Esta tarde de Jueves Santo, en la solemne atmósfera de la Basílica de San Juan de Letrán, el papa León XIV presidió la Santa Misa vespertina de la Cena del Señor, marcando el inicio oficial del Triduo Pascual. Una celebración que ha vuelto a la basílica de San Juan de Letrán, la catedral de la Diócesis de Roma, y donde el Papa rescató el tradicional rito del lavatorio de los pies a doce sacerdotes locales, ordenados hace un año por él mismo.
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El Papa es su homilía recordó a los fieles que los cristianos no deben vivir estos días santos pasivamente. Afirmó que “cruzamos este umbral no como espectadores, ni por inercia, sino involucrados de manera especial por el mismo Jesús”. En un mundo a menudo marcado por la adversidad, el pontífice subrayó la fuerza inquebrantable del amor divino, asegurando que “precisamente allí donde prevalece el mal, Jesús ama definitivamente, para siempre, con todo su ser”.
Frente a los criterios mundanos
Al reflexionar sobre el gesto de Jesús de lavar los pies a sus apóstoles, el Papa explicó que esta acción va mucho más allá de un simple mandato ético. Tomando el agua, la palangana y el delantal, Cristo “nos entrega su propia forma de vida”. Según Prevost, este acto es “un signo ejemplar del Verbo hecho carne, su memoria inconfundible”, que tiene el poder transformador de revelar la gloria de Dios “desmontando los criterios mundanos que ensucian nuestra conciencia”.
El pontífice profundizó en la constante lucha del ser humano por comprender la verdadera naturaleza del poder divino. Recordando las palabras pronunciadas de Benedicto XVI en 2008, señaló que las personas sistemáticamente desean un Dios de éxito y no de pasión. León XIV advirtió que “siempre estamos tentados a buscar un Dios que “nos sirva”, que nos haga ganar, que sea útil como el dinero y el poder”. Frente a esta visión distorsionada, aclaró que la verdadera omnipotencia de Dios se manifiesta en “el gesto gratuito y humilde de lavar los pies”, ya que “el Señor se arrodilla para lavar al hombre, por amor a él”.
La omnipotencia de la humildad
Alertó además sobre la falsa percepción de grandeza que impera en la sociedad actual. El Papa advirtió sobre la visión de un hombre “que se percibe poderoso cuando domina, que quiere vencer matando a quien es igual a él, que se considera grande cuando es temido”. En contraposición a esta violencia, aseguró que “Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos da, en cambio, un ejemplo de entrega, de servicio y de amor”.
Añadió que el amor de Dios no está condicionado por la perfección humana, afirmando categóricamente que “el Señor no nos ama porque seamos buenos y puros; nos ama, y por eso nos perdona y nos purifica”. Este amor exige una respuesta de servicio mutuo. Citando Francisco, León XIV recordó que el mandato de lavarse los pies unos a otros no es una orden vacía, sino “un deber que viene del corazón”. Por ello, hizo un llamamiento a la acción y a la solidaridad: “ante una humanidad abatida por tantos ejemplos de brutalidad, postrémonos también nosotros como hermanos y hermanas de los oprimidos”. Solo así, explicó, dejándonos servir por el Señor como condición indispensable, podremos comprender que Dios “ha dado ejemplo no de cómo se domina, sino de cómo se libera; de cómo se da la vida, no de cómo se destruye”.
Finalmente, destacó que la Eucaristía y el Orden Sagrado representan “la entrega perfecta de Jesús”, donde el pan y el vino consagrados son un “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad”. Dirigiéndose especialmente a los obispos y presbíteros, les recordó que en ellos “reside el signo de su caridad hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados hermanos, con todo nuestro ser”.