Tribuna

Alzar la mirada con León XIV hacia las ideologías

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Las ideologías y la polarización nos condenan siempre a una infértil mirada horizontal. Enrarecen la atmósfera social y eclesial, tensan la convivencia, alimentan la confrontación y, finalmente, agotando fuerzas y paciencia, imposibilitan un verdadero crecimiento con raíz y altura. Contra ellas nos advirtió Francisco. Y ahora lo hace León XIV cuando nos llama a alzar la mirada. ¿Hacia dónde?



La Iglesia española ha estado liderada por dirigentes convencidos de que quebrar el espíritu de Tarancón y recuperar el de don Marcelo era un acierto. Creyeron que su obligación era erosionar y silenciar a los pocos teólogos que, con libertad y valentía, apostaban aquí por una interpretación abierta del Concilio.

Religiosos y laicos

Despreciaron a las órdenes religiosas tradicionales y pusieron alfombras rojas a los nuevos movimientos. Impusieron alzacuellos en los seminarios y prefirieron los excesos de sotanas y puntillas que de corbatas y vaqueros.

Religiosas Vaticano

Desmantelaron el tejido laical de miles de agentes de pastoral juvenil y convirtieron las parroquias en centros de adoración y procesión. Mejor devoción y sacramentos para laicos sumisos y obedientes que comunidades participativas con un pueblo de Dios leído e inquieto.

¿Por qué Francisco no vino a España?

Francisco no vino a España por muchas razones. Tal vez no se sentía muy a gusto con aquellos que solo lo respetaban formalmente porque, en el fondo, ni lo querían ni apoyaban su reforma.

La Iglesia española está llamada hoy a una nueva siembra. Con una novedad que, sin embargo, debe ser más antigua que nunca. Debe alzar la mirada y ponerla solo en el Evangelio, confiando en que –Francisco dixit– el tiempo es superior al espacio. Debe calibrar que la reforma necesita, al menos, de treinta o cuarenta años, para comenzar a dar fruto. Debe vencer las insinuaciones de las ideologías políticas, hoy principalmente de ultraderecha. Debe evitar la tentación de gastar las energías en las trampas de la polarización. Hará bien en caminar sobre las aguas turbulentas con la mirada puesta en Jesucristo y en su Espíritu, los únicos que calman y someten toda tempestad.

Lo verdaderamente antiguo es, en la Iglesia, la fuente de toda auténtica novedad. Ya circulan las intuiciones germinales, pero corren el riesgo de no ser comprendidas por manoseo o superficialidad. Clericalismo y sinodalidad son dos de ellas.

Otra configuración eclesial

La denuncia de Francisco, tanto del clericalismo clerical como del laical, urge, antes de nada, a tomar en serio el significado primigenio del bautismo, y luego, a la luz del cristianismo primitivo, a revisar las formas posteriores de ejercer los servicios eclesiales y su traducción ministerial. Tenemos seminarios en los huesos, parroquias en camino de desahucio y otras ya en estado terminal. No sirve reagruparlas dejando incólume una estructura infértil.

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Hay que alzar la mirada y apostar, a treinta o cuarenta años vista, por una nueva configuración eclesial en la que los que hoy hablan y mandan escuchen y obedezcan, y los que hoy callan y obedecen puedan hablar y acordar. En diálogo, en comunión, en igualdad, en un mismo Espíritu, cada uno según su carisma y su servicio. Este es el centro de la sinodalidad.

León XIV, en su reciente encíclica ‘Magnifica humanitas’ (MH 86-89), exige en la Iglesia “la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación”. Afirma el Papa que “la participación de los bautizados en los procesos de decisión y la corresponsabilidad en la misión pasan a través de organismos de participación reales, no nominales”. Y añade que «vivir la justicia en la Iglesia significa sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas distorsiones que generan desigualdades, falta de claridad y atropellos”.

Este es el horizonte eclesial, con raíz en Jesucristo y altura evangélica, hacia el que León XIV nos quiere hacer mirar en su viaje a España. Hacia él, pues, debemos alzar la mirada.

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