Uno de los entornos más temidos por los seres humanos son los míticos pantanos de arenas movedizas donde, supuestamente, al caer en ellos, el cuerpo comienza a ser succionado por una fuerza misteriosa que le impide avanzar y evitar la muerte por ahogo. La desesperación y la impotencia entierran aún más a las víctimas y, en cosa de minutos, ya no se divisan más.
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Lo interesante de esta creencia tan arraigada es que es falsa. Efectivamente hay zonas donde la mezcla de arena, agua y arcilla forma un terreno inestable que puede hundir hasta la cintura, pero no matar. Es más, si mantenemos la calma y avanzamos lentamente, es posible salir por nuestros propios medios, habiendo aprendido por dónde caminar.
Algo similar puede sucedernos con el dolor.
Le tememos, lo evitamos a toda costa, nos desesperamos y, cuando caemos en él, creemos que nos va a destruir. Sin embargo, el dolor es una puerta misteriosa e inevitable que, si logramos atravesar con calma, coraje y fe, puede llevarnos más lejos de lo que imaginamos.
El dolor incomoda, desajusta la psique, la agenda y la vida; a ratos nos hunde, agobia y debilita. Pero también puede desarrollar en nosotros una nueva musculatura espiritual: nos enseña a priorizar lo importante, a reconocer nuestra fragilidad, a abrirnos a otros y a descubrir sentidos que antes permanecían ocultos.
El riesgo de quedarse
No sé por qué, pero muchas veces nos cuesta soltar el dolor. Aun cuando podríamos seguir adelante, tendemos a quedarnos en ese barro que nos inmoviliza.
Tal vez porque en él encontramos una forma de identidad, de explicación o incluso de consuelo. Pero el dolor que no se atraviesa termina por encerrarnos. Y, en ocasiones, aquello que no elaboramos se transforma en dureza, distancia o daño hacia los demás.
Son personas que hacen daño porque antes fueron heridas.
Sin embargo, existe también el movimiento inverso: quienes, habiendo conocido el barro, deciden no reproducirlo. Personas que, desde su propia herida, desarrollan una sensibilidad nueva y recorren el mundo haciendo el bien, aliviando el dolor ajeno y contrarrestando el mal.
Lo que el dolor revela
No hay ser humano que no haya atravesado el dolor. Las pérdidas, las enfermedades, las decepciones y las muertes forman parte de nuestra historia. Pensar que otros viven sin ello es solo un espejismo.
La diferencia está en lo que hacemos con ese dolor.
Algunos quedan atrapados en él. Otros lo proyectan hacia los demás. Y otros, en cambio, lo transforman en una fuente de compasión, cuidado y humanidad.
El dolor tiene una capacidad profunda: nos baja del pedestal de la omnipotencia, del control y de la autosuficiencia. Nos recuerda que somos frágiles, vulnerables y necesitados de amor. Y es precisamente ahí donde se abre la posibilidad del encuentro verdadero con otros.
Del Viernes Santo a la vida nueva
Son pocos los que logran atravesar el dolor hasta el final. Muchos se quedan en el Viernes Santo, en la herida abierta, en la oscuridad. Pero el camino cristiano no termina ahí.
La experiencia de la fe nos muestra que el amor tiene la última palabra. Que incluso aquello que parece definitivo puede transformarse. Que la vida puede renacer en medio de la muerte.
No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque, cuando es atravesado en el amor, puede abrirnos a una vida nueva.
Lo que puede nacer
El dolor, según cómo lo vivamos, puede endurecernos o humanizarnos. Puede aislarnos o volvernos más cercanos. Puede encerrarnos en nosotros mismos o expandirnos hacia los demás.
Cuando es transitado con verdad, sin victimismo ni violencia, se convierte en un crisol que purifica y ensancha el corazón. Nos vuelve más empáticos, más humildes, más conscientes. Nos hace profundamente humanos.
Y en esa humanidad compartida aparece algo esencial: la fraternidad.
Porque solo quien ha sufrido puede comprender el dolor del otro. Y solo quien se ha dejado transformar por él puede convertirse en consuelo para los demás.
En definitiva, el dolor —atravesado con fe— no es el final del camino. Es, muchas veces, el umbral hacia una vida más verdadera, más libre y más llena de amor.

