Alzad la mirada, además de un lema, es una declaración de intenciones. Plantea cómo necesitamos ir más allá de lo evidente y mirar por encima de lo que tenemos delante para que el árbol no nos impida ver el bosque. En este sentido, el contexto bíblico del que se toma esta expresión se convierte en una invitación y en un desafío a la hora de situarnos ante la pastoral.
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Alzad la mirada (Jn 4, 35) es un imperativo que se entiende mejor dentro del capítulo joánico en el que aparece. Si bien se trata de una expresión que el cuarto evangelio pone en boca de Jesús dirigiéndose a los discípulos, se comprende su hondura al situarlo después del diálogo que el Señor establece con la samaritana.
El pasaje es muy conocido, pero leerlo con atención nos permite fijarnos en cómo evoluciona la conversación con aquella que va a por agua a una hora en la que sabe que no se va a encontrar con demasiada gente. Poco a poco, sin forzar y contando con sus circunstancias y su historia, el encuentro con Jesús le permite a la samaritana hacer un proceso por el que descubre que ese judío que le habla es más que profeta, es el Mesías.
La estrategia evangelizadora de Jesús
Los evangelios nos presentan al Señor ocupado y preocupado por el encuentro personal. Si miramos a nuestra realidad eclesial, quizá la llamada a alzar la mirada tiene que ver con no olvidar la estrategia evangelizadora de Jesús a la hora de pensar y evaluar nuestras propias propuestas e invitaciones pastorales.
Podría pasar por preocuparnos menos de tener las iglesias llenas, de calentar emociones o de aplicar estrategias cuyos resultados valoramos como positivos desde criterios de empresa, para centrarnos en acompañar y cuidar a las personas concretas. Invertir en ese “tú a tú” sin prisa, que no pretende generar grandes impactos ni llamativas reacciones, sino que acompaña con paciencia el proceso de cada uno, incluso si este no culmina ahí donde nos gustaría.
Cada persona importa
Alzar la mirada quizá tenga que ver con acompasar nuestros criterios de éxito pastoral a los de Jesús, que se olvida de los números y al que no le salen nuestras cuentas, pero atiende y prioriza al otro concreto, con sus heridas, alegrías, preguntas y con su propio ritmo. Quizá se trata de apostar por una evangelización en la que importa cada persona y su bien, por más que no cumpla con nuestras expectativas, que no se “caiga del caballo” de forma espectacular o que no llene capillas ni retiros de fin de semana.
Ese alzad la mirada se enmarca en un diálogo entre Jesús y los discípulos que apunta a otras dos cuestiones que no conviene olvidar en nuestra pastoral (cf. Jn 4, 31-38). Por un lado, que lo único importante es llevar adelante el querer divino, que con frecuencia desborda nuestros deseos y rompe nuestros esquemas de lo que “debería ser”.
Lo nuestro es sembrar
Por otro lado, que lo nuestro no es ver el fruto, sino sembrar y que, si nos toca recoger la cosecha, esta no se debe a nuestra tarea, porque lo importante se cuece a fuego lento, sin prisas ni atajos. Se trata de purificar nuestras motivaciones, también las más inconscientes, y recordar que el anuncio del Evangelio tiene que ver con la siembra, con confiar en el potencial transformador de lo pequeño y esperar pacientemente que la tierra fructifique cuando le corresponda, aunque no lo veamos.
Alzar la mirada en la pastoral quizá nos recuerde que somos como la samaritana y que el modo de evangelizar ha de ser como el que ella presenta en el texto bíblico: sin imponer, desde su testimonio vital y haciendo más preguntas que afirmaciones (cf. Jn 4, 29). Quizás así, con el tiempo y sin esperar que sean muchos, alguno pueda decirnos que ya no cree por lo que le hemos contado, sino por haberse encontrado él mismo con Jesús (cf. Jn 4, 42).

