No fue un camino fácil. Tampoco lineal. Más bien al contrario. La vida de La cuarta y última meditación de Cuaresma de Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, se ha centrado en los últimos años de vida de san Francisco de Asís, en los que este tuvo que “aceptar su propia fragilidad”.
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La aceptación de esa fragilidad, ha señalado el predicador de la Casa Pontificia, ha apuntado que es un “camino de libertad”. Francisco, ha explicado hoy Pasolini, llega a ser santo porque aprende “a dejarse guiar por Dios en la concreción y la pobreza de su existencia”. Hasta el punto de convertirse, en palabras de sus contemporáneos, en “oración viviente”.
Y es que, en los últimos años de su vida, el santo de Asís atravesó lo que el predicador ha definido como una “enorme tentación”. La Orden crece, se transforma, y él queda al margen. Se siente desplazado, inútil, incluso es visto como un “idiota”.
Es en ese contexto, ha dicho Pasolini, donde nace la intuición de lo que es la “verdadera y perfecta alegría”: aquella que “se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no logran quitarnos la paz”. De esta manera, la verdadera alegría no es “la ausencia de heridas”, sino “la libertad de no dejarse definir por ellas”.
Cuando el dolor no tiene la última palabra
Ahí es, precisamente, donde para el predicador entra el Evangelio y las Bienaventuranzas como esa “revelación de una felicidad que ya está actuando en el corazón de la realidad”.
Para Pasolini, esta lógica se hace especialmente visible cuando san Francisco recibe los estigmas en el monte de La Verna, ya que Dios “no necesita nuestro sufrimiento para sentirse glorificado”, sino que lo transforma. Por eso, cuando Francisco baja de La Verna, lo hace “con el cuerpo marcado y el corazón libre”. El sufrimiento sigue ahí, pero “ya no tiene el poder de encerrarnos”.
Aprender a recibir
Además, Pasolini ha señalado que en los últimos meses de su vida, el santo de Asís “aprende a recibir” y acepta su propia fragilidad. Esta es, como ha señalado Pasolini, “la pobreza de quien sabe que necesita a los demás tanto para vivir como para morir”.
Asimismo, ha recordado que, al final de su vida, san Francisco pidió ser llevado a la Porciúncula, donde se deja depositar desnudo sobre la tierra. “El despojo había sido el hilo conductor de toda su existencia”. Y ahora ya no queda nada más que quitarse. Esa desnudez, lejos de ser vergüenza, es libertad. Es volver al origen. A ese momento en el que todo se recibe como don.
Por eso, como subraya el predicador, “la desnudez final de la Porciúncula no es solo la coherencia de un camino ascético: es la reconciliación de un hombre consigo mismo”.
No simplificar el Evangelio
En definitiva, san Francisco es ejemplo de una vida “capaz de amar hasta el final y de atravesar el dolor sin dejarse vencer por él”. Por eso, ha advertido Pasolini, el mayor riesgo hoy no es la exigencia del Evangelio, sino rebajarlo.
“No podemos adaptar el Evangelio a nuestros miedos, reducirlo a una propuesta tranquilizadora o a un conjunto de prácticas religiosas que conservan su apariencia pero vacían su verdadera fuerza espiritual”, ha aseverado.
“Ofrecer un cristianismo de segunda mano, más fácil pero menos exigente, significa privar a los hombres y mujeres de lo que realmente necesitan: un camino capaz de conducir nuestros pasos hacia la vida eterna”, ha concluido Pasolini.