenas logran escucharse.
Por eso me llama la atención que, cada cuatro años, ocurra algo singular: millones de personas dirigen la mirada hacia un mismo lugar. Durante un instante compartimos emociones, conversaciones y esperanzas. Personas que no se conocen celebran juntas, familias enteras se reúnen, desconocidos entablan conversación. Las diferencias no desaparecen, pero por un momento recordamos que todavía somos capaces de vivir algo en común.
Quizá esa sea una de las razones por las que el fútbol sigue teniendo tanta fuerza. No se trata solamente de un balón que rueda sobre el césped, en el fondo, expresa una necesidad profundamente humana: la necesidad de pertenecer, de formar parte de algo más grande que nosotros mismos.
Antes de ser sacerdote, tuve la oportunidad de trabajar varios años en el fútbol profesional como gerente deportivo y allí aprendí una lección que nunca he olvidado. Los campeonatos no siempre los ganan los equipos con las mayores figuras, muchas veces los ganan aquellos grupos que logran convertirse en una verdadera comunidad. Equipos donde cada jugador entiende que el éxito personal tiene sentido solamente cuando se pone al servicio de todos.
La vida funciona de manera parecida. Nos han enseñado a competir, a destacar, a buscar reconocimiento, pero las experiencias más valiosas suelen surgir cuando aprendemos a caminar con otros. Nadie construye una familia solo, ni supera las dificultades solo, ni encuentra plenamente el sentido de la vida solo.
Quizá por eso el Evangelio tiene siempre un profundo sentido comunitario. Jesús nunca llamó a personas aisladas para que recorrieran el camino por su cuenta, sino que formó una comunidad donde reunió discípulos, compartió la mesa y enseñó a vivir como hermanos, porque el Reino de Dios se construye siempre en plural.
Por supuesto, el Mundial no resolverá los problemas del mundo, ni terminará con las guerras ni eliminará las injusticias. Pero puede recordarnos algo importante: seguimos necesitando encontrarnos, seguimos necesitando espacios que nos permitan celebrar juntos, dialogar y descubrir que, más allá de nuestras diferencias, compartimos una misma humanidad.
Tal vez esa sea la enseñanza más valiosa que podemos rescatar de estos días. Más allá de los resultados, las polémicas o los campeones, el Mundial nos recuerda que la vida no está hecha para jugarse en solitario. El verdadero campeonato no se disputa en los estadios, sino que se juega cada día en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros lugares de trabajo y en nuestras ciudades. Y en ese partido, nadie debería quedarse solo.
