“Era feliz porque pudo experimentar la libertad tal como ella la entendía”. A Leonor Aída Concha le habría gustado encontrar estas palabras en el último párrafo de su biografía. Lo había dicho muchas veces. Religiosa y feminista, dedicó su vida a desafiar las estructuras patriarcales de la Iglesia católica, construyendo espacios de libertad a través de la fe y el movimiento femenino, un camino que continúa cuestionando la posibilidad de transformación interna dentro de la institución. Su vida terminó el 15 de octubre de 2025 en la Ciudad de México, a los 92 años, dejando una profunda huella en la historia del feminismo católico latinoamericano. Más de nueve décadas de una existencia de frontera; ese punto intermedio donde diferentes geografías humanas y existenciales pueden tocarse, descubrirse y encontrarse. Esa fue la patria de pioneras como Leonor, nacida en Chihuahua, en el norte de México, tercera hija de madre cristiana y padre masón, monja de las Hermanas del Servicio Social y feminista declarada. Una combinación que, para muchos, todavía resulta problemática.
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¿Tiene sentido hoy hablar de feminismo e Iglesia sin reducirlo todo a una confrontación ideológica? ¿O vale la pena preguntarse cómo el feminismo, incluso donde parecía no bienvenido, ha contribuido a cambiar sensibilidades, lenguajes y prácticas, incluso sin el reconocimiento formal? Quizás la pregunta no sea si la Iglesia se ha vuelto feminista, sino si realmente se ha mantenido inmune a lo que las mujeres han pensado, dicho y vivido en las últimas décadas. ¿Y si, a pesar de las respuestas institucionales todavía cautelosas o negativas, algo ya ha cambiado en la experiencia concreta de los creyentes? Quizás las estructuras formales no hayan variado, pero sí la perspectiva de quienes viven y construyen la comunidad eclesial.
La Iglesia Católica, que se ha presentado a menudo como defensora de lo femenino, a la vez se resiste al pensamiento feminista y a las perspectivas de género. Pero femenino y feminista no son lo mismo.
- El primer término se refiere a lo que conoce como “la naturaleza” de las mujeres, a la diferencia sexual y a las expectativas sociales resultantes.
- El segundo designa un movimiento histórico y cultural que, durante más de un siglo, ha buscado socavar un orden basado en la jerarquía de género. Esta transformación ha sido desigual, adoptando diferentes formas en distintos contextos. Por eso, hoy hablamos de “feminismos”, en plural. El feminismo nació en Estados Unidos a finales del siglo XIX, al calor de la lucha por la igualdad y el derecho al voto. Sin embargo, parte de su genealogía también ha pasado por la tradición cristiana, en concreto, por el ámbito bíblico y teológico.
Autopercepción
La exégesis y la teología feministas han representado una de las vertientes más vitales de este proceso, desafiando estructuras que antes se consideraban intocables. Incluso en la Iglesia católica, aunque tardíamente en comparación con otras tradiciones cristianas, el acceso de las mujeres a los estudios y la enseñanza teológicos ha supuesto un cambio significativo. En el ámbito bíblico, la exégesis feminista del siglo XX ha cuestionado una historia de interpretación construida casi exclusivamente por hombres, convirtiéndose en una fuerza activa en diversos contextos eclesiales y culturales.
¿Podría decirse que, gracias a las mujeres, la Iglesia ya ha cambiado, incluso sin reconocerlo oficialmente? Quizás no en sus estructuras formales, pero sí en su autopercepción. Más que un monolito compacto, se presenta hoy como un espacio cuajado de distintas tensiones, prácticas y experiencias. Un espacio en el que las mujeres no son simplemente “una cuestión”, sino sujetos teológicos porque tienen voz, interpretan las Escrituras, desarrollan su pensamiento y transforman comunidades.
El paso decisivo fue el Concilio Vaticano II. El reconocimiento del laicado, fundado en la igual dignidad de todas las personas bautizadas –incluidas, por lo tanto, las mujeres bautizadas–, tuvo un impacto disruptivo en la conciencia de las mujeres, sacudida por las transformaciones sociales de la década de 1960. La agitación incluso contagió a grupos como el Consejo Nacional Americano de Mujeres Católicas (NCCW), que no era exactamente una organización feminista por aquel entonces.
Al estudiar atentamente la evolución del acrónimo –que reúne a grupos laicos de todo el país–, la historiadora del Roanoke College, Mary Hanold, observó cómo sus cimientos se vieron sacudidos por los nuevos aires del Concilio. Sin cuestionar abiertamente los pilares del orden tradicional, sus exponentes comenzaron gradualmente a reflexionar sobre su lugar en Estados Unidos y en el mundo. Como escribió la secretaria Margaret Mealey en el documento que conmemora el quincuagésimo aniversario del NCCW: “Los documentos del Vaticano II nos enseñan que la identidad de la mujer no se limita al rol de esposa y madre. Su persona debe desarrollarse plenamente para que pueda realizar la contribución única que estaba destinada a brindar”.
América Latina
En América Latina, la recepción del Concilio se mezcló con un contexto marcado por profundas desigualdades sociales y una activa participación eclesial de base. Desde la década de los 70, muchas creyentes han comenzado a cuestionar su papel en la sociedad y la Iglesia, a partir de experiencias concretas, entre la fe y la autodeterminación en solitario. ¿Cómo podemos permanecer dentro sin cuestionar? El diálogo con el movimiento de mujeres del continente se desarrolló en las periferias urbanas y en zonas rurales abandonadas, donde mujeres laicas y religiosas, impulsadas por su opción por los pobres, se dedicaban a la pastoral y la formación bíblica.
En México, las Hermanas del Servicio Social se distinguieron por su defensa de los derechos humanos. El surgimiento del feminismo, especialmente en su crítica al patriarcado, generó temores incluso dentro de la congregación. Leonor Aída Concha fue la primera en abrir nuevos caminos, acercándose a las feministas del Centro de Información para el Desarrollo de América Latina en Cuernavaca y a su líder, Betsie Hollants. En esa transición, encontró su lugar en la historia, convirtiéndose en una figura simbólica del feminismo católico.
En 1979, fundó “Mujeres para el Diálogo” junto con la teóloga brasileña Ivone Gebara, monja agustina y feminista. Esta no fue una experiencia aislada. Las lecturas populares de las Escrituras, la catequesis itinerante y las misiones de alfabetización impulsaron un debate teológico original. En estos espacios, las mujeres realmente comenzaron a alzar la voz. Las distintas redes de académicas que han abordado y continúan abordando la discriminación de género, conectándola con una lectura descolonial de la realidad, fueron de las primeras en conjugar la reivindicación de los derechos de las mujeres con los de la Madre Tierra y los pueblos indígenas. Es el caso de Tepali, el Centro Brasileño de Estudios Bíblicos, y Abya Yala, la comunidad de teólogas indígenas liderada por Sofía Chipana.
Difícil diálogo
En otros contextos, el diálogo entre los movimientos de mujeres y la Iglesia ha sido más difícil. Incluso sin reivindicar abiertamente la etiqueta de “feministas”, las cuestiones planteadas han tenido su repercusión en las prácticas y el pensamiento eclesial. Más que una identidad que se reivindica o rechaza, el feminismo se presenta como una experiencia cotidiana en la forma en que ejercemos la autoridad, distribuimos la palabra, interpretamos textos y construimos relaciones. Una práctica capaz de transformarse incluso cuando no se menciona explícitamente.
La cuestión crucial sigue siendo la del poder, las formas de autoridad y el gobierno eclesial. El problema no es solo el acceso al sacerdocio, sino el imaginario que lo sustenta: modelos masculinos internalizados, jerarquías que se dan por sentadas y métodos opacos de toma de decisiones. ¿Qué alternativas han concebido y experimentado las mujeres? ¿Es posible imaginar una autoridad basada en las relaciones y la responsabilidad compartida? ¿Y pueden permanecer impasibles quienes realmente escuchan estas propuestas?
En las últimas décadas, sin anuncios oficiales, se han multiplicado las experiencias que demuestran una creciente atención a las necesidades de las mujeres, especialmente a nivel de base. Nuevas formas de liderazgo y ministerio están comenzando a romper el techo de cristal de una institución que durante mucho tiempo se percibió como inmutable. El Sínodo sobre la Sinodalidad fue un paso fundamental en este camino. No solo porque dejó por escrito, en el documento final de 2024, que “no hay razones para impedir que las mujeres asuman roles de liderazgo en la Iglesia”. Ni porque otorgó el derecho a voto, por primera vez, a las 54 representantes femeninas presentes en el Aula del Sínodo. Todo el proceso, que duró tres años y se desarrolló a nivel nacional, continental y universal, involucró a una multitud de mujeres y hombres. El encuentro entre mundos, realidades y situaciones inició un camino de transformación mutua que aún continúa, cuyos frutos madurarán con el tiempo. El diálogo entre las Iglesias y el trabajo teológico de las mujeres contribuye precisamente a mantener vivo este diálogo.
Expectación
El nombramiento de Sarah Mullally como arzobispo de Canterbury, la máxima autoridad espiritual de la Iglesia Anglicana más cercana a Roma, ha suscitado reacciones encontradas como el rechazo, la perplejidad o el enfado y también expectación. De igual manera, la conciencia de que existe un clero casado en las iglesias católicas de rito oriental introduce elementos de discontinuidad. Estos no producen cambios inmediatos, pero posibilitan diferentes formas de eclesialidad. Aunque persisten los problemas y las tensiones sobre la sexualidad, la bioética y la diferencia de género. Y, sin embargo, ¿es posible describir a la Iglesia como un bloque inmóvil? ¿O es más honesto reconocer que, influída por las demandas de las mujeres, ya ha comenzado a cambiar?
Entre una Iglesia heredada y una deseada, el pensamiento de las mujeres se presenta no como una profecía cumplida, sino como una pregunta abierta. No ofrece soluciones prefabricadas, sino que abre procesos. Quienes escuchan a las mujeres cambian, incluso cuando afirman no hacerlo. Quizás sea en esta brecha entre las declaraciones oficiales y las transformaciones reales donde se juega hoy la relación entre las mujeres y la Iglesia: no en un choque frontal, sino en un camino paciente y profundo.
*Artículo original publicado en el número de marzo de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva