La primera vez que visité al papa Francisco en Santa Marta lo primero que me dijo fue: “Cuida a los presos”, algo que ya me había dicho cuando me escribió. “Gracias por tu testimonio –me escribía en su primera carta–, así merece la pena quemar la vida como cura”.
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Para él, el mundo de la prisión, los presos, sus familias, sus dolores, sus esperanzas y sufrimientos, constituyeron el centro de su apostolado y de su pontificado. Hoy Francisco no está físicamente, aunque nos queda mucho más que su recuerdo o “su legado”. Nos queda especialmente su testimonio de vida, su entrega a la Iglesia de Jesús, y su espacio fundamental dentro de ella de lo que él llamaba también “los descartados”.
El papa León viene a España y nos pide que alcemos la mirada y descubramos qué vemos, y, al hacerlo, nos invita a que esos descartados de los que hablaba Francisco sean el centro de nuestras comunidades. No podemos estar al margen de esa realidad que supone los que no cuentan, los que están al margen, el “pobrerío” que diría monseñor Romero, el obispo asesinado en El Salvador mientras celebraba la Eucaristía, precisamente por hacerse “voz de los sin voz”, de los que nadie quería.
El delito por encima de la persona
Sin duda que, entre esos especialmente descartados, pobres y “en la cuneta”, están los presos de nuestras cárceles, y están en ese descarte porque parece que, por lo que han hecho, “no tienen derecho casi ni a vivir”; porque siempre ponemos en primer lugar su delito por encima de su ser persona. Las cárceles son siempre las grandes olvidadas, y en ellas se encuentran todas las pobrezas de la calle, pero sin lo esencial para todo ser humano: la libertad.
El papa León, recogiendo la antorcha de Francisco, va a visitar una cárcel de Barcelona, y seguro que lo hace desde lo que todos hemos aprendido de él: desde el no juzgar, sino desde el sentir “que todos podemos estar allí”. “Cuando entro a una cárcel, me pregunto por qué ellos sí y yo no, especialmente cuando voy el Jueves Santo a lavar los pies”, decía el papa Francisco. El papa León nos va a convocar a que compartamos con los privados de libertad nuestra vida, desde abajo, y siento que sus palabras serán también “cuidad a los presos”.
La única ortodoxia
¿Dónde está nuestra Iglesia? ¿Dónde están nuestras comunidades cristianas? ¿Están con los pobres, con los descartados o están preocupadas de la ortodoxia y el “falso buen hacer”? En el Evangelio de Jesús, que intentamos llevar a la vida, la única ortodoxia es la que aparece en la parábola lucana del buen samaritano; no hay más normas, no hay más reglas que esa: tener misericordia del que está tirado en el camino, y el mandato de Jesús está claro: “Prójimo es el que no pasó de largo”.
Y de ahí que concluya el texto diciéndole a aquel maestro de la ley: “Vete y haz tú lo mismo”. Esa tiene que ser nuestra única “prioridad ética y evangélica”: la que descubre en cada hermano necesitado el rostro de Dios Padre y Madre, que a todos nos mira con cariño y nos mueve al compromiso, y no la que discrimina por color de piel, raza o país.
Mirar más allá
Hoy León XIV nos invita en su visita a mirar más allá, a tener un horizonte donde los pobres, los descartados –y, en este caso especial que propongo, los presos– sean los primeros. Pero me pregunto si nuestros obispos piensan lo mismo, si siguen dando más importancia a los pecados “de cintura para abajo” que a los pecados “contra la justicia y la acogida misericordiosa a todos”.
Me pregunto cómo se forman nuestros futuros clérigos. Ojalá que la visita de León no quede reducida a un “mero espectáculo”, como el de cualquier famoso, sino que signifique un compromiso radical con quienes siguen al margen y no cuentan.

