David Jasso
Provicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Monterrey (México)

La Resurrección de Jesús… y la nuestra


Compartir

Hablar de la resurrección no es fácil. No porque sea un tema lejano, sino porque, en el fondo, todos intuimos que toca algo muy hondo de la vida. La escuchamos cada año, la proclamamos, la celebramos… pero no siempre sabemos cómo conectarla con lo que vivimos. Y entonces corre el riesgo de quedarse como una verdad bonita, pero distante, como algo que le pasó a Jesús, pero que no termina de pasar en nosotros.



Sin embargo, la resurrección no es solo el final feliz de una historia trágica. Es, más bien, la revelación de que la vida tiene una profundidad que no se agota en lo visible, que no todo termina donde parece terminar, que hay procesos interiores que, aunque pasen desapercibidos, están transformando silenciosamente lo que somos. La tumba vacía no es un espectáculo; es un signo. Un signo discreto, incluso desconcertante, que obliga a mirar más allá de lo evidente.

Porque la resurrección no ocurre como uno esperaría. No hay demostraciones, no hay imposiciones, no hay una evidencia que obligue a creer. Jesús resucitado no se presenta como una prueba irrefutable, sino como una presencia que se deja reconocer poco a poco, en gestos, en encuentros, en procesos interiores. María Magdalena no lo reconoce de inmediato. Los discípulos de Emaús caminan con Él sin darse cuenta e incluso los más cercanos necesitan tiempo para comprender lo que está pasando.

Y eso tiene mucho que ver con nosotros, porque también en nuestra vida las resurrecciones son así: discretas, lentas, a veces casi imperceptibles. No suelen llegar como un cambio radical de un día para otro, sino como pequeños desplazamientos interiores que, con el tiempo, van abriendo horizontes nuevos. Es ese momento en que algo que dolía empieza a doler distinto. Es esa relación que, después de haber pasado por una crisis, encuentra una forma más verdadera de sostenerse. Es esa paz que aparece sin saber exactamente de dónde viene, después de haber atravesado un tiempo difícil.

La resurrección no borra la cruz ni elimina las heridas. Jesús resucitado sigue llevando en su cuerpo las marcas de la pasión y eso es profundamente revelador, porque significa que lo vivido no se cancela, sino que se transforma, las heridas no desaparecen, pero dejan de ser solo heridas para convertirse en memoria, en aprendizaje, incluso en lugar de encuentro.

Jesús resucitado

Jesús resucitado. Foto: Parroquia Jesús Sacramentado

Tal vez ahí está una de las claves más importantes: la resurrección no consiste en volver a lo de antes, sino en entrar en una forma nueva de vida. Y eso implica el proceso de dejar atrás ciertas formas de ver, de reaccionar, de relacionarse. Implica aceptar que algunas cosas ya no serán como antes, no porque todo haya salido mal, sino porque la vida sigue su camino y nos va llevando a lugares nuevos. Implica, también, aprender a reconocer la presencia de Dios de otra manera, menos evidente, más profunda, más interior.

Porque el Resucitado no siempre se presenta donde uno lo espera, ni de la forma en que uno quisiera. A veces aparece en medio de lo cotidiano, en una conversación sencilla, en un gesto de cercanía, en una palabra que ilumina, en una intuición que orienta. Y muchas veces pasa desapercibido, porque seguimos buscando señales extraordinarias cuando la vida ya está siendo transformada en lo pequeño.

La resurrección de Jesús no es solo una promesa para después de la muerte. Es una posibilidad que comienza aquí, en medio de lo que somos y de lo que vivimos. Es la capacidad de volver a empezar sin negar lo vivido, de abrirse a lo nuevo sin borrar el pasado, de descubrir que incluso en medio de la oscuridad hay una vida que sigue latiendo.

La tumba está vacía, pero la vida está llena y quizá, sin darnos cuenta del todo, algo en nosotros ya está comenzando a resucitar.

Lo que vi esta semana

A una comunidad reunida gritando: ¡Gloria a Dios en el cielo!

La palabra que me sostiene

“¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”. (Lucas 24,5)

En voz baja

Señor, ayúdame a reconocer los signos de vida que ya están brotando en mí, aunque sean pequeños, aunque no los entienda del todo.