Querida Sarah: permíteme que me dirija de esta manera tan familiar. Lo hago porque hay algo en ti que invita a hacerlo.
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Estos días he leído comentarios de muchas personas expresando auténticas barbaridades por tu encuentro con León XIV. Yo te doy las gracias porque ese encuentro, cuando pasen estos momentos de puritanismo hipercatólico y algunos sean capaces de verte desapasionadamente, será de gran ayuda para todos. Por cierto, cuando digo todos, quiero decir todos, es decir, católicos y anglicanos porque haber, hay de todo en todas las confesiones.
Antes de entrar a comentarte la lectura que hago de semejantes improperios, déjame decirte que estoy convencida de que solo nos falta hacer visible esa unidad que una vez tuvimos, porque la verdadera unidad que es ser en Cristo, la tenemos por aquello de ‘en Cristo vivimos, nos movemos y existimos’ (Hch 17, 28). Digamos que, entre la mayoría de confesiones cristianas, somos los más parecidos y nos une un mismo bautismo que reconocemos mutuamente.
En realidad, lo que ha pasado con tu encuentro con el Papa es que tu condición de mujer se ha visto por encima de tu cargo de arzobispo de Canterbury y porque, ver a una mujer ejerciendo lo que algunos varones -sobre todo ordenados- de la Iglesia católica nos niegan a nosotras, los ha puesto nerviosos. Más que nada porque no han visto a una mujer reivindicando nada, sino a una mujer arzobispo que, sencillamente, desempeña con ayuda del Espíritu el encargo pastoral que le ha sido confiado.
Del Concilio Vaticano II a hoy
Me gustó que, en la ceremonia de tu instalación, se siguiera utilizando el anillo episcopal que, en 1966, Pablo VI, regaló al arzobispo Michael Ramsey uno de tus antecesores. Ahí nadie dijo nada, probablemente, porque el Concilio Vaticano II estaba cerca y fresco en nuestras mentes y corazones. Ahora, sesenta años después, la frescura del Vaticano II está un tanto ajada…
Nadie podrá decir que desentonabas o llamabas la atención en el Vaticano por ir con tu sotana y tu ‘chimere’. Allí, casi todo el mundo va con las vestimentas propias del país y tú no desentonabas. Claro que, probablemente, también fue eso lo que molestó porque podía crear confusión, según dicen algunos. Sin embargo, esta cuestión despierta en mí dos pequeños pensamientos que comparto contigo. El primero es que Jesús nunca utilizó estas prendas, y nunca por ello se vio mermada su autoridad. ¿Ves? Creo que en esto pecamos de lo mismo las dos confesiones. El segundo, es que has estado en un país, recordemos que el Vaticano es un país independiente, donde las mujeres no son muy visibles, pero donde por esas paradojas de la vida, el número de faldas por metro cuadrado es de los mayores, sino el mayor, del mundo.
Sigo pensando que el problema es que eres mujer. Aunque, hablando de paradojas, te cuento otra. Cuando el papa Francisco estaba hospitalizado, por las tardes, en la plaza de San Pedro, se organizaba el rezo del rosario. Cada tarde lo rezaba el presidente de un dicasterio diferente. Llegó el día en que le tocaba rezarlo a Simona Brambila, prefecta del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y no fue ella, sino su segundo, un cardenal, porque al final se daba la bendición y ella, mujer, no podía impartir la bendición. A ti no te prohibieron bendecir, incluso había cardenales y algún obispo en aquella ceremonia que se santiguaron. Bendecir es decir bien de alguien… ¿Tan grave es eso? Eso sí, ni te cuento las barbaridades que se han dicho.
Sarah Mullally en audiencia con León XIV. Foto: Vatican Media
Por cierto, me gustó mucho tu gesto de regalarle miel al papa León XIV. Muestra sensibilidad ecológica. Algunos han hablado de ‘ecumenismo de miel’. Dulcificar las relaciones siempre es bueno, incluso entre confesiones, pero mejor dejar el tema porque, ¿te imaginas las interpretaciones?
Personalmente te doy las gracias por haber aceptado ser arzobispo de Canterbury y por este encuentro. Estoy segura que algún día, no sé cuándo, visualizaremos esa unidad en formas y maneras. Eso se dará cuando asumamos que la verdadera unidad es Cristo. Te deseo lo mejor y que Dios te bendiga. Porque a ti no te importa que esto te lo diga y desee una mujer, ¿verdad?
