Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

León XIV ante los nuevos mesianismos


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¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cuándo la fe cristiana dejó de ser una propuesta universal de fraternidad para convertirse en bandera populista identitaria para justificar exclusiones, guerras o proyectos políticos autoritarios?



Para comprender el desafío actual —y la reacción del papa León XIV— es imprescindible entender su proceso histórico. Durante gran parte del siglo XX, el mundo vivió bajo el esquema de la Guerra Fría. Aun con simplificaciones, las ideologías ofrecían marcos relativamente claros: “Libertad” frente a “igualdad”, capitalismo frente a comunismo. La pertenencia a uno u otro bloque parecía una cuestión de supervivencia global.

La caída del Muro de Berlín

Sin embargo, tras la caída del Muro de Berlín en 1989, ese equilibrio —precario pero estructurado— se desmoronó. El neoliberalismo se impuso como discurso dominante, mientras la izquierda se replegaba hacia luchas identitarias de minorías, dejando en segundo plano la cuestión estructural de la desigualdad económica.

Las décadas siguientes estuvieron marcadas por una paradoja: crecimiento tecno-económico global acompañado de una creciente precarización de amplios sectores sociales, especialmente de las clases medias. La crisis financiera de 2008 evidenció esta fractura… Sin embargo, el paradigma financiero-tecnocrático se afianzó.

Emergieron entonces movimientos como el 15-M en España, Occupy Wall Street en Estados Unidos o los “chalecos amarillos” en Francia: expresiones horizontales, sin liderazgos claros, que denunciaban la desigualdad, la corrupción y el alejamiento de las élites políticas.

Pero esa protesta, inicialmente abierta y plural, fue derivando hacia el surgimiento de nuevos populismos. Ante el desencanto con la democracia liberal, comenzaron a proliferar liderazgos que prometían soluciones simples a problemas complejos, identificando enemigos claros —la “casta política”, los inmigrantes, las minorías— y ofreciendo narrativas de restauración autoritaria y concentración de poder.

Es en este contexto donde la religión, y particularmente el cristianismo, ha sido en algunos casos instrumentalizado. No como fuente de sentido, sino como legitimación simbólica. Dentro de la Iglesia esto se vio alentado por el clericalismo integrista, siempre ansioso por ocupar espacios poder a costa de sacralizar ordenes injustos.  Es frente a esta deriva donde se sitúa el desafío teológico y pastoral de León XIV.

I. El populismo religioso que simplifica la historia e ideologiza a Dios

Estos populismos de ultraderecha no surgen de la nada, sino de una profunda crisis de pensamiento que impide asumir la complejidad de la historia. En el paso de un mundo ideológico a otro postmoderno dominado por lo emocional, la relación con la verdad se ha simplificado, y con ella también la experiencia de la fe. Se absolutiza una parte de la verdad, se simplifican procesos y se instrumentaliza el lenguaje religioso para reforzar identidades cerradas y patriotismos de odio.

Así, Dios deja de ser misterio y se convierte en herramienta. El cristianismo es reinterpretado como defensa cultural, legitimación política y frontera frente al diferente. No se niega a Dios, sino que se lo pone al servicio de intereses concretos. Surgen el nacionalismo cristiano, el fundamentalismo bíblico o la teología de la prosperidad con una misma lógica: reducir el Evangelio a instrumento de poder.

León XIV, durante la Vigilia Pascual

León XIV, durante la Vigilia Pascual

Esta deriva tiene antecedentes históricos en el clericalismo integrista y en los nacionalcatolicismos del pasado, donde se configuraron modelos de cristiandad belicosa e intolerante, fusionando religión y poder político. En esos contextos, la fe se utilizó para justificar exclusiones, imponer uniformidad y sostener estructuras de dominio, traicionando el espíritu del Evangelio.

El resultado es una inversión del mensaje cristiano: las bienaventuranzas son sustituidas por la exaltación de la fuerza, la misericordia por la exclusión y la universalidad por identidades cerradas. Al traste con el Vaticano II, que es visto como una debilidad progresista. Además, este populismo conecta con frustraciones sociales que buscan soluciones en tradicionalismos perimidos que den certezas “absolutas”.

Como advirtió el papa Francisco, el problema no es el “pueblo”, sino su manipulación. En lugar de una Iglesia que acompaña procesos complejos, emerge una religión de respuestas fáciles, emocionalmente eficaces, pero teológicamente empobrecidas, incapaz de abrirse a la verdad plena del Evangelio.

II. León XIV en medio de la crisis de la democracia y de la fe

En un contexto de crisis democrática, debilitamiento institucional y auge de liderazgos mesiánicos, la misión de León XIV enfrenta una encrucijada histórica de precarización social, desconfianza política, simplificación del pensamiento e instrumentalización ideológica de la religión.

Su respuesta no ha sido meramente política, sino profundamente evangélica: recuperar la centralidad del mensaje de Jesús. Inicialmente prudente, ha ido aclarando con firmeza el abuso del lenguaje religioso para justificar guerras, exclusiones y nacionalismos cerrados.

Ha prevenido a los episcopados de la amenaza de la ultraderecha, como ya lo venía haciendo Francisco. Frente al insulto del presidente de la potencia hegemónica mundial, afirmó no temer al poder, expresando la libertad de la Iglesia cuando permanece fiel al Evangelio.

Parece una actualización de la “querella de las investiduras” entre los pontífices y emperadores del Sacro Imperio por la supremacía. Pero esta no es una cuestión personal entre Prevost y Trump, es el antagonismo de la Ciudad de Dios (orientada al amor a Dios y la salvación) y la ciudad terrena (orientada al amor propio y el egoísmo) descripta por san Agustín ante la caída del imperio romano (sic).

León XIV insiste en ejes fundamentales: la dignidad de toda persona, la condena de la guerra, la defensa del derecho internacional y la denuncia de los abusos de poder. Pero su aportación más profunda es teológica: recuerda que la fe no puede ser apropiada ni convertida en ideología, y que la verdad no puede fragmentarse al servicio de intereses particulares.

Sin importarle que se le acuse falsamente de comunista, León reivindica una preocupación central del Evangelio: la opción por los pobres y las víctimas de la historia. Entre ellas, los migrantes ocupan un lugar paradigmático. En muchos discursos populistas y nacionalistas, son convertidos en chivos expiatorios, presentados como amenaza. Sin embargo, son precisamente ellos quienes revelan las fracturas de un orden internacional injusto y violento. Ellos nos confrontan con la realidad que preferimos ignorar y nos invitan a redescubrir una salida común: la fraternidad.

Así, la llamada de León XIV no es solo a resistir el populismo (que ya se desinflará), sino a una conversión profunda: recuperar la comunión frente a la polarización, el servicio frente al poder y la verdad en toda su complejidad. En definitiva, volver al Evangelio vivido como buena noticia para todos, especialmente para los últimos.

Conclusión: discernir para la comunión

La situación actual —marcada por crisis económicas, fragmentación social y auge de populismos—exige discernimiento profundo: la cuestión central no es quién tiene razón, sino cómo nos relacionamos y solucionamos los conflictos.

El cristianismo no puede reducirse a ideología ni a instrumento de poder. Su vocación es ser signo de reconciliación, abrir caminos de encuentro y sostener una esperanza que no excluye. Poner el foco en anteponer la misericordia al buscar “tener razón”.

La fe cristiana está llamada a aportar a la vida social no desde la imposición, sino desde el testimonio: promoviendo diálogos democráticos y sinodales, respetuosos de la dignidad de todos, y construyendo fraternidad en medio de la diversidad.

La verdadera esperanza cristiana no se apoya en líderes mesiánicos ni en soluciones autoritarias, sino en comunidades que viven el Evangelio junto a los más vulnerables. Es una esperanza activa, que se compromete con la justicia, el diálogo y el bien común.

Porque la humanidad no cambia por discursos que dividen y guerras que matan inocentes, sino por vidas entregadas. Y es ahí, en ese compromiso cotidiano, donde sigue latiendo una esperanza capaz de humanizar la sociedad y abrir caminos de futuro compartido.