Tribuna

Alzar la mirada con León XIV hacia los jóvenes

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Al asomarse a cualquier parroquia y echar un vistazo a los fieles que frecuentan las celebraciones, parece haber una generación perdida. De los niños de la catequesis se pasa a los ‘veteranos’ del lugar, quedando en medio algunas familias o escasas muestras de adultos que aún no peinan canas.



En esta configuración sociológica de la comunidad cristiana, cuesta encontrar el lugar de una propuesta juvenil que no sea específica –y tantas veces difícil de integrar en una comunidad tan adulta que tiende a la nostalgia–. ¿Hay alguna solución para que esto no parezca el ‘Espacio joven’ del centro comercial, donde se ofrece una vivencia de espiritualidad a la carta? Es un camino que requiere esfuerzos por ambas partes.

Un gesto de rebeldía

En la era de las cabezas agachadas, allí donde el rostro de toda una generación vive perpetuamente bañado por el frío resplandor de las pantallas, alzar la mirada se ha convertido casi en un gesto de rebeldía para los consumidores de las modas tecnológicas.

Papa Leon XIV Con Los Jovenes De Roma 01

Los jóvenes españoles, herederos de un país de catedrales milenarias e inmersos en una atmósfera de indiferencia que ahoga los gritos anticlericales del pasado, transitan hoy por un asfalto de incertidumbre laboral, crisis de la vivienda, emergencia climática y un ruido ensordecedor. Y, sin embargo, es ahí –y solo ahí–, en las grietas de ese gran desencanto, donde puede surgir una sed de trascendencia. ¿Qué pueden esperar, entonces, de esa institución bimilenaria de campanarios de piedra? ¿Qué le pide la juventud a la Iglesia en los tiempos de la inmediatez?

Encuentro con Jesús

Ante este panorama, hay quien se refugia en los manuales de teología o en la añoranza de ritos o tiempos antiguos, mientras recela de las conversaciones de madrugada y los refugios del voluntariado. Lo mejor que la Iglesia puede ofrecer a los jóvenes de hoy es el encuentro con Jesús, no una visita por un museo de certezas inamovibles o una audiencia en un tribunal de moralidad.

Los buscadores tienen que ser atendidos, como diría Francisco, en un “hospital de campaña”: una casa de puertas abiertas donde la vulnerabilidad no sea juzgada, sino acogida; un espacio que hable menos desde el púlpito y escuche más desde la calle. Un lugar donde se descubra hasta las últimas consecuencias la Encarnación, a través del testimonio y la coherencia.

Anhelo de comunidad

En un mundo saturado de discursos prefabricados y ‘fake news’, ante la hipocresía solo puede crecer la indiferencia. A la Iglesia le exigen autenticidad: que el Evangelio que se proclama bajo las bóvedas resuene de forma idéntica en el trato a quienes están al margen de la sociedad, en la transparencia de sus cuentas y en la condena firme de sus propias sombras. Porque quien busca a Dios necesita compañeros de camino que duden, lloren y caminen a su lado por el fango de lo cotidiano.

El Papa dialoga con los jóvenes a bordo del Bel Espoir / Vatican Media

El Papa dialoga con los jóvenes a bordo del Bel Espoir / Vatican Media

Pero todo esto no es un plan individual de entrenamiento. La Iglesia responde al anhelo profundo de comunidad. Frente a la epidemia de soledad, la comunidad se perfila, en el mejor de los casos, como un hogar.

Apoyo espiritual

Alzar la mirada no es suspirar por el cielo, sino encontrar un punto de apoyo espiritual para transformar la tierra que pisas. Es esperar que la Iglesia enseñe a mirar el horizonte no con la ingenuidad del que ignora el dolor, sino con la esperanza radical del que sabe que la oscuridad no tiene la última palabra.

Y puede que los jóvenes españoles estén dispuestos a mirar hacia arriba, a redescubrir las vidrieras que sus ancestros construyeron, pero solo si la luz que las atraviesa les ayuda a ver más claro a su hermano de al lado. A fin de cuentas, esperan una Iglesia que no les pida que cierren los ojos para creer ciegamente, sino que les dé motivos para, por fin, atreverse a abrirlos y alzar la mirada.

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