Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Un cuento chino: cuando la vida no tiene sentido y, sin embargo, lo está diciendo todo


Compartir

Probablemente, quienes están leyendo esto han tenido la experiencia de que “les caiga una vaca del cielo”, destruyendo sueños, proyectos y todo lo que creíamos tener asegurado y bajo control. La vida nos sorprende, nos descoloca y, a veces, nos desgarra, dejándonos turulecos, sin herramientas y muchas veces resistiéndonos, majaderamente, a lo inevitable.



Vivimos en una cultura que quiere entenderlo todo de inmediato. Explicarlo, controlarlo, anticiparlo. Nos cuesta convivir con lo que no encaja, con lo que irrumpe sin lógica, con lo que parece absurdo. Sin embargo, muchas de las experiencias más significativas de la vida —especialmente las más difíciles— no tienen sentido en el momento en que ocurren. Solo con el tiempo, al mirar hacia atrás, las “vacas” comienzan a encajar como piezas de un puzle mayor.

No hay explicación

Algo así ocurre en la película argentina ‘Un cuento chino’. Un hombre vive atrapado en una rutina rígida, controlada, casi defensiva. Todo cambia cuando su vida se cruza con la de un joven chino que llega marcado por un hecho imposible: perdió a su pareja porque una vaca cayó del cielo. No hay idioma en común. No hay lógica. No hay explicación. Solo un encuentro absurdo que desordena todo… y que, con el tiempo, termina salvándolos.

La vida tiene algo de eso. Y es cuando aparece la pregunta inevitable: ¿por qué está pasando esto? Tal vez la pregunta más fecunda sea otra: ¿qué lugar tendrá esto en mi vida más adelante? Porque sentido no es lo mismo que explicación. No todo tiene una razón inmediata, pero eso no significa que carezca de sentido. Como plantea Víktor Frankl, el sentido muchas veces permanece oculto y necesita ser descubierto. El problema de nuestra época no es la falta de respuestas, sino la ansiedad por tenerlas todas ahora.

Tristeza

Queremos que la vida siga un guion coherente, pero la vida real se parece más a un río que, cuando crece, desborda cualquier intento de control. En esos momentos, resistirse solo aumenta el dolor. Con el tiempo, sin embargo, algo empieza a ordenarse. Lo que parecía una pieza suelta encuentra su lugar. Lo absurdo comienza a adquirir sentido. Carl Jung hablaba de esas coincidencias cargadas de significado que no responden a una lógica causal, pero que transforman profundamente a quien las vive.

Desde la fe cristiana

Desde la fe cristiana, esto no implica que todo esté escrito. No somos marionetas. La vida está abierta, ofrecida como posibilidad. Hay una dirección de amor, pero cada uno decide cómo responder. Y ahí aparece el punto más delicado: el dolor, la cruz. Nadie la elige. A veces proviene de la fragilidad misma de la vida; otras, de decisiones humanas que hieren. No todo sufrimiento es igual, pero en todos los casos emerge la misma pregunta: ¿cómo atravesarlo sin perder el alma?

Nuestra fe y la resurrección del Señor nos muestran que el mal no tiene la última palabra. Puede ser transformado. No porque el dolor sea bueno, sino porque el ser humano puede responder de manera creadora frente a él. En ese proceso, la herida deja de ser solo un lugar de caída y se vuelve también un espacio de encuentro. Henri Nouwen lo expresa con profundidad: en la vulnerabilidad se abre la posibilidad de una relación más verdadera, con uno mismo, con los demás y con Dios.

Por eso, aprender a leer la vida se vuelve esencial. No solo lo que ocurre afuera, sino también lo que se va tejiendo en la propia historia y lo que se mueve en el interior. Porque no todo lo que pasa tiene el mismo valor. La diferencia está en cómo lo habitamos. Cuando nos cerramos, el dolor se endurece. Cuando nos abrimos —aunque sea lentamente— algo comienza a ordenarse.

Tal vez ahí está la clave: no en entenderlo todo, no en controlar la vida, sino en confiar en que incluso lo que hoy parece absurdo puede encontrar su lugar. Lo que hoy no tiene sentido… puede terminar siendo lo más luminoso que te haya ocurrido.