Desde los años 80, nuestro mundo ha sufrido un progresivo desgarramiento en sus costuras más íntimas, que ha precarizado las vidas, las relaciones y hasta al conjunto de la civilización.
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Los muchos avances no han sido capaces de contrarrestar la creciente desigualdad, la división, las soledades, la fragilización de los vínculos, el socavamiento de la democracia e, incluso, la fragmentación interior de cada persona.
La Iglesia ha denunciado continuamente esas divisiones, pero ella misma ha sufrido también las expulsiones y perversiones en su propio cuerpo, contra las que el papa Benedicto XVI emitió un silencioso grito con su dimisión. Se ha debilitado incluso la experiencia de pueblo a la que llamaba el Concilio Vaticano II.
La Iglesia reaccionó y profundizó su respuesta durante el pontificado del papa Francisco: puso la conciliaridad, la sinodalidad y la comunión en el centro. Parte esencial de esa más densa unidad es la vinculación con los movimientos de los pobres del mundo y quienes trabajan desde ellos por la justicia.
El libro recién publicado ‘Francisco con los movimientos populares del mundo‘, que ha editado Rafael Díaz-Salazar en Desclée De Brouwer, reúne todos los textos y varias entrevistas (Mujica, Cercas, Castelló, Ramonet, Löwy, Pepa Torres…) que inspiran esa repopularización eclesial capaz de reparar las roturas de la humanidad. La unión con los pobres es centro y prueba de la comunión eclesial.
La unión con los movimientos populares no es una actividad lateral, no es una línea de pastoral social, sino el corazón de la unión de la humanidad y la Iglesia. Es la mística de los pobres: quien se une y sirve al pobre y abandonado, sirve y se une en carne y espíritu al mismo Cristo. No es, como se ha intentado ridiculizar, onegeísmo, buenismo, política, ideología ni trabajo social, sino pura mística.

