Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

“Un puñado de tiranos está devastando el mundo”: profecía, autocrítica eclesial y camino de conversión


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Cuando León XIV afirma que “un puñado de tiranos está devastando el mundo”, nos sitúa ante una verdad incómoda: la violencia que atraviesa la historia no es un accidente, sino el fruto de decisiones humanas marcadas por la ambición, el egoísmo y la falta de límites éticos.



Sin embargo, una lectura auténticamente evangélica de esta frase exige ir más allá de la denuncia externa. Ser profeta no es solo señalar con el dedo, sino reconocer que también somos parte del problema.

Palabra profética

La Iglesia, que anuncia a Jesucristo crucificado y resucitado, no puede colocarse fuera de esta historia de pecado. También ha sido, en distintos momentos, cómplice de dinámicas de poder, exclusión y violencia. Por eso, la palabra profética solo es creíble cuando va acompañada de autocrítica, humildad y conversión.

Como recuerda el Evangelio, todos somos pecadores sostenidos por la gracia de Aquel que entregó su vida por los pecadores. No se trata de ser la mujer adúltera o los moralistas que quieren apedrear culpables, sino una humanidad redimida por la presencia de la Misericordia entre nosotros.

I. La devastación del mundo: guerra, economía y desprecio por la dignidad humana

La denuncia de León XIV se dirige, en primer lugar, a las estructuras de poder que generan muerte. “La guerra es la expresión más visible de esta devastación. Sus líderes políticos y económicos deciden conflictos armados desde la distancia, sin asumir el sufrimiento concreto que provocan”.

El Papa insiste: “¡Que quienes empuñan las armas las depongan! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras elijan la paz!”.

Esta llamada se apoya en la Doctrina Social de la Iglesia, que afirma claramente que la guerra es siempre una derrota de la humanidad. Matar es el peor pecado y la guerra es la religión de la muerte.

Destruye vidas, degrada la conciencia moral y siembra dolor que reproducirá nuevos conflictos, porque el que gana una guerra no es “el que tiene razón”, sino el que produce más destrucción. Detrás de los conflictos se esconden intereses económicos, geopolíticos o ideológicos que sacrifican seres humanos en el altar de los tiranos.

Pero la devastación no se limita a la guerra. Existe también una violencia económica estructural que condena a millones a la pobreza, “una economía que mata” (Francisco). Sistemas financieros injustos, explotación de recursos y desigualdades globales generan condiciones de vida indignas.

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Y, a su vez, provoca migraciones masivas para sobrevivir… La paradoja es que los mismos sistemas violentos que expulsan a las personas luego las rechazan cuando buscan refugio.

En un mundo con enormes capacidades tecnológicas, esto se agrava. No es la falta de recursos lo que genera sufrimiento, sino la falta de voluntad ética para compartirlos. La tecnología hoy puede transformar la realidad, pero, sin orientación moral, ahonda desigualdades inhumanas.

II. Autocrítica eclesial: reconocer nuestras propias violencias

Si la Iglesia quiere ser fiel al Evangelio, debe reconocer sinceramente su propia historia. No basta con denunciar la violencia del mundo; es necesario reconocer las violencias pasadas y presentes dentro de la misma Iglesia.

A lo largo de los siglos, la institución eclesial ha estado implicada en procesos violentos. Las cruzadas, las inquisiciones y colonizaciones europeas muestran cómo el nombre de Dios ha sido utilizado para justificar violencia. Aunque estos hechos pertenecen al pasado, sus consecuencias persisten en los pueblos saqueados.

La autocrítica no puede limitarse a la historia lejana. También hoy encontramos sombras. La complicidad con regímenes opresores, la afinidad de algunos clericalismos con las ultraderechas, los silencios para proteger la institución y la lentitud en afrontar injusticias internas son realidades que debilitan la credibilidad del mensaje cristiano.

Uno de los aspectos más dolorosos (que jamás podremos olvidar) es el de los abusos cometidos por miembros del clero. No solo por los hechos aberrantes, sino por el encubrimiento y la falta de respuesta adecuadas. La demora en reconocer el daño, pedir perdón y reparar a las víctimas constituye una herida profunda en la Iglesia.

A esto se suma la necesidad de revisar estructuras y “disciplinas” de vida clerical insalubres. El clericalismo aparece aquí como una raíz común. Cuando el ministerio se convierte en poder y no en servicio, es caldo de cultivo de abusos y exclusiones.

León XIV, en continuidad con su predecesor, insiste en la necesidad de una Iglesia sinodal, donde todos caminemos juntos y donde la autoridad sea servicio que libera y hace crecer, no que somete, encubre y controla.

III. Conversión y esperanza: del poder al servicio

Reconocer el pecado no es un ejercicio de autodestrucción, sino el primer paso hacia la transformación. La autocrítica eclesial no debilita la fe, sino que la purifica y la hace más creíble.

El Evangelio ofrece un camino claro: la conversión permanente. Jesús no vino a condenar, sino a salvar. La Iglesia está llamada a ser signo de esa misericordia, comenzando por sí misma, renunciando a imponer “disciplinas angelicales” que distraen de humanidades verdaderas.

La Iglesia no existe para autoprotegerse, sino para entregarse por todos (no solo por los católicos) como Cristo se entregó por la paz de toda la humanidad.

La esperanza cristiana no es ingenua. Sabe que el mal existe, pero también que la gracia es más fuerte que el pecado. La cruz, que parece derrota, es en realidad el lugar donde el amor vence a la violencia.

No se trata de cambiar de clericalismos de diferentes ideologías, sino de combatir su perpetua tentación. Donde hay sinodalidad y opción por los pobres, el clericalismo y su violencia retroceden.

Conclusión: una profecía que llama a todos

La frase de León XIV no es solo una denuncia del mundo, sino una llamada a toda la humanidad, incluida la Iglesia. No podemos limitarnos a señalar a “los tiranos” sin reconocer las dinámicas de poder que también nos atraviesan.

La verdadera profecía nace de la humildad. De sabernos necesitados de gracia. De reconocer que todos participamos, de alguna manera, en las estructuras violentas que queremos transformar.

Pero esta conciencia no paraliza; impulsa. Porque creer en el Evangelio es creer que la transformación es posible. Que el poder puede convertirse en servicio. Que la violencia puede dar paso a la paz.

En un mundo herido, la Iglesia está llamada a ser signo de reconciliación. No perfecta, pero sí en camino. No sin pecado, pero abierta a la gracia.

Y tal vez ahí radica la verdadera esperanza: no en negar nuestras sombras, sino en permitir que la luz del Evangelio las transforme y cese en el mundo la devastación de los tiranos.